Tres expresiones de una crisis y una tesis olvidada



Download 136.62 Kb.
Page3/4
Date conversion21.04.2016
Size136.62 Kb.
1   2   3   4

Cambalache, o la era de acuario


"Esta concreta extravagancia, según mi opinión, se ha materia­li­zado enormemente en una capa social determinada, la lumpen-intelectualidad burguesa: se trata de aspirantes a intelectua­les, cuya formación intelectual de aficionados los desarma ante absurdos evidentes y disparates filosóficos elementales, y cuya inocencia en la práctica intelectual los deja paraliza­dos en la primera telaraña de razonamiento escolástico con la que topan; y burgueses porque, si bien muchos de ellos quisie­ran ser «revolu­cionarios», son sin embargo ellos mismos el producto de una particular «coyuntura» que ha roto los circui­tos entre la inte­lectualidad y la experiencia práctica (tanto en los movimientos políticos reales como en la segregación impuesta por las estruc­turas institucionales contemporáneas), por lo cual son suscepti­bles de efectuar imaginarios psicodra­mas revolucionarios  en los cuales cada uno supera al otro en la adopción de feroces postu­ras verbales, mientras que de hecho recaen en una muy vieja tradición de elitismo burgués para la cual la teoría althusse­riana está hecha a medida. Mientras que sus antecesores interve­nían en la política, ellos tienden más a menudo a apartarse de ella, encerrados y apri­sionados en su propio drama, o a ser, como se ha dicho, «emi­grados interiores». Sin embargo, continúan teniendo una impor­tancia práctica considerable en desorganizar el discurso intelectual constructivo de la izquierda y en repro­ducir continuamente la división elitista entre teoría y prácti­ca."
(E. P. Thompson, Miseria de la teoría)

Hace poco hizo su aparición un libro que pretende poner en cuestión el conjunto de la historiografía universal18 in­ten­tan­do demostrar su agotamiento definitivo. Pretende también consti­tuir un desafío frontal y sin concesiones contra la insti­tución "historia" y su inscripción académica, postu­lando la incapacidad de la misma para hacerse cargo de la emergencia de la problemá­tica de la alteridad radical. El análisis de un texto de Tulio Halperín Donghi19, vendría a demostrar la abso­luta caducidad de lo que O. denomina "proble­mática racio­nal en la historia", al menos en lo que atañe al capítulo argentino de una crisis de más vastas extensiones, una verda­dera catás­trofe universal.

O. comienza su narración de una manera extraña y sorpren­dente, con una afirmación que debió ser mejor fundamentada: el dis­curso histórico estuvo durante más de dos siglos ligado al estado, tanto el discurso "oficial" como el "alternativo". Toda historia estaba ligada indefectiblemente al estado-nación y, por lo tanto, a su suerte. Si los dos siglos precedentes fueron el auge del estado, fueron, consecuentemente, el del discurso histórico. La crisis actual del estado-nación supone, simétricamente, la del discurso. Así, un mundo sin estado supone un mundo sin historia. Este es el eje de todo el libro y, sin embargo, los autores se han guardado bien de probar este punto de partida. Nos han hecho, tramposamente, una petición de principio en la que se encuentra la misma conclu­sión.

Esto no es todo: a la crisis externa del discurso histó­rico se suma otra, la de su consistencia interna. La problemá­tica se ha agotado por sí misma, en un juego extraño de auto­destrucción: no puede explicar la aparición de la alteridad radical y, por lo tanto, no puede seguir disimulando la ausen­cia de una solidez de la que se vanagloriaba. Una nación... no hace más que ofrecerse como muestrario de los síntomas de tal agotamiento. La nueva problemática todavía no ha hecho apari­ción pero ella vendrá de la mano de la "novedosa" producción de Nietzsche, Heidegger, Barthes, Foucault, Althusser, Casto­riadis y, dios de dioses, Badiou. La problemática post-raciona­lista permitirá pensar de otro modo y dar cuenta del nuevo "mito fundacional", el aconte­cimiento.

O. establece cuáles son las coordenadas de la problemáti­ca racionalista: 1. el discurso histórico tiene una unidad porque tiene un objeto, la historia, presentado como unidad y, por lo tanto, despliegue de una sustancia, de su ser en poten­cia a su ser en acto; 2. es racionalista porque está organiza­do según el principio de razón, sea el de la razón subjetiva (todo efecto consistente es efecto de la racionalidad del sujeto), sea el de la razón estructural (todo efecto consis­tente encuentra su razón en el automatismo estructural); 3. el discurso histórico se presenta como representación (representa la historia en sí, como reconstrucción y, por lo tanto, se conoce algo cuando se da su razón); 4. la unidad de la histo­ria se garantiza mediante los métodos solidarios de empirismo y racionalismo; 5. el progreso historiográfico se concibe como apropiación progresiva del reservorio documental; 6. la doc­trina del signo es la concepción del lenguaje adoptada para el funcionamiento del dispositivo historiador (la fuente es representación de lo efectivamente acontecido).20

Si estas son las coordenadas de la problemática raciona­lista, cuando un texto que pueda considerarse como "bíblico" sea inca­paz de resolver el problema que se plantea, nos encon­traremos, "evidentemente" ante la ruina del "dispositivo historiador". En este punto aparece Una nación ..., colocado simultáneamente en el lugar de acusado y acusador. Así, Halpe­rín surge como la figura máxima de la historiografía nacional y como eje de todos los debates (en "casi todos los campos de la historia argenti­na"21). Siendo la autoridad máxima de la "comunidad de pares", Halperín aparece como un observatorio ideal desde el cual juzgar al conjunto de la historiografía nacional (y dado que no se trata más que de un capítulo de la historia mundial, también puede ser, sin pro­blemas, un porta­dor de síntomas de la produc­ción intelectual de todo el plane­ta). Construido de esta manera el objeto de análisis, se debe proceder a buscar los "síntomas" de la crisis.

Así, la primera muestra de la enfermedad, el primer síntoma, lo constituye la incapacidad de Halperín para dar razón del surgi­miento del Estado argentino. Dado que el auto­matismo de la estructura parece no funcionar como explicación y que tampoco la razón subjetiva ("los proyectos") triunfa, el Estado aparece sin razón alguna. Esta incapacidad de "dar razón" es prueba de que una grieta fundamental se ha abierto en el corazón de la prácti­ca historiográfica. Pero, esa grieta se agranda cuando vemos que el texto procreado por Halperín no puede generar un lector acorde con lo que se espera de un libro de historia. Halperín desmitifica, destruye panteones, no cita las fuentes, se des­preocupa del material erudito. La hemorragia es ya generalizada: Halperín no escribe mal, su "barroquismo" es síntoma de decaden­cia, de incapacidad para "dar razones". Esa incapacidad de enunciación se confirma porque el autor no coloca el cuerpo, no es un yo ni un noso­tros sino un "se". El enfermo ha muerto...

A pesar de la soberbia inútil que se encuentra página tras página, soberbia que tiene como sustento la pretensión de haber descubierto la piedra filosofal de la historia y tratar a todo el mundo de idiota útil22, el libro hace gala de un rigor que no tiene y que se manifiesta desde la relación establecida entre historia y estado-nación: todos han sido cómplices del Estado. Después de despacharse con semejante proposición sin mayor prueba que frases tales como "Todo parecería indi­car...", se plantean otras relaciones no proba­das, como la que establece que todo barroquismo es síntoma de decadencia. En tanto estas afir­maciones son el eje del texto, de­bió haberse exhibido alguna prueba de la veracidad de las mismas. Al menos remitir a algún cuerpo de conocimientos verificables y accesi­bles, que permitiera dar alguna solidez a tales afirmaciones. Resulta patético ver a alguien que muy suelto de cuerpo señala el fin del mundo a partir de peticio­nes de principio sólo sostenidas por frases de Borges o anéc­dotas protagonizadas por desconoci­dos.

Más grave aún es la afirmación de que toda la historio­grafía mundial debió su prestigio a su complicidad decidida con el Estado-Nación, metiendo en la misma bolsa a Ranke y Marx, a la historiografía oficial británica y a Edward Thomp­son, a Grams­ci y la vulgata fascista, al chauvinismo racista americano y a Eugene Genovese, a Trotsky y el stali­nismo, a Milcíades Peña y Bartolomé Mitre. No sólo es grave porque se insulta sin fundamento a muchos intelectuales nota­bles,23 sino porque introduce una forma de pensamiento cara a los autores sobre los que O. se asienta: el poder y su oposi­ción son funcionales. De tal manera, el poder lo es todo y cual­quier resistencia es inútil, porque ella no hace más que reforzar el poder. Foucault y su absurda política vuel­ven, esta vez tam­bién, como farsa.

Esta última conclusión se reafirma con el tratamiento que O. da al concepto de "problemática": nadie puede salir de la problemá­tica en la que habita. Por sobre todo, por deducción de lo anterior, la problemática es una sóla: no hay lugar para oposi­ción puesto que la oposición misma pertenece a la proble­mática. Para peor, la problemática se desarrolla sola, nadie puede abrir o clausurar una problemática, se es su prisionero. Cuanto más, lo que puede hacerse es interpretar los síntomas de su agota­miento, pero aún así se sigue en sus límites puesto que sólo una ruptura puede agotarla. En este caso, Halperín oficia el lugar de borde, de texto sintomático, O. el lugar de denuncia del agotamiento de la problemática y luego deberá venir quien sea el iniciador de la nueva problemática, el primer post-racionalis­ta.24 Ahora, una vez que uno mismo se ha entregado en esclavi­tud, ¿cómo puede reivindicarse libre? ¿Cómo podemos estar segu­ros de que O. constituye el momento de denuncia del agotamiento y no más bien una nueva vuelta de tuerca, una nueva "astucia" de la problemática? El lugar del sujeto que conoce ha sido elimina­do, colocado en la posición de la representación de un drama "a puertas cerradas" donde la posibilidad de hacer otra cosa es nula. En tales condiciones, se hace imposible cualquier afirma­ción. Para ser coherente, O. debió haberse callado.

A pesar de ello, prefirió seguir adelante, "inventando" la problemática racio­nalis­ta25. Tratando de rehuir del sesgo irracionalista que esto pudiera tomar, se asume que en reali­dad se trata de aceptar que existen "razones" y no "razón" (con lo cual, la nueva problemá­tica, paradójicamente, seguiría siendo raciona­lista...) El desemboque hacia un historicismo subjetivista e idealista se hace evidente, aunque los autores no lo desarro­llen.

Si analizamos la "acusación" a la problemática raciona­lista veremos con más claridad este idealismo absoluto que señalamos como la característica más marcada de esta forma de razonar que O. tipifica hasta el hartazgo: el primer punto que carac­teriza a la problemática, el tener un objeto, está, como todos los otros, cuestionados, pero no se nos señala por qué. La nueva problemá­tica, la que gracias a Badiou vamos a disfru­tar, ¿propondrá una historia que carezca de objeto? El segundo no es menos arbitra­rio: ¿por qué se supone que la problemática sólo puede albergar bien la razón estructuralista, bien la del sujeto? ¿Ignora O. (como ignora todo el althusserismo y todo el estructuralismo francés del que está intoxicado) que la historiografía marxista, desde el mismo Marx, ha hecho de la lucha de clases el eje del análisis social? Y los resultados de la lucha de clases no pueden deducirse ni de la estructura ni de los sujetos sino de la lucha misma. Ni Althusser ni los estructuralistas entendieron jamás este tema. ¿Cómo iba a entenderlo el posalthusserismo del subdesarrollo?

En torno al tercer punto, la nueva problemática evitará la historia como reconstrucción? Cómo sería algo así es difí­cil de adivinar, toda vez que O. sugiere que "reconstrucción" equivale a cualquier forma de mención al objeto del que se habla. El quinto es sin duda una nueva arbitrariedad propia de alguien que conoce poco de lo que está hablando: ¿puede decir­se que, por ejemplo, el aporte de la historiografía marxista consistió sólo en "rellenar" el archivo?26 ¿En qué se está pensando cuando se dice esto? Nuevamente nos encontramos con afirmaciones fuertes que, a juicio de O., no hace falta pro­bar. El cuarto y el sexto son de una arbitrariedad tal que no merecen ser discutidos. Armada, inventada sin fundamento alguno, sin prueba alguna, sin análisis de casos que pudieran al menos indicar que se habla de algo que realmente existe, esta "historia" pasa al banquillo de los acusados.

