Cleopatra: mito, leyenda e historia



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CLEOPATRA: MITO, LEYENDA E HISTORIA

Rosa María Cid López

Universidad de Oviedo

En el año 30 a. d. C. ponía fin a su vida y de una manera bastante teatral, Cleopatra VII, la última reina de Egipto. La elección del suicidio y los propios avatares de su existencia convirtieron a esta singular mujer en un mito, que se ha mantenido vivo hasta el presente. Sin menosprecio del interés suscitado entre los historiadores, han sido sobre todo poetas, dramaturgos, novelistas, pintores, músicos y cineastas quienes han evocado la figura de Cleopatra, elaborando un modelo femenino con frecuencia muy alejado del personaje histórico.

Ciertamente, se tiende a identificar a Cleopatra con una mujer extraordinaria y poco común; no en vano, representa al personaje femenino más famoso de la Antigüedad. En general, se subraya su deslumbrante belleza y atractivo físico, acompañados de un encanto personal y una notoria sensualidad. Aunque se le atribuyen inteligencia, cultura y poder, también se la describe como astuta, ambiciosa o manipuladora, e incluso engañadora y perversa. En demasiadas ocasiones, se la presenta como mujer fatal, amiga de orgías y entregada al placer. Con tales atributos, Cleopatra ha sido ante todo la reina exótica por excelencia, en concordancia con su origen oriental.

La biografía de esta reina se reconstruye a partir de la relación amorosa que mantuvo con César y Marco Antonio. Por la influencia de ambos personajes como amantes suyos, - el matrimonio con Marco Antonio nunca fue reconocido en Roma -, Cleopatra se transformó en un mito femenino de la pasión amorosa, y se ha tendido a soslayar que tales uniones respondieron a razones políticas y estratégicas, encaminadas a preservar la independencia del Egipto ptolemaico que gobernaba esta mujer.



1. Mitos y leyenda en torno a Cleopatra

En realidad, la imagen de Cleopatra imperante a lo largo de la historia y hoy en día, sólo parcialmente se inspira en la vida real de la última reina egipcia; de ahí la afirmación, no exagerada, de que fue el personaje histórico más adulterado de la Antigüedad. Probablemente, el punto de partida de la leyenda y mito de esta mujer ha de situarse en W. Shakespeare y su conocida tragedia Marco Antonio y Cleopatra (estrenada en 1607), para cuya elaboración se sirvió de las noticias de Plutarco; este último, historiador griego del siglo II, da la impresión, a veces, de referirse más a una prostituta que a una reina cuando narra su vida junto a César y Marco Antonio.

El genial dramaturgo nos legó imágenes intemporales de personajes extraordinarios, de la pasión amorosa y sus consecuencias cuando se mezclan con el poder, y de ahí surgieron múltiples recreaciones literarias, pero también cinematográficas. De estas últimas, destaca el caso de Mankiewicz, quien dirigió dos magníficas películas, recogiendo información y textos inspirados en el autor inglés. En concreto, me refiero a César y a Cleopatra, estrenadas en 1953 y 1963 respectivamente. Al igual que en el texto shakesperiano, la primera cinta no alude a las relaciones entre Cleopatra y el dictador, dato bastante significativo. No obstante, la reina egipcia será obviamente la protagonista de la película con su nombre y que se ha llegado a considerar una de las obras más espectaculares de la historia del cine.

Como director al servicio de la industria cinematográfica, Mankiewicz se vio obligado a utilizar los típicos recursos hollywodenses en su reconstrucción de la vida de Cleopatra. Al parecer, la primacía de los intereses comerciales ensombreció el respeto al rigor histórico que el cineasta deseaba mantener; de ahí determinadas escenas con vestuario y decorados acartonados, más propios del género del peplum que del ambiente característico del Egipto antiguo y que se pretendía recrear. No obstante, con esta película se logró popularizar a una Cleopatra reina, cuya vida provocó la admiración del gran público. El éxito de esta obra se debe, sin duda, a que el director supo dibujar la compleja personalidad de una mujer que alcanzó y se mantuvo en el poder en una época en la que los estados eran regidos por hombres. En este sentido, la película es ante todo el retrato de un personaje femenino, y de ahí su revalorización con el paso del tiempo. Sin duda, la labor de este director sirvió para que muchos imaginemos a una Cleopatra con los rasgos de Elizabeth Taylor, eclipsando definitivamente a Theda Bara, Claudette Colbert, Vivien Leigh o Sofía Loren, entre otras notables actrices que representaron a la mítica egipcia en anteriores versiones.

Posiblemente Shakespeare en la literatura y Mankiewicz en el cine produjeron los modelos de Cleopatra más conocidos, perdurables y de mayor influencia, pero no fueron los únicos. Como mujer bella, sensual y poderosa, el personaje de la reina egipcia impregna la historia de la pintura; las escenas más repetidas son las de Cleopatra, lujosamente engalanada en suntuosos banquetes, acompañada de Marco Antonio o de su enemigo Octavio, además de recrear su espectacular suicidio. En el cine, además de Mankiewicz, muchos han sido los directores que se han preocupado de la legendaria Cleopatra. Sin duda, fue el personaje femenino de la antigüedad que inspiró más películas, un número muy notable en la época del cine mudo, y la primera se realizó en la temprana fecha de 1899 por G. Melies. A pesar de su falta de rigor histórico, destacan las obras de Cecil B. de Mille, estrenada en 1934, y de Pascal en 1945. Una de las últimas producciones la dirigió Charlton Heston en los años setenta, pero posee escaso interés; igual ocurre en la versión infantil de la caprichosa y pizpireta Cleopatra, a la que ayudan Asterix y Obelix en la rápida construcción del palacio con el que pretendía deslumbrar al romano presuntuoso de nombre César. Ha de señalarse que las actrices elegidas para protagonizar a Cleopatra, solían ser mujeres cuya vida se suponía que guardaba paralelismos con la de la reina, por su belleza exótica, actitudes libertinas y exhibición de aventuras amorosas.

No obstante, los autores literarios han sido los más interesados en el mito de Cleopatra, sobre todo como representación de la mujer apasionada. Incluso, se ha llegado a decir que es posible detectar la imagen cambiante que se ha tenido de las mujeres a lo largo de la historia a partir de las creaciones literarias en torno a la reina egipcia. Por citar unos breves ejemplos, en la época medieval Dante y Bocaccio ya imaginaban a una Cleopatra sensual, lo que hicieron otros muchos literatos posteriores, como el español Zorrilla. G.B. Shaw nos presenta a una joven estúpida, mientras que A. France o T. Moix, sin prescindir de la Cleopatra que sintió un intenso amor por Marco Antonio, la tratan con benevolencia. La novela de aventuras también acabó asociándose a la sensual Cleopatra, como revela la obra de Rider Haggard de 1889. La lista se completa con las numerosas publicaciones de este siglo, más próximas a la novela histórica que a los trabajos de investigación, en las que se indaga en la psicología de esta mujer como hace Ludwig, en su falta de autocontrol como Bostock o en la de una reina, con todo lo que comporta, como cuentan Wertheimer, Bradford o Peyramaure, entre otros.

