Tres expresiones de una crisis y una tesis olvidada



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Sartelli, Eduardo: Tres expresiones de una crisis y una tesis olvidada, Razón y Revolución n 1, otoño de 1995, Reedición electrónica


TRES EXPRESIONES DE UNA CRISIS Y UNA TESIS OLVIDADA

Eduardo Sartelli


"Quien aún esté vivo no diga jamás.

Lo firme no es firme.

Todo no seguirá igual.

Cuando hayan hablado los que dominan,

hablarán los dominados.

Quién puede atreverse a decir "jamás"?"


(Bertold Brecht, Loa de la dialéctica)

El arribo de la generación intelectual sobreviviente del Proceso supuso la aparición, en el ámbito de la producción de ideas, de una serie de problemas que se imponían al historia­dor atento a la actualidad social. El estado, la democracia, las "transicio­nes" desde las dictaduras, se convirtieron en puntos centrales en la agenda de las ciencias sociales. El conjunto de intelec­tuales que renovaron el universo de preocu­pa­ciones académicas cayeron sobre las instituciones universi­ta­rias y de investiga­ción, desplazando de ellas a los que apro­vecharon la trágica primave­ra que la dictadura militar ofreció a quienes, en condiciones "normales", difí­cilmen­te podrían presen­tarse en público como "científi­cos". Los que fuimos sus alumnos desde 1983 en adelante pre­senciamos entu­siasmados el fenómeno: nuevos profesores, nuevos temas, nueva bibliografía, nuevos enfoques y, sobre todo, una más agradable posición ideológica. Había sonado la hora de la izquierda en la Univer­sidad y los que todavía podíamos presen­ciar el triste espec­táculo de los "profe­sores del proceso", no teníamos motivos para no feste­jar. Los nuevos se autotitulaban marxis­tas (o al menos lo parecían) y tenían un discurso crítico (o al menos así lo creíamos algunos). Filosofía y Le­tras, Histo­ria en particular, era una fiesta.



Los años pasaron y no en vano. Lo que podríamos denomi­nar "alianza progresista" duró todo lo que tardó el gobierno alfonsinista en mostrar sus límites hacia la izquierda. Para 1987 el impulso "progre" del radicalismo se agotaba víctima de sus propias contradicciones y el movimiento de intelectuales que gestó a su vera empezó a sufrirlas en carne propia. La agenda que éstos habían propues­to a la comunidad académica como forma de partici­par en la refundación democrática argen­tina, las soluