Tres expresiones de una crisis y una tesis olvidada



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Tradiciones...?


De la vieja guardia de intelectuales setentistas, Walsh, Carri, Ortega Peña, Milcíades Peña, queda poco. Tal vez sólo Bayer y Viñas recojan, todavía hoy, algo de aquella pasión y la vuelquen en libros de historia. No estaría de más releer textos como La Forestal de Gastón Gori o Los vengadores de la Patagonia rebel­de, de Bayer. Poco citado, Milcíades Peña es el padre negado de la mayoría de las ideas "modernas" que andan circulando bajo otros nombres. Sin embargo, su prosa indignada se juzga exceso verbal. Se ha puesto de moda la inflexión barroca, la frase ampulosa que no dice nada, la crítica en potencial. Incluso quienes se creen críticos de la historio­grafía actual rinden tributo a los "hermanos mayores" y abomi­nan de una tradición a la que se mira con el desdén con que los "modernos" miraban a la edad media.

Un par de compañeros han salido a la palestra en defensa de esa tradición,16 entendiendo que ella contiene una pers­pec­ti­va que está hoy ausente en el resto de la producción inte­lec­tual. Clasifican así a toda la historiografía argentina según sea "historia para dominar" o "historia para liberar", siendo la primera aquella al servicio de la generación de la hegemo­nía de la clase dominante y la otra la que dota al pueblo de un instru­mento de lucha. Al margen de un tono popu­lista mani­fiesto, de la arbitrariedad dicotómica de la clasi­ficación, de la dudosa realidad de la tradición de la "histo­ria para libe­rar", de la no menos dudosa filiación de muchos de sus miem­bros, de la genero­sidad excesiva con el revisionis­mo (que era, en general, una "historia para dominar"), intere­sa fijar la atención en algunos puntos centrales del escrito. Sobre todo en la caracterización errónea de la orientación ideológica de la historiografía acadé­micamente dominante y en la vaguedad de la formulación "historia para liberar".

Pozzi y Salas pretenden demostrar que los herederos de la histo­riografía liberal son los actuales descendientes de José Luis Romero (incluyendo a Halperín Donghi), siendo a su vez una continua­ción de Mitre y López. Así, todos los que no hacen "historia para liberar" son liberales, valga la contradicción, repitiendo una fórmula cara a la hagiografía peronista que gusta de unificar a los críticos bajo la común denominación de gorila, sea Alvaro Alsogaray, sea el Che Guevara. Y lo que esta maniobra tan poco sutil impide ver es que la corriente intelectual que hoy domina académicamente poco tiene de libe­ral. Es, hablando claramente, socialdemócrata. Y se afianza plegándose a la ola mundial de defenestración del marxismo (con el que no se deja de coquetear, sobre todo cuando el auditorio así lo exige en uni­versidades extranjeras o en reportajes "para la tribu"...) al mismo tiempo que criticando a una historiografía liberal que, lejos de morir, está más vital que nunca, no sólo porque Cortés Conde, Díaz Alejandro, Gallo y Botana, son los autores de varios de los textos más significativos de los últimos años, sino porque el discurso histórico liberal, aquel que pretende que la Argentina entró en decadencia en 1930 por la presión del "esta­tismo" (según la brutal pero pedagógica formulación del "ingeniero"), es el discurso socialmente dominante.

Esta incapacidad para reconocer las características básicas del campo en el que debe moverse una propuesta que intente ser superadora, va de la mano con la indefinición de los objetivos de esa práctica: "historia para liberar". ¿A quién? ¿De qué? ¿Para qué? Son preguntas cuyas respuestas son la clave para saber "qué hacer". El objetivo político de la socialdemocracia puede verse en sus ilusiones y sus realidades (generalmente el espacio que queda entre la oposición y el poder). Las expectati­vas que rodeaban el ascenso de la social­democracia europea pueden fácil­mente contrastarse con la desazón que rodea al "progresismo" del primer mundo en la era Berlusconi, cuyo fantasma recorre Europa a pesar de las derro­tas electorales. No es sólo el haber asumido el ajuste capita­lista como tarea propia. Es también haberse beneficiado con las migas de la plusvalía que una imágen ético-biologista muy de moda gusta llamar corrupción. Los mejores miembros de esta tradición o bien abandonaron el campo intelec­tual (refugiándo­se en la producción "académica"), o bien denun­ciaron la trai­ción y esperan con cierta amargura la hora de una nueva apues­ta. Los peores son agregados culturales de alguna embajada, miembros del staff permanente de alguna dependencia oficial, empleados de ministerio, etc. Pero no hay que confundir los tantos: más allá de coincidir o no, la social­democracia inte­lectual tenía un proyecto político atado al alfonsinismo, que no era liberal. Era, sí, capitalista: repetir en Argentina la experiencia de Felipe González en España. No coincidir con este objetivo puede ser bueno o malo según sea lo que se propon­ga en contrario. No proponer nada es peor.

Y lo que Pozzi y Salas eluden es una definición clara de objeti­vos: ¿liberar a quién?, ¿de qué?, ¿para qué?17 En efe­c­to, ¿qué es esta historia para liberar? Vista en general, aparece como una "melange" de autores diversos, algunos con fuer­tes contra­dicciones entre sí, cuya única comunión parecie­ra ser el haber pro­testado alguna vez (aunque no siem­pre contra el mismo objeto y por las mismas razones). Si ese es el denominador común que constituiría una historia dueña de potencialidades como las enunciadas por los autores reseñados, huelga decir que toda la historia socialdemócrata es "para liberar". Porque ese denomina­dor común ni siquiera se distin­gue por su antica­pitalismo. Y esta es, sin dudas, la mayor debilidad de la propuesta: frente a una toma de posición clara, compartible o no, de las historiogra­fías liberal y so­cialdemócratas, lo que se opone es un conglo­merado amorfo que no puede jamás conver­tirse en alternativa. La consecuencia lógica de estos planteos es la carencia de una posición teóri­ca firme que pueda soste­ner tanto una mejor prác­tica intelec­tual como una posición política más adecuada.

Sólo una propuesta respaldada por una sólida teoría y objeti­vos políticos claros puede dar luz a una historia nueva, que resulte útil a la hora de pelear contra el capitalismo. Si se adopta la decisión de luchar contra el capitalismo el objetivo sólo puede ser el socialismo y la teoría, el marxis­mo. La única opción seria a una historia liberal o socialdemó­crata es una historia marxista. Y desarrollar una historia marxista es mucho más complejo que citar algunos autores famosos y hacer historia oral.



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