En general y a pesar de sus evidentes limitaciones, de la Cleopatra cinematográfica y literaria se pueden extraer rasgos de lo que fue la reina histórica y que precisamente provocaron la enorme atracción por el personaje. Es decir, una mujer que ejerció un gran poder porque gobernó por si sola un reino y lo hizo con dificultades; utilizó y se enfrentó a políticos y militares romanos, los hombres más poderosos de su tiempo; aspiró a dominar el mundo junto a estos hombres; se empeñó en mostrar el futuro control del Mediterráneo como una oriental y fracasó; retó al hombre que acabó dominando un Imperio y el propio país de la reina, y en este empeño, acabó perdiendo el reino y su propia vida. Por último, fue vencida y el vencedor, Octavio-Augusto, presentó a Cleopatra como la feroz y terrible enemiga de los romanos, como en su tiempo lo había sido Aníbal.

El enfrentamiento con el creador del Principado, es precisamente el dato que más ha interesado a los historiadores, quienes han estudiado a Cleopatra no como reina egipcia, sino como la gobernante extranjera que cuestionó el poder de Roma en Oriente. Al mostrar tales actitudes, los investigadores no hacen más que reproducir las propias de los romanos de la época, quienes se encargaron de elaborar esa biografía distorsionada de la gobernante egipcia para justificar, en última instancia, el dominio de Roma en el Egipto ptolemaico.

En efecto, si algo caracteriza la información legada por los autores antiguos sobre Cleopatra, es su actitud hostil, lo que parece evidenciar el temor, que, aún muerta, seguía inspirando. También ha de señalarse que las noticias sobre la biografía de esta reina son más escasas de lo que pudiera pensarse y los calificativos que le dedican están impregnadas de una clara animadversión hacia el personaje. De hecho, es calificada con frecuencia de meretriz o cortesana, e intencionadamente se exageran los episodios que puedan revelar su afán por ejercer el dominio de Roma a través de César y Marco Antonio.

La hostilidad de la literatura grecorromana ante Cleopatra se revela, por ejemplo, en Cicerón, quien como republicano y defensor de las viejas tradiciones de Occidente no podía aceptar el estilo oriental y la concepción del poder dinástico del Egipto ptolemaico. Pero, más abiertamente, el odio a Cleopatra se percibe en el círculo de poetas e historiadores de Augusto, como revelan de forma elocuente los juicios despectivos de Horacio y Virgilio, entre otros. También nos encontramos a otros enemigos como Flavio Josefo, defensor de la causa judía y que ataca a Cleopatra por su enemistad con la dinastía de Judea. Similares actitudes se detectan en autores posteriores como Apiano, Suetonio o Plinio, claros defensores del orden romano. Algunos fueron incapaces de transmitirnos una verdad a la que debieron tener difícil acceso como ocurrió con Plutarco o Dión Casio; éstos son los únicos que parecen prescindir de los prejuicios presentes en la época de Augusto, pero en su retrato de la reina continúan recreándose en sus relaciones amorosas, especialmente en las mantenidas con Marco Antonio. Precisamente de Plutarco proceden la mayor parte de los datos con los que se reconstruye la biografía de la reina, dada su presencia en las Vidas de César y, en especial, de Marco Antonio.

Aunque las actitudes de los autores grecorromanos pueden entenderse en el contexto de la época, resulta llamativo que en la historiografía actual se hayan utilizado de manera acrítica sus informaciones para reconstruir la época y la vida de Cleopatra. El personaje ha interesado a gran número de historiadores muy tempranamente, pues la primera biografía histórica procede de 1864 y los estudios se generalizaron en las universidades europeas a lo largo de esta centuria. En general y salvo excepciones, se ha tendido a proporcionar una visión de la reina, muy ceñida a la imagen dada por la literatura antigua, es decir, impregnada de los mismos prejuicios, y que refuerza la imagen de una Cleopatra como gobernante ambiciosa y mujer apasionada.

De tal actitud, se encuentran múltiples ejemplos, entre los que sobresale el de R. Syme; así, en su obra, La Revolución romana, el prestigioso profesor de Oxford no duda en identificar a Cleopatra con una mujer astuta y seductora, adjudicándole mumerosos amantes, que identifica con reyes de Oriente; hecho que no puede probarse en ninguna fuente. Otros como A. Bouché-Leclerq la tildan de comediante. Más comedidos en sus juicios, W. Tarn y M.P. Charlesworth consideran que "la reina estaba dotada con el encanto propio de una mujer y el cerebro de un hombre (...) y aspiraba al poder"; tales afirmaciones convierten a Tarn en uno de los historiadores conocidos por su defensa de la reina oriental.

Parece entonces, que ni los propios historiadores, que deberían regirse por criterios más rigurosos, han sido incapaces de sustraerse a los evidentes prejuicios de los autores antiguos. Con sus investigaciones históricas han contribuido, y de manera muy eficaz, a mantener la imagen distorsionada del personaje, tal y como había sido creado en el pasado. En el fondo, ello quizá se deba a su defensa de un orden patriarcal, para lo cual les resultaba útil resaltar las desventajas del poder femenino, asociado a los excesos, las pasiones o la falta de autocontrol. Pero tampoco conviene olvidar que Cleopatra representa el exotismo oriental, sobre el que triunfan las recias tradiciones de Occidente.

Tales planteamientos históricos se han defendido hasta hace poco tiempo pero, por fortuna, han comenzado a publicarse obras como las de M. Grant para mostrar de qué modo los prejuicios del presente determinan las interpretaciones sobre los hechos del pasado. La superioridad de Occidente frente a Oriente e incluso la oposición entre lo masculino y lo femenino acaban siendo los elementos fundamentales en la lucha final entre Cleopatra, la egipcia, y Octavio, el romano. En este sentido, ha de señalarse que la propia novela histórica ha buscado una aproximación a la Cleopatra real, viéndola ante todo como una reina egipcia; magistralmente, lo ha hecho M. George en sus Memorias de Cleopatra, a quien se le puede perdonar la invención de ciertos datos, excusables por motivos literarios.

Gracias a estas y otras recientes publicaciones, se han podido descubrir actitudes desconocidas de la reina Cleopatra. Por ejemplo, su papel como madre, a la que preocupaba obsesivamente el futuro de sus hijos y desde su mismo nacimiento. A la vez, se destaca su labor política, pues por encima de las anécdotas amorosas, que han contribuido a forjar esa imagen frívola y superficial, Cleopatra actuó como una reina de Egipto. Si puede afirmarse que exhibió una vida lujosa, lo hizo porque era lo que convenía a la dignidad de una reina oriental y ptolemaica. Tal comportamiento dista mucho de esas Cleopatras ambiciosas, sensuales, caprichosas, en suma las de una mujer que veló por su dirigir su vida sin pensar en las consecuencias para su pueblo y familia.

Un acercamiento a episodios fundamentales de la vida de esta mujer que nació en el año 69 a.C. y murió en el 30 a.C., nos permiten contemplar a una reina que reflexionaba y calculaba detenidamente la toma de sus decisiones, teniendo en cuenta siempre el interés de su reino y el de sus hijos. El desarrollo de su vida y la elección de su propia muerte, serán las pruebas más elocuentes.


2. La ciudad de Alejandría

La vida de Cleopatra está íntimamente ligada a la ciudad en la que nació, Alejandría, capital del reino creado por la dinastía ptolemaica. Desde su fundación en el año 331 por Alejandro Magno que le dio nombre, este enclave de la costa egipcia fue uno de los más importantes de todo el Mediterráneo. La ciudad disponía de bellos y lujosos edificios de mármol blanco que recorrían la gran avenida -la llamada Vía Canópica, de 300 metros de ancho y 5 kilómetros de largo-; contaba con el conocido faro, la famosa biblioteca y el museo - lugar en el que los eruditos y científicos de la época trabajaban para sus reyes -, el mausoleo de Alejandro, suntuosos templos y hermosos jardines. Era una comunidad culta y cosmopolita, donde convivían griegos, egipcios y orientales, y que atrapaba a los visitantes.

Alejandría simbolizaba el lujo y riqueza del reino. Sus gobernantes, y en concreto Cleopatra, se impregnaron del espíritu alejandrino, que mezclaba lo mejor de las expresiones culturales de Oriente y Grecia. No hay duda de que esta ciudad fue amada por la reina y por los principales romanos con los que se relacionó. Aquí se desarrollaron principalmente las primeras etapas de su vida, sin apenas trasladarse al resto del reino, sobre todo a la zona de las pirámides de los antiguos faraones. Estos años los dedicó a prepararse como una ejemplar descendiente de los Ptolomeos. Por entonces, estudió y procuró familiarizarse con los asuntos del reino, llegando a conocer varias lenguas, lo que le permitió prescindir del intérprete en sus audiencias y encuentros con los reyes extranjeros. En suma, su origen alejandrino determinó su admiración por la cultura griega y el saber científico de los orientales, en especial de los egipcios.

La dedicación a los asuntos políticos e intelectuales no impidió a Cleopatra renunciar al cuidado de su cuerpo y aspecto físico. Al parecer, era una mujer muy preocupada por su imagen externa, a la que otorgaba gran importancia en sus apariciones públicas, en las que prestaba gran atención a su indumentaria en lo relacionado con el vestido y los adornos. Usaba ropajes que la igualaban con las diosas Isis o Afrodita, es decir, con el legendario poder de los faraones o con sus ascendientes macedonios o griegos. A pesar de la leyenda, su belleza no debió ser tan espectacular, pues se suele resaltar la superioridad de la poseída por Octavia, una de las esposas de Marco Antonio. Se desconoce como era el color de su piel, pelo y ojos, pero por su origen macedonio quizá fuese de tez clara y cabello rubio. Su nariz era grande, como la boca, arqueada, tal y como aparece en algunas monedas, que muestran el marcado carácter griego. Sin duda, era de estatura pequeña, como evidencia la forma en que se presentó ante César, envuelta en una alfombra o fardo de ropa que llevó uno de sus criados. De ella no se ha conservado ninguna escultura, salvo un pequeño busto, y su efigie aparece en un reducido número de piezas numismáticas, en las que no se aprecia su supuesta belleza, sino el excesivo tamaño de su nariz, e incluso su forma ganchuda. Sí se conoce su afán por utilizar cosméticos, costumbre característica de Oriente y luego imitada en Roma. Tras su muerte, se difundió un tratado de cosmética que falsamente se atribuía a la reina o a los productos que ella usaba.

Se ignora quien fue la madre de Cleopatra, pero es seguro el nombre de su padre, Ptolomeo XII Auletes o El Flautista, que gustaba identificarse con Dionisio, en lo que debió influir su afición al vino, y a ello unía su gusto por la música. Su padre tuvo además otros cinco hijos más, tres mujeres (Cleopatra VI, Berenice IV y Arsinoe) y dos varones (ambos con el nombre de Ptolomeo). Al parecer siempre prefirió a nuestra Cleopatra, tercera en la sucesión al reino. A pesar de las buenas relaciones que debió mantener con su progenitor, quien acabó nombrándola reina junto a su hermano, Cleopatra, una vez en el trono, se distanció de la política paterna respecto a Roma e intentó retomar la obra de los fundadores de la dinastía ptolemaica, a los que imitó en bastantes comportamientos y actitudes.

3. Egipto y la dinastía de los Ptolemaicos

En efecto, Cleopatra no podía emular a las mujeres de los gobernantes del Egipto faraónico, ya que este reino era muy distinto después de la irrupción de Alejandro Magno. El gran conquistador había dominado Egipto y, tras su muerte, lo tomó para si y para sus descendientes uno de sus más prestigiosos generales, Ptolomeo Lágida, así llamado porque era hijo del macedonio Lagos, y fundador de la dinastía de su nombre. Para lograr su objetivo, mantuvo una lucha contra los egipcios, que concluyó con la victoria de los griegos. Esta familia controló un reino africano durante tres siglos y lo hizo como estirpe extranjera, lo que revela el hecho de no preocuparse por el aprendizaje de la lengua de sus súbditos. La primera de los Ptolomeos que habló egipcio fue Cleopatra, según afirma Plutarco, lo que, unido a otras actitudes, le granjeó una notable popularidad entre la población nativa.

Los primeros Ptolomeos aprovecharon los enormes recursos de este país, el más rico del Mediterráneo por su próspera agricultura y activo comercio, exigiendo onerosos tributos a su pueblo para mantener una corte de claro tinte oriental, que hacía constante ostentación de lujo y riqueza. Los Lágidas actuaron como generosos mecenas, lo que se manifiesta en las construcciones de Alejandría, y asumieron la costumbre oriental de considerarse dioses en vida; tal y cómo hacía Cleopatra, quien solía presentarse como una encarnación de Afrodita o Isis. La identificación divina y el sentimiento de superioridad sobre cualquier mortal, justificaban la práctica habitual del incesto entre los miembros de la familia gobernante. El rey solía casarse con sus hermanas y la reina asumía la misma dignidad que el esposo. Este protagonismo convirtió a las mujeres de ptolemaicas en personajes muy activos en la política y, en concreto, en el nombramiento del sucesor. Las conspiraciones, violencia, asesinatos de hermanos, hijos, padres, etc. fueron una nota común en la historia de la dinastía, en la que los parientes femeninos participaron muy activamente en la toma de decisiones. El refinamiento de algunas crueles perversiones, clara manifestación de la degradación moral de estos ptolemaicos, se hizo visible a partir de la cuarta generación. Curiosamente Ptolomeo XII ascendió al poder como hijo ilegítimo de su padre.

La decadencia de los gobernantes ptolemaicos se unió a la expansión romana por el Mediterráneo. Las zonas más ricas y poderosas caían en manos de Roma y parecía que ese sería el destino de Egipto. Cuando el peligro romano era cada vez más amenazante, los Ptolemaicos practicaron la política de la amistad y adulación, e incluso el soborno como hizo el propio padre de Cleopatra para lograr el apoyo de Pompeyo. Con anterioridad, Ptolomeo VIII el Hinchado ya había enseñado su reino a Escipión en el año 139. No obstante, los dirigentes romanos retrasaban la conquista del país africano, pues temían que el futuro gobernador se convirtiese en un personaje demasiado poderoso y peligroso para la República; de ahí, la opción de considerarlo aliado y amigo de Roma, lo que también les permitía aprovecharse de su riqueza y fuerza militar, enviadas en forma de regalo. No obstante, en la época de Cleopatra, Egipto se había convertido claramente en un estado títere de Roma.

En tales circunstancias asumía Cleopatra el gobierno de su reino, tras desembarazarse de las hermanas que la precedían en tal derecho. De las dos primeras se libró, porque ellas habían depuesto a su padre, aprovechando el viaje que éste había hecho a Roma para sobornar a los políticos republicanos - tuvo que entregar 6.000 talentos para mantener su título de rey -. Cuando Ptolomeo Auletes regresó, retomó el poder y mandó asesinar a sus hijas, en concreto a Berenice, pues la primera Cleopatra ya había fallecido. Tras su muerte, en el año 51, y como era su voluntad, le sucedieron sus hijos Ptolomeo XIII, de 10 años, y Cleopatra VII, de 18 años, convertida en esposa de éste último.

Las difíciles relaciones entre los hermanos, alentadas por la enemistad entre los consejeros del nuevo rey y Cleopatra, desembocaron en enfrentamientos armados. Las acciones de Aquilas, el militar, Potino, el eunuco y encargado de las finanzas, y Teodoto, el tutor, fueron decisivas en el desencadenamiento de la guerra fratricida. La reina abandonó la capital del reino y se trasladó a Siria, donde preparó su propia fuerza armada; cuando se encontraba en Pelusio, ya en Egipto, se le informó de la presencia de César en Alejandría. La llegada del notable general republicano respondía a la tradicional política de Roma en Oriente; en última instancia, se trataba de controlar los asuntos internos de sus estados vasallos, protegiendo al gobernante que mejor defendiera sus intereses.


4. César y Egipto.

César llegaba a Egipto sobre todo en persecución de Pompeyo, derrotado en la batalla de Farsalia, lo que le convertía en dueño único y absoluto de Roma. Los hechos acontecían en el año 48 y Pompeyo buscó refugio en Egipto, invocando su vieja amistad con el fallecido rey. Mediante un engaño, urdido por los consejeros del hermano de la reina, se le hizo creer que estaría a salvo en el país africano. Ante tales garantías, el hombre vencido en Farsalia bajó de su nave, anclada en alta mar cerca de Pelusio, y se trasladó a una pequeña embarcación que se dirigía a la costa. Su esposa permaneció en la galera grande y contempló como se procedía a degollarlo y a despojarlo de su anillo de cónsul. Tal era el presente que el círculo de Ptolomeo quería ofrecer al vencedor César, pretendiendo recibir la aprobación satisfactoria del nuevo jefe de Roma. En tales hechos Cleopatra no había intervenido, y a César le disgustó notablemente que a un noble romano le hubiesen asesinado, de forma vil y cruel, unos bárbaros orientales.

Mientras ésto ocurría, Cleopatra esperaba un encuentro con César, que le permitiese desembarazarse de su odioso hermano y continuar como gobernante, para lo que acabó aprovechándose del malestar generado por el círculo de Ptolemo XIII. La reina estaba fuera de Alejandría y para llegar a la ciudad sin ser reconocida, urdió la estratagema de esconderse en un regalo que se le ofrecería a César. Tras ser llevada en una barca, se la trasladó oculta por la ciudad, sin levantar sospechas, ya que estaba envuelta en una alfombra o fardo de ropa, y así fue llevada a la presencia de César por un criado de su confianza, Apolodoro. Este episodio inicia la relación política y también amorosa entre el romano y la egipcia, quien le hace ver los errores de la política de Ptolomeo XIII y sus consejeros.

Al parecer César quería imponer la paz entre ambos hermanos y que los dos continuasen gobernando Egipto. Las circunstancias de la muerte de Pompeyo y la influencia de Cleopatra le hicieron cambiar de opinión, hasta el punto de que el dictador romano empleó a sus propios legionarios en la defensa del bando de la reina, dirigiendo durante cinco meses la llamada Guerra Alejandrina. En los diversos enfrentamientos y episodios (entre los que figuran el incendio de la flota egipcia, que afectó a la propia biblioteca de Alejandría) los consejeros de Ptolomeo murieron y el propio rey pereció ahogado en un pequeño combate naval en el año 47.

Con el beneplácito de César, Cleopatra continuó siendo reina, para lo que tuvo que desposar a su hermano pequeño, Ptolomeo XIV, al que controló con facilidad; este también murió, se dice que asesinado, en el 44. En este año, sólo había sobrevivido su hermana Arsinoe, encarcelada por el propio César, ya que había pretendido usurpar el reino a Cleopatra, protegida por Roma.

No obstante, su encuentro con César podía tener otros efectos sobre Egipto y su reina. Por primera vez, Cleopatra debió concebir el plan de ampliar su poder, e incluso estudiar las posibilidades de dominar Roma a través de su relación con César. Parecía un modo eficaz de lograr la independencia de su reino respecto a Roma.

Al margen de los intereses políticos, la relación amorosa entre César y Cleopatra resulta incuestionable. Posiblemente y por sus antecedentes fue César quien tomó la iniciativa de seducir a la reina y convertirse en su primer amante. Con posterioridad, Cleopatra demostró habilidad suficiente para retenerlo en su país más tiempo del previsto inicialmente. De todos es sabido que el líder romano era un hombre de costumbres frugales en la comida, pero su bisexualidad y escarceos con mujeres estaban muy difundidos; las coplas de los soldados no lo ocultaban, sino que alardeaban de las costumbres amorosas de su general. En este momento era el hombre más poderoso del Mediterráneo y, sin duda, poseía una personalidad de enorme atractivo. Los datos de su biografía lo muestran como un gran militar y político, intelectual, legislador y clemente con los enemigos, pero también debe recordarse que se proclamó jefe absoluto o dictador.

Gracias a Cleopatra, César recorrió Egipto y tomó conciencia de las enormes riquezas del país, de su cultura y costumbres. En especial, parece que le impresionó gratamente la divinización de los reyes y el establecimiento de un poder dinástico. Tales concepciones chocaban de forma abierta con la mentalidad republicana de un aristócrata romano, pero, en última instancia, él había decidido acabar con la república para imponer un régimen personal. Para lograr su objetivo, necesitaba un heredero varón, que nació justamente de su relación de Cleopatra, y fue llamado Cesarión. Cuando este niño vino al mundo en julio del 47, su padre no estaba en Egipto, sino que luchaba en Africa e intentaba llegar a Roma. Por razones evidentes, el nacimiento de Cesarión se justificó ante los egipcios como fruto de la unión entre César-Ammon y Cleopatra-Isis; así, con un origen divino se trataba de encubrir una unión ilegítima y vergonzosa para la reina.


5. Cleopatra y su viaje a Roma

A pesar de que Cleopatra alumbró al heredero ansiado por César, éste nunca lo reconoció como hijo suyo. Tal decisión habría conllevado el divorcio de una noble romana, Calpurnia, con la que el dictador llevaba casado más de diez años sin descendencia. El agravio hubiese sido terrible y de funestas consecuencias políticas, si esta mujer era sustituida por una oriental, aunque fuese reina. No obstante, se ha llegado a decir que César, una vez consolidado su posición en el poder, pretendía imponer una ley en Roma según la cual se admitiría la poligamia; este mecanismo le permitiría legitimar su unión con Cleopatra, por todos conocida, y a su heredero, sin insultar a su esposa romana. Esta información, de dudosa fiabilidad, procede de Suetonio.

Sin embargo, ni este asunto está aclarado, ni lo están otros planes que realmente hubiese ideado César en relación a Egipto, su reina y Cesarión. La confusión es notable y no se entiende el llamamiento que le hizo a Cleopatra de que visitase Roma, acompañada de su hijo y también de su esposo-hermano, lo que fue aceptado de manera inmediata por la gobernante egipcia. Su llegada a Roma llamaría la atención por la compañía de eunucos, sirvientes, y la exhibición del lujo oriental, pero no fue motivo de espectáculo público. En la capital, se hospedó en la villa privada que César había construido junto al Tíber, vivió retirada y apenas participó en actos oficiales, aunque los datos sobre estos episodios de su vida son demasiado escasos. En este sentido, se ignora si asistió a la extraordinaria celebración de los triunfos militares, acontecida en septiembre del 46, en los que desfilaban encadenados los jefes de los países vencidos, a los que luego se ajusticiaba; el hecho de que figurase Egipto para conmemorar la victoria de la Guerra Alejandrina y la presencia de su propia hermana Arsinoe, asimismo encadenada, a la que se le perdonó la vida, no parece que lo hicieran un acto apropiado para ser visto por Cleopatra.

Como hecho curioso, durante la estancia de la reina en Roma, César inauguró un templo a Venus Genetrix, fundadora de su familia, en cuyo interior y junto a la imagen de la diosa romana, colocó una estatua de oro con los rasgos de Cleopatra y vestida como Isis, la Venus egipcia. Tal acto parece mostrar el deseo de deificación por parte del dictador, pero no el matrimonio que tanto ansiaba Cleopatra para consolidar su poder y, sobre todo, favorecer el legado de Roma a su hijo Cesarión, que también lo era de César.

Este viaje, independientemente de otras valoraciones, nos revela el interés por conocer las costumbres romanas e incluso el deseo de una oriental por occidentalizarse. Para ello, Cleopatra abandonó su reino y permaneció año y medio en Roma - del otoño del 46 a la primavera del 44 -; una ciudad que debió decepcionarla, ya que no se la podía comparar con la bella Alejandría. La reina estaba protegida por César, pero supeditada a él, quizá porque esperaba una unión legal, que nunca se produjo. Sólo consiguió que su sabio Sosígenes ayudara a los romanos, y muy eficazmente, en la reforma del calendario.

La muerte del dictador, con 56 años, el 15 de marzo del año 44, truncó momentáneamente los planes, más políticos que personales, de Cleopatra. El asesinato de los idus de marzo, pero en especial el conocimiento del testamento de César, en el que nombraba heredero a Octavio, hijo de una sobrina-nieta por parte de su hermana, hicieron comprender a la reina que momentáneamente debía renunciar a su sueño. Su vida y la de su hijo corrían peligro, por lo que debía marcharse a Egipto y esperar el desarrollo de los acontecimientos. Jamás volvió a Roma.



6. Marco Antonio y su primer encuentro con Cleopatra

Los años inmediatos a la muerte de César hicieron renacer de nuevo la guerra civil. Los amigos y partidarios de César persiguieron y derrotaron a sus enemigos, pero mientras recuperaban el control de Roma, también pensaban en quien recogería el legado político del dictador. Las luchas soterradas entre el heredero de sus bienes y que se consideró incluso de su poder fue Octavio, pero Marco Antonio albergaba parecidos planes, como lugarteniente de César y persona que había tomado la iniciativa en la persecución de los cesaricidas. Inicialmente, ambos salvaron sus diferencias y decidieron compartir el poder junto con el tercer triunviro llamado Lépido.

Cleopatra observaba la situación, y, al final, tomó partido por los amigos de César cuando comprobó que serían ellos los triunfadores. Les prometió el envío de parte de una flota, que al final no llegó a su destino, pretextando el episodio de una tempestad. Por esta razón, porque Egipto no había ayudado con suficiente contundencia la causa de los cesarianos, Marco Antonio convocó a Cleopatra a la ciudad siria de Tarso, cuando se encontraba allí en el año 41 dispuesto a reorganizar los asuntos de Oriente, mientras que sus colegas permanecían en Occidente.

