El asesino desinteresado Bill Harrigan



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El asesino desinteresado Bill Harrigan

©JORGE LUIS BORGES, OBAS COMPLETAS, Tomo I, (Historia universal de la infamia), María Kodama y Emecé Editores, Buenos Aires, 1974

La imagen de las tierras de Arizona, antes que ninguna otra imagen: la imagen de las tierras de Arizona y de Nuevo México, tierras
con un ilustre fundamento de oro y de plata, tierras vertiginosas y
aéreas, tierras de la meseta monumental y de los delicados colores,
tierras con blanco resplandor de esqueleto pelado por los pájaros.
En esas tierras, otra imagen, la de Billy the Kid: el jinete clavado
sobre el caballo, el joven de los duros pistoletazos que aturden el
desierto, el emisor de balas invisibles que matan a distancia, como
una magia.

El desierto veteado de metales, árido y reluciente. El casi niño


que al morir a los veintiún años debía a la justicia de los hombres
veintiuna muertes—"sin contar mejicanos".

EL ESTADO LARVAL

Hacia 1859 el hombre que para el terror y la gloria sería Billy
the Kid nació en un conventillo subterráneo de Nueva York. Dicen que lo parió un fatigado vientre irlandés, pero se crió entre negros. En ese caos de catinga y de motas gozó el primado que conceden las pecas y una crencha rojiza. Practicaba el orgullo de ser blanco; también era esmirriado, chúcaro, soez. A los doce años militó en la pandilla de los Swamp Angels (Ángeles de la Ciénaga), divinidades que operaban entre las cloacas. En las noches con olor a niebla quemada emergían de aquel fétido laberinto, seguían el rumbo de algún marinero alemán, lo desmoronaban de un cascotazo, lo despojaban hasta de la ropa interior, y
se restituían después a la otra basura. Los comandaba un negro
encanecido, Gas Houser Jonas, también famoso como envenenador de caballos.

A veces, de la buhardilla de alguna casa jorobada cerca del


agua, una mujer volcaba sobre la cabeza de un transeúnte un balde de ceniza. El hombre se agitaba y se ahogaba. En seguida los
Ángeles de la Ciénaga pululaban sobre él, lo arrebataban por la
boca de un sótano y lo saqueaban.

Tales fueron los años de aprendizaje de Bill Harrigan, el futuro


Billy the Kid. No desdeñaba las ficciones teatrales; le gustaba asistir (acaso sin ningún presentimiento de que eran símbolos y letras de
su destino) a los melodramas de cowboys.

GO WEST!


Si los populosos teatros del Bowery (cuyos concurrentes vociferaban «¡Alcen el trapo!" a la menor impuntualidad del telón)
abundaban en esos melodramas de jinete y balazo, la facilísima
razón es que América sufría entonces la atracción del Oeste.
Detrás de los ponientes estaba el oro de Nevada y de California.
Detrás de los ponientes estaba el hacha demoledora de cedros,
la enorme cara babilónica del bisonte, el sombrero de copa y el
numeroso lecho de Brigham Young, las ceremonias y la ira del
hombre rojo, el aire despejado de los desiertos, la desaforada
pradera, la tierra fundamental cuya cercanía apresura el latir de
los corazones como la cercanía del mar. El Oeste llamaba. Un
continuo rumor acompasado pobló esos años: el de millares de
hombres americanos ocupando el Oeste. En esa progresión, hacia 1872, estaba el siempre aculebrado Bill Harrigan, huyendo de
una celda rectangular.

DEMOLICIÓN DE UN MEJICANO

La Historia (que, a semejanza de cierto director cinematográfico, procede por imágenes discontinuas) propone ahora la de una arriesgada taberna, que está en el todopoderoso desierto igual que en alta mar. El tiempo, una destemplada noche del año 1873; el preciso lugar, el Llano Estacado (New México). La tierra es casi sobrenaturalmente lisa, pero el cielo de nubes a desnivel, con desgarrones de tormenta y de luna, está lleno de pozos que se agrietan y de montañas. En la tierra hay el cráneo de una vaca, ladridos y ojos de coyote en la sombra, finos caballos y la luz alargada de la taberna. Adentro, acodados en el único mostrador,
hombres cansados y fornidos beben un alcohol pendenciero y hacen ostentación de grandes monedas de plata, con una serpiente
y un águila. Un borracho canta impasiblemente. Hay quienes hablan un idioma con muchas eses, que ha de ser español, puesto
que quienes lo hablan son despreciados. Bill Harrigan, rojiza rata
de conventillo, es de los bebedores. Ha concluido un par de
aguardientes y piensa pedir otro más, acaso porque no le queda
un centavo. Lo anonadan los hombres de aquel desierto. Los ve
tremendos, tempestuosos, felices, odiosamente sabios en el manejo de hacienda cimarrona y de altos caballos. De golpe hay un silencio total, sólo ignorado por la desatinada voz del borracho. Ha
entrado un mejicano más que fornido, con cara de india vieja.
Abunda en un desaforado sombrero y en dos pistolas laterales. En
duro inglés desea las buenas noches a todos los gringos hijos de
perra que están bebiendo. Nadie recoge el desafío. Bill pregunta
quién es, y le susurran temerosamente que el Dago—el Diego—
es Belisario Villagrán, de Chihuahua. Una detonación retumba en
seguida. Parapetado por aquel cordón de hombres altos, Bill ha
disparado sobre el intruso. La copa cae del puño de Villagrán;
después, el hombre entero. El hombre no precisa otra bala. Sin
dignarse mirar al muerto lujoso, Bill reanuda la plática. "¿De veras?",
dice. "Pues yo soy Bill Harrigan, de New York." El borracho
sigue cantando, insignificante.

Ya se adivina la apoteosis. Bill concede apretones de manos y


acepta adulaciones, hurras y whiskies. Alguien observa que no hay
marcas en su revólver y le propone grabar una para significar la
muerte de Villagrán. Billy the Kid se queda con la navaja de ese alguien, pero dice "que no vale la pena anotar mejicanos". Ello, acaso, no basta. Bill, esa noche, tiende su frazada junto al cadáver y duerme hasta la aurora —ostentosamente.

MUERTES PORQUE SÍ

De esa feliz detonación (a los catorce años de edad) nació
Billy the Kid el Héroe y murió el furtivo Bill Harrigan. El muchachuelo de la cloaca y del cascotazo ascendió a hombre de frontera. Se hizo jinete; aprendió a estribar derecho sobre el caballo a la manera de Wyoming o Texas, no con el cuerpo echado hacia atrás, a la manera de Oregón y de California. Nunca se pareció del todo a su leyenda, pero se fue acercando. Algo del compadrito de Nueva York perduró en el cowboy, puso en los mejicanos el odio que antes le inspiraban los negros, pero las últimas palabras que dijo fueron (malas) palabras en español. Aprendió el arte vagabundo de los troperos. Aprendió el otro, más difícil, de mandar hombres; ambos lo ayudaron a ser un buen ladrón de hacienda. A veces, las guitarras y los burdeles de Méjico lo arrastraban.

Con la lucidez atroz del insomnio, organizaba populosas orgías


que duraban cuatro días y cuatro noches. Al fin, asqueado, pagaba
la cuenta a balazos. Mientras el dedo del gatillo no le falló, fue el
hombre más temido (y quizá más nadie y más solo) de esa frontera. Garrett, su amigo, el sheriff que después lo mató, le dijo una vez: "Yo he ejercitado mucho la puntería, matando búfalos." "Yo la he ejercitado más, matando hombres", replicó suavemente. Los pormenores son irrecuperables, pero sabemos que debió hasta
veintiuna muertes— "sin contar mejicanos". Durante siete arriesgadísimos años practicó ese lujo: el coraje.

La noche del veinticinco de julio de 1880, Billy the Kid atravesó


al galope de su overo la calle principal, o única, de Fort Sumner.
El calor apretaba y no habían encendido las lámparas; el comisario
Garrett, sentado en un sillón de hamaca en un corredor, sacó el revólver y le descerrajó un balazo en el vientre. El overo siguió; el jinete se desplomó en la calle de tierra. Garrett le encajó un segundo balazo. El pueblo (sabedor de que el herido era Billy the Kid) trancó bien las ventanas. La agonía fue larga y blasfematoria. Ya con el sol bien alto, se fueron acercando y lo desarmaron; el hombre estaba muerto. Le notaron ese aire de cachivache que tienen los difuntos.

Lo afeitaron, lo envainaron en ropa hecha y lo exhibieron al espanto y las burlas en la vidriera del mejor almacén.



Hombres a caballo o en tílbury acudieron de leguas a la redonda. El tercer día lo tuvieron que maquillar. El cuarto día lo enterraron con júbilo.

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