El acusado no es Halperín ni Una nación..., sino lo que la comunidad de pares reconoce allí. Así, se nos insiste que no se habla sobre el autor, pero toda la significación del texto no depende del texto mismo sino de que fue escrito por Halpe­rín. Para eso es necesario constituirlo en la representa­ción arquetí­pica de toda la historiografía argentina. Pero, ¿es Halperín tan representativo? ¿Qué tiene de Halperín la produc­ción de la gente de CICSO (Marín, Balvé, Podestá, Iñigo Carre­ra)? ¿Y los que se nuclean en torno a Pablo Pozzi y Alberto Pla en Buenos Aires y en Rosario? ¿Y los que desarro­llaron la historia agraria como Pucciarelli, Flichman y Mur­mis? Aún más, ¿Milcíades Peña, Fron­di­zi, los intelectuales ligados a Contorno? ¿La vertiente neoli­be­ral (Gallo, Cortés Conde, Botana)? ¿El revisionismo? Aún aquellos que con gusto se filiarían a partir de Halperín señala­rían importantes divergencias con su obra. No hay que confundir el prestigio actual de Halperín para algunos miembros de la "comu­nidad de pares" con su influencia real. Hoy, la mayor parte de la pro­ducción historiográfica cae fuera de las temáticas preferidas de Halperín (centralmente, la historia política del siglo XIX, de Mayo a Roca): la historia del movimiento obrero y de los sectores populares, sobre los que Halperín jamás dijo palabra, la historia rural pampeana, sobre la que lo poco que dijo no es tenido en cuenta por nadie, los estudios sobre la clase dominan­te, donde su posición es discutida incluso por aquellos que más lo admiran, la historia colonial, que no sigue a Halperín ni tienen mucho que esperar de él. Halperín ya fue: su tarea se agotó en el desmonte del imaginario revisionista y hoy, por mucho que se lo aprecie, los caminos seguidos por la historiografía van por otro lado.27 Sus intervenciones en la historia contemporánea, propios de la manualística vulgar, igual que las de José Luis Romero (a cuyas preocupaciones la historio­grafía actual y el mismo Halperín le deben más que a este últi­mo) pierden todo rigor cuando escapan a sus ámbitos preferidos (el siglo XIX argentino o la edad media europea) y están lejos de constituir un cánon a seguir.

Más grave aún es el hecho de haber constituido a Halperín en toda la historiografía, constituirlo en autoridad suprema: si Halperín no puede dar razón del estado, pues entonces la Histo­ria no puede hacerlo. ¿Es necesario señalar que esto es arbitra­rio? Peor aún, no sólo Halperín habla por todos sino por la realidad misma: si Halperín no puede dar "razón" del estado, no sólo la historia no puede sino que los hechos mismos no pueden obedecer a lo que la problemática racionalis­ta supone. Si Halpe­rín duda, entonces, la historia misma, "sin duda alguna", "indu­dablemente", obedece a la lógica propia de la alteridad radical y la aparición del estado argentino es un "verdadero" aconteci­miento. Lo que esto revela es la confusión notable entre la realidad y el discurso sobre la realidad, por la vía de la eliminación de la realidad misma. Si O. quiere introducir la problemática de la "alteridad radical" en la historia, lo que necesita es hacer una investigación sobre la realidad y demos­trar que el surgimiento del Estado Argentino no puede explicarse a partir de las coordenadas de la proble­mática racionalista y que se entiende mejor a partir de otros presupuestos. Pero la realidad no es algo que inquiete a quien habita en las nubes de la teoría... Este desdén por la reali­dad, esta forma de la teoría que se basta a sí misma, que no necesita justificarse más allá de sí, es la marca de fábrica del universo intelectual que gira en torno a los peores vicios del althusserismo que O. ha copiado con total servilismo.

Una vez construido Halperín, a quien, en lugar de criti­car se termina constituyendo en la octava maravilla de la historio­gra­fía argentina, se procede a construir Una nación... empe­zando por afirmar que el texto es lo que no es: el texto no es un estudio sobre el surgimiento del estado ni de la na­ción.28 El texto habla sobre algunos intelectuales y sus vici­situdes con el poder. De tal manera, Halperín no tiene por qué dar cuenta del surgimiento del Estado, con lo cual el desajus­te que constituye un síntoma, no es tal.

Los otros "síntomas" pueden ser evaluados de la misma manera: ¿el lector no se puede ubicar frente al texto porque Halperín vacía el panteón? Falso: allí está Sarmiento y, si se lee bien, tam­bién está Alberdi. ¿El erudito no se siente cómodo? Falso: un erudito está cómodo cuando se encuentra con otro.29 ¿Halperín no cita? Cierto: pero, aunque no se quiera pensar en esta posi­bilidad, esa es la marca Halperín.30 Por otro lado, lo que Halperín cuenta en Una nación... es conocido por todos (al menos por aquellos que tienen alguna idea de la historia argentina de ese período...) ¿Cuál es el sentido de citar lo que se reconoce a simple vista? El problema surge cuando no se conoce ni la obra de Halperín ni el período sobre el que habla...

El resto de los "síntomas", el estilo de la prosa de Halpe­rín y la posición que ocupa el autor, también pueden fácilmen­te expli­car­se por una remisión a sus cualidades. O. reconoce esta posibili­dad pero la descarta sin probar que no es la clave. Y ese es el punto: para que lo que aparece como síntoma pueda considerarse como tal es nece­sario probar que lo es. O. no se preocupa por nimiedades, le basta decir que la posibilidad de que tales datos constituyan síntomas resulta "Mucho más acti­vo..."31 Es más, tramposa­men­te, O. excluye la posibilidad de una lectura en clave de autor con la misma actitud de paranoia con la que declara que el "lector raciona­lista" es un "no lec­tor".32 Se cierra un círcu­lo en el que no queda otra posibili­dad que aceptar su posi­ción. El mecanis­mo es sencillo: se dicta­mina la verdad sobre un objeto inexis­tente y luego se procede a adecuar los datos materiales, voluntariamente escogidos, a la voluntad de quien escribe. Luego se eliminan todas las salidas posibles sin examinarlas. El último paso es la tortura del texto para hacerle decir lo que no dice. Por ejemplo, para que Halpe­rín aparezca contradi­ciéndose a sí mismo, titubeando en el momento de dar razón sobre el estado argentino, se intenta hacer creer que en algún momento parece afirmar que la razón subjetiva es la causa. O. cita:


"Según esta mirada autocontemplativa -planteada ya en la intro­ducción:
"el progreso argentino es la encarnación en el cuerpo de la nación de lo que comenzó por ser un proyecto formulado en los escritos de algunos argentinos cuya única arma política era su superior clarividencia"33
Entonces, Halperín pareciera decir aquí que los proyectos son la causa de la aparición del Estado. Sin embargo, O. se olvida que el párrafo comienza de otra manera:
"La excepcionalidad argentina radica en que sólo allí iba a parecer realizada una aspiración muy compartida y muy constan­te­mente frustrada en el resto de Hispanoamérica: el progre­so..."
Si se lee con cuidado, Halperín no está diciendo que en Argen­ti­na los proyectos dieron cuenta de la realidad: eso es lo que los intelectuales extranjeros (y los protagonistas) que exami­naban la historia argentina creían y, precisamente, Halperín quiere desmentir. La excepcionalidad argentina no radica en que allí se realizó esa "aspiración" sino que allí "iba a parecer realiza­da". Halperín no afirma en ningún momen­to que los proyectos crean el estado. Si alguna razón aparece en el texto, es la estructural: cualquier proyecto tendrá que tener en cuenta la realidad económica y las fuerzas sociales que ella origina. Todo proyecto que no las tenga en cuenta está condenado al fracaso: si trazamos el arco de las esperan­zas, desde la locura metafísi­co-católica de Frías hasta el racionalismo burocrático de Roca, es visible en Una nación... cuáles son las coordenadas que determinan la ubicación correc­ta. Recién a partir de Sarmiento comienza el universo de proyectos "realistas": si el ídolo de Halperín fracasa, no es claro que su oponente lo haga. Por el contrario, Halperín y su ídolo reconocen la victoria de Alber­di.34 Si la falta de "cintu­ra" política le impidió a éste último recoger los fru­tos, Mitre y Roca sabrán capitalizarlo mejor. Pero jamás será porque ellos hayan "creado" algo, porque den "razón" de la historia: ésta sólo obedece a ese bulto esqui­vo pero determi­nante, la élite económico social y la realidad económica que la ha creado. Más que oscilar entre "razones" Halperín se acerca peligrosamente al materialismo vulgar.

El libro de O. se cierra con una confesión de impotencia: no se puede saber si se ha abierto otra problemática, pero, la con­fianza en el agotamiento de la actual permite esperar el futuro con tranquilidad. Badiou, más tarde o más temprano vendrá a traernos la felicidad y la sabiduría en una nueva era anun­ciada con la misma pasión mesiánica que los promotores de la era de acuario...

La peor consecuencia del texto es que no ha sabido inter­pretar las raíces de la actual crisis de la historiografía argentina. Ha ascendido a los cielos de la metafísica y ha fracasado en traer alguna respuesta. Se presenta como revolu­ción contra la "institución" académica pero termina señalando que, de la mano de la sicología y consortes se inaugurará una nueva época, con lo cual todo el enfrentamiento con la "insti­tución" se limita a un enfrentamiento "institucional", una problemática contra otra, una institución contra otra.35 Ningún planteo político fue siquiera insinuado. Los "enemigos" son entelequias desprovistas de contenido social: "la institu­ción" académica, "el estado", la "problemática racionalista". No es extraño entonces que todo transcurra al nivel de las ideas: no existe la sociedad, las clases, la lucha, el con­flicto. La inmensa rebelión a la que nos convoca se consume en un típico sicodrama revolucionario a los que nos tiene bastan­te acostum­brados cierto sector del "progre­sismo".

1   2   3   4


The database is protected by copyright ©essaydocs.org 2016
send message

    Main page