Este encuentro de Marco Antonio y Cleopatra ha sido objeto de todo tipo de interpretaciones exageradas, considerándose que entonces se inició la historia de una gran pasión amorosa y la transformación absoluta del militar romano en servidor de la reina. Se ha llegado a afirmar que Marco Antonio se había prendado de Cleopatra cuando la contempló por primera vez en un viaje a Egipto y ella contaba tan sólo catorce años; o que ansiaba dominar a la que había sido compañera del gran César. Sin duda, en Tarso comenzó la unión amorosa entre ambos, cuyo fruto, por cierto muy temprano, fue el nacimiento de sus hijos gemelos, pero inicialmente la llamada a la reina se hizo por razones de nuevo políticas. No obstante, merece la pena señalar que Cleopatra le mostró a Marco Antonio que ella marcaría la pauta en sus relaciones, al contrario de lo ocurrido con César.

En efecto, Cleopatra se trasladó a Tarso, a instancias de Marco Antonio, pero desde el principio se evidenciaron los planes de la reina. Ella parecía conocer bien el carácter de Marco Antonio, cuyo apoyo deseaba granjearse. Sin duda se trataba de un hombre de rasgos contradictorios, que aparecía como bebedor, mujeriego aunque homosexual en su juventud, derrochador - disponía de una casa en Roma, la perteneciente en su día a Pompeyo, que ningún noble romano quiso ocupar -, pero también poseía coraje, generosidad, una gran curiosidad intelectual, y, sobre todo, era un admirador de costumbres orientales, antes incluso de conocer a Cleopatra, y fruto de su educación en Atenas. Todo ello, pero en especial su filohelenismo, hacían que Marco Antonio gustase de aparecer como un dios, emulando a Dionisio (dios del vino y compañero de Venus); igual había hecho con Hércules, el héroe vinculado a su familia. Quizá porque las comparaciones con César resultan inevitables, se destaca la supuesta debilidad de su carácter, afirmándose que "se apropiaba de la naturaleza más fuerte que tenía más cerca", como señala la novelista M. George y también bastantes historiadores. Pero ante todo, no conviene olvidar que su obsesión era relanzar la campaña de la conquista de Oriente, planeada por César y controlar los asuntos de Oriente en beneficio de Roma, lo que nunca logró.

Para satisfacer las tendencias filoorientalistas de Marco Antonio, fue por lo que Cleopatra se presentó ante el romano en una barca, emulando a una Afrodita salida del mar y que iba al encuentro de su dios, Dionisio. La indumentaria divina de la reina, el lujo de la embarcación o el derroche de los banquetes impresionaron sobre manera al entonces triunviro. El la estaba esperando en el foro de la ciudad y se quedó solo, pues sus habitantes se fueron al puerto para contemplar el espectáculo, oír la música, oler el aire impregnado de incienso que emanaba de la barca real y contemplar la imagen de la reina que identificaron con la diosa por su magnífica representación, tal y como narra Plutarco. El primer encuentro y banquete se celebraron en la nave de Cleopatra, es decir en el territorio de la reina, donde la ostentación del lujo tenía como objeto deslumbrar a Marco Antonio y convencerle de que Egipto era el país más rico del mundo.

En los comienzos de esta relación, el general romano tomó conciencia de la necesidad de los ingentes recursos del país egipcio para su empresa oriental, y de ahí la necesaria alianza con Cleopatra. Después de la muerte inesperada del dictador, la reina ptolemaica consideró que Marco Antonio le brindaba la oportunidad de llevar a cabo sus viejas aspiraciones de independencia para Egipto y reconocimiento del papel de Cesarión

como hijo legítimo de César. En este momento, sólo consiguió que eliminara a su hermana Arsinoe, recluida en Efeso, y que Marco Antonio se trasladara a Egipto.

En Alejandría, Marco Antonio permaneció más tiempo del prudencial, impregnándose del ambiente helenístico de la ciudad. Precisamente de esta primera estancia en Egipto han surgido las conocidas anécdotas sobre la vida licenciosa de los amantes, quienes se dedicaban a disfrutar de extraordinarios banquetes, de paseos nocturnos por los barrios alejandrinos, y, según se dice, de las orgías. La vida alegre de que gozó esta pareja y sus amigos romanos, les llevó a formar la hermandad de los compañeros de inimitable vida, que con el tiempo pasó a ser la de los que mueren juntos. Con tal comportamiento, Marco Antonio había abandonado temporalmente la causa de Oriente, a donde supuestamente había ido para preparar el ataque contra los partos y continuar el proyecto cesariano.

A instancias de sus partidarios, muy numerosos en Roma, Marco Antonio regresó a la capital imperial en el año 40. Se había requerido su presencia para resolver una nueva guerra civil, iniciada por su esposa Fulvia y su hermano Lucio contra Octavio. En el camino se entrevistó con su mujer romana, quien le reprochó el carácter de su visita a Egipto y la relación con Cleopatra. Marco Antonio prosiguió su viaje y la dejó en Atenas, donde ella murió poco después, víctima de una enfermedad.

Cuando llegó a Roma, Marco Antonio tuvo que enfrentarse a los juicios de sus seguidores por su actitud en Egipto. No sólo molestaba su aventura amorosa con una egipcia, sino sus evidentes tendencias filohelenísticas, manifiestas en sus identificaciones divinas. De ahí que se le instara a que demostrase su compromiso con los intereses del Estado romano. En este ambiente, se agrandaba su rivalidad con Octavio, quien hábilmente estaba consolidando su posición en Occidente. Por todo ello, una vez viudo, su nuevo estado no lo utilizó para legitimar su unión con Cleopatra, sino para casarse con la hermana de su enemigo político, con el que sellaba una firme alianza.

El matrimonio entre Marco Antonio y la virtuosa y bella matrona Octavia se celebró en las mismas fechas en que nacían sus hijos egipcios, Ptolomeo Helios y Cleopatra Selene, los gemelos que alumbró Cleopatra. Octavia intentó por todos los medios el acercamiento entre el esposo y el hermano, y fue madre de las dos últimas hijas de Antonio. El papel de esposa ejemplar, que representó a la perfección, posiblemente le fuese dictado por su hermano, quien buscaba la contraposición de la virtud y honorabilidad de la esposa romana frente a la ligereza de la amante egipcia.

Cuando parecía que Marco Antonio había olvidado lo ocurrido con Cleopatra, sellando su compromiso con Roma en el Pacto de Tarento del año 37, decidió retomar el plan cesariano de la campaña contra los partos, que él pensaba dirigir. Ello implicaba un nuevo traslado a Oriente y la petición de la ayuda egipcia, absolutamente necesaria para su futura empresa militar.
7. El matrimonio de Cleopatra y Marco Antonio

A pesar de lo ocurrido, la llamada que Marco Antonio hizo a Cleopatra, esta vez en Antioquía, parecía brindar una nueva oportunidad para que la reina recuperase su proyecto de lograr la independencia de Egipto y legitimar a Cesarión; además, debían tenerse en cuenta los hijos habidos con Marco Antonio. Esta visita beneficiaba sobre todo a la reina egipcia, pero perjudicaba notablemente al triunviro, cuya campaña de descrédito comenzó y creció en Roma a partir de su segundo encuentro con Cleopatra. En la capital imperial, no se daban cuenta, aparentemente, de que Marco Antonio necesitaba la riqueza egipcia y la ciudad de Alejandría como centro de operaciones para lograr el éxito en su expedición oriental.

Aunque no respondió de manera inmediata a la petición, al final Cleopatra se entrevistó con el romano, ya que Egipto continuaba siendo un país aliado de Roma. En esta ocasión y por las humillaciones sufridas con anterioridad, la reina impuso una serie de condiciones a Marco Antonio previas a la concesión de la ayuda egipcia. El general romano atendió todas las peticiones de Cleopatra, acordándose las famosas Donaciones de Alejandría del año 37, que consistieron en el reconocimiento de Cesarión como hijo legítimo y heredero de César; la entrega de territorios romanos en Oriente y Africa, que pasaban a ser del reino de Egipto; la cesión de la biblioteca de Pérgamo; la aceptación de la paternidad sobre los gemelos y, en especial, el matrimonio con Cleopatra. Este último no se reconoció en Roma, ya que la esposa era extranjera y se celebró a la manera oriental, y, además, no se había producido el divorcio de Octavia.

Una vez aceptadas tales condiciones, que no se plasmaron en un documento formal, Cleopatra mostró su apoyo a Marco Antonio en la conquista de Oriente. Al igual que en otros casos, estos hechos se interpretaron como resultado de la pasión entre los dos personajes, pero, en el fondo, ambos se necesitaban para continuar con sus proyectos particulares. El hecho novedoso que se produce es que a partir de este momento, Marco Antonio se dedicó exclusivamente a su empresa oriental, considerando que una victoria contra los partos consolidaría de forma paralela su poder en Occidente y el éxito habría sido obra romana. De obtener los frutos deseados, el triunfo iba a compartirlo con Cleopatra y no con Octavia. De este encuentro, nació luego su tercer y último hijo, Ptolomeo Filadelfo.

Desde la misma Antioquía se planeó la campaña contra los partos, que se inició en el 36 y se prolongó hasta el 34. La misma Cleopatra acompañó a Marco Antonio en los comienzos de la expedición. Frente a lo previsto, el general romano fracasó en su lucha oriental, no conquistó ningún territorio y perdió un gran número de soldados; la estrategia militar empleada había resultado inapropiada. A pesar del desastre, en el año 34 se celebró un gran triunfo en Alejandría, que imitaba la ceremonia romana, donde se hacían públicos los acuerdos de las Donaciones de Antioquía y se reforzaba el poder de la reina y su hijos. Cleopatra y Cesarión fueron nombrados reina y rey de reyes, mientras que se procedía al reparto de territorios en Oriente para los restantes vástagos. En tal reorganización de los estados orientales, Marco Antonio aparecía como autocrator y otorgaba su beneplácito a la nueva situación.

Mientras tanto en Roma y en el año 33, Octavio aprovechó todos los errores de su antiguo colega en el Triunvirato para acrecentar su desprestigio. La lectura pública del testamento de Marco Antonio resultó ser la prueba definitiva de su filoorientalismo, que se difundía como prueba de traición a Roma. Como última voluntad, el ahora esposo de Cleopatra reconocía a Cesarión como hijo de César (Octavio era entonces un usurpador) y expresaba su voluntad de ser enterrado en Alejandría. La petición formal del divorcio de Octavio, que se hizo también en este año, provocó la guerra.

Aunque Octavio buscaba el enfrentamiento con Marco Antonio, oficialmente se declaró la guerra contra Cleopatra, a la que se acusaba de querer ser la reina de Oriente y dominar el Imperio romano, puesto que ella se había quedado con las provincias dadas por su esposo. En este momento, Marco Antonio estaba preparando una nueva expedición contra los partos, por lo que se encontraba en Efeso, y le acompañaba la reina de Egipto. Tras largos preparativos, el conflicto bélico entre Oriente y Occidente finalizó en la emblemática batalla de Actium, al sur de Grecia, en el mes de septiembre del año 31 a. d. C., ocasionando la definitiva derrota del bando oriental. A pesar de las ventajas iniciales de las tropas de Marco Antonio, resultan incomprensibles y desconcertantes sus errores en la organización de los ataques y la defensas. Ante el desastre, primero huyó Cleopatra, a la que siguió su esposo.

Cuando Marco Antonio llegó a Alejandría, se refugió en una pequeña casa junto con dos criados, situada en el pequeño puerto de Paretorio; quizá pensaba en la posibilidad de una recuperación y de otro posible ataque a Octavio. La reina se fue a su palacio y se dedicó a planear la estrategia a seguir en el encuentro seguro, pero que se hizo esperar, con Octavio, el ahora único dueño de Roma y del Mediterráneo. Sus intereses se encaminaban a salvaguardar el futuro de sus hijos y la independencia de su reino, para lo que solicitó ayuda a jefes orientales medos y nabateos. Sabía que su vida corría grave peligro y se informó sobre la forma más indolora y fácil de morir. Estas últimas decisiones la revelan como gran madre y reina, como ha señalado, entre otras, S. Pomeroy.


8. La muerte de la reina

Ante las peticiones de Octavio, quien le exigió la entrega de Marco Antonio, ella se negó. No obstante, la reina le preparó una muerte digna, y provocó su suicidio, haciéndole llegar la noticia de que ella se había dado muerte; con ello, Marco Antonio tuvo el valor de clavarse el puñal, tras luchar contra Octavio cuando entró en Egipto. Agonizante, llevaron el cuerpo del antiguo triunviro al mausoleo de Cleopatra, donde se había encerrado con sus tesoros, dispuesta a incendiarlos, si Octavio no atendía sus exigencias relacionadas con Egipto y sus hijos. Tales hechos ocurrían en agosto del año 30.

La reina fue sacada de su mausoleo y Octavio dispuso una extraordinaria vigilancia a su alrededor, ya que deseaba mantenerla con vida para llevarla a Roma, donde la pasearía por las calles en una ceremonia triunfal y luego le daría muerte. Cuando Cleopatra se enteró, intentó poner a salvo la vida de su hijo Cesarión, que envió a Arabia o la India; luego sería asesinado, por traición de su tutor. El resto de sus hijos ya no resultaban tan peligrosos. En tiempos posteriores, sólo se tiene información de lo ocurrido a Cleopatra Selene, que se casó con Juba, el rey de Mauritania.

Tras asumir que no podría conservar su vida, Cleopatra consiguió burlar a los guardianes de Octavio, fue a su mausoleo y allí tras vestirse con el atuendo digno de una reina egipcia, combinando símbolos faraónicos y macedonios, se dio muerte. Eligió el veneno de la áspid, ya que la muerte por su mordedura provoca un final rápido y sin apenas sufrimiento. Aunque, probablemente, la elección de esta serpiente se relacionaba con el hecho de que figura grabada en la corona de los faraones para defenderlos de sus enemigos; es decir, era el símbolo del Egipto faraónico. Sus criadas Carmión e Iras la acompañaban y la depositaron en un lecho de oro sobre el sarcófago, disponiendo su cadáver e imagen real; ambas también perecieron después. Fue Olimpo, su médico, quien recopiló todos estos detalles en narraciones legadas para la posteridad y recogidas por Plutarco.

Así moría Cleopatra, como una gran reina oriental y mujer poderosa que había mantenido en jaque al Imperio Romano. Sin duda, había sido una típica gobernante ptolemaica con los vicios, virtudes y defectos propios de su familia. Como muestra de benevolencia, Octavio consintió en respetar la voluntad de que ella y su esposo permaneciesen juntos en la muerte, compartiendo la misma tumba. Curiosamente, la lectura de este deseo expresado por Marco Antonio y plasmado en su testamento había provocado su descrédito e infortunio entre los romanos, desencadenando la última Guerra Civil de la República romana.
Alejandría albergaba así los mausoleos de personajes extraordinarios, Alejandro Magno y una de las que decía ser su sucesora, Cleopatra, junto a su esposo. Estos monumentos no han sido localizados, pero la memoria de estos personajes causó tal impacto, que veinte siglos más tarde aún siguen siendo objeto de apasionadas versiones históricas, literarias.

Si Alejandro fue calificado de Magno por la creación de un Imperio Universal y por su afán de unir las culturas griegas y orientales, Cleopatra dedicó su vida a mantener tales concepciones. Curiosamente, el primero gozó de enorme prestigio en la sociedad romana y los propios emperadores intentaron emularle. Siempre se le consideró un modelo y sus acciones no habían supuesto ningún peligro para Roma. Durante el reinado de Cleopatra, la situación de Oriente había cambiado de forma radical, ya que estos territorios estaban supeditados, en mayor o menor grado, a la autoridad romana.

En estas circunstancias, Cleopatra intentó luchar para preservar la independencia de su reino y se equivocó al pensar que podía vencer a Roma. Su popularidad entre las poblaciones de Egipto y no sólo de Alejandría, revelan que efectivamente había sido una extraordinaria Ptolemaica, querida y admirada por su pueblo. Su memoria fue honrada durante siglos por los egipcios, porque ellos sí que entendieron las actitudes y comportamientos de una mujer que ante todo quiso reinar, pero haciéndolo en un estado libre de la presencia romana.

BIBLIOGRAFÍA
A propósito de la época en la que vivió Cleopatra, tanto sobre el ambiente helenístico como el romano, se cuenta con una bibliografía muy abundante. Para conocer el caso del Egipto ptolemaico, resultan interesantes las visiones generales de M. Rostovtzeff, Historia social y económica del mundo helenístico, 2 vols., Madrid, 1967 (1ª ed. inglesa, 1941); W.Tarn-G.T. Griffith, La civilización helenística, Méjico, 1982 (1ª ed. inglesa, 1952); C. Préaux, El mundo helenístico. Grecia y Oriente (323-146 a. de C.), Barcelona, 1984 y A. Lozano, El mundo helenístico, Madrid, 1992.

Por la influencia de los acontecimientos de la historia romana a fines de la República en el estado egipcio, ofrecen gran interés la obra de R. Syme, La Revolución romana, Madrid, 1989 (Reimpr. de Oxford, 1939), aunque el autor otorga excesivo protagonismo a las acciones individuales en los cambios históricos, y la de Ch. Freeman, Egypt, Greece and Rome. Civilizations of the Ancient Mediterranean, Nueva York, 1996. Sobre los personajes romanos y su relación con Cleopatra, destacan los trabajos de W. Tarn y M.P. Charlesworth, Octavian, Antony and Cleopatra, Londres, 1965 y P.M. Martin, Antoine et Clêopatre. La fin d´un rêve, París, 1990. De este último autor sobresale asimismo su estudio Julio César, Barcelona, 1971 (1ª ed. francesa, 1969).

Entre las abundantísimas biografías sobre Cleopatra, por su afán en ofrecer una visión más imparcial de las acciones de la reina destaca la de M. Grant, Cleopatra, Nueva York, 1992 (1ª ed. francesa en 1972), quien proporciona una bibliografía exhaustiva y el reciente, aunque demasiado breve, de D. Flamarion, Cleopatra. El mito y la realidad, Barcelona, 1998 (1ª ed. en francés, 1993). En los ámbitos universitarios han gozado de enorme difusión las investigaciones de H. Volkman, Cleopatra. A Study in Politics and Propaganda, Nueva York, 1958; J. Lindsay, Cleopatra, Nueva York, 1971 y E. Bradford, Cleopatra, Barcelona, 1995 (trad. de la edición inglesa de 1972) . Para comprender mejor la vida de Cleopatra en relación a otras reinas y las mujeres de su época, se puede consultar a S.B. Pomeroy en Women in Hellenistic Egypt from Alexander to Cleopatra, Nueva York, 1989, quien aporta información novedosa sobre la posición de las egipcias y sus privilegios frente a las romanas o griegas. Sobre las reinas helenísticas, G.H. Macurdy realizó una pionera y notable investigación en Hellenistic Queen. A Study of Woman-Power in Macedonia, Seleucid Syria and Ptolemaic Egypt, Baltimore, 1936.

En la novela histórica, sin lugar a dudas, sobresale la creación de M. George en Memorias de Cleopatra, Barcelona, 1997, quien se esfuerza en resaltar el papel de Cleopatra como reina y madre. También ofrecen interés las visiones de O. Wertheimer, Cleopatra, Barcelona, 1984 (1ª ed. alemana, 1932); M. Peyramaure, Cleopatra, la reina del Nilo, Barcelona, 1998 (1ª ed. París, 1957) y E. Ludwig, Cleopatra, Barcelona, 1984, (1ª ed. 1937), aunque suelen insistir excesivamente en las aventuras amorosas de la reina egipcia. Sobre la mítica película de Cleopatra dirigida por Mankiewicz, se encuentran datos curiosos en A. Comas, Casablanca. Cleopatra, Barcelona, 1995.



Finalmente, para introducirse en el mito de Cleopatra y su evolución a lo largo de la Historia, L. Hughes-Hallett en Cleopatra, Histories, Dreams and Distortions, Nueva York, 1990. realiza un exhaustivo recorrido, lleno de sugerencias sobre la reina como arquetipo femenino en la literatura y otras manifestaciones culturales de Europa y el propio país egipcio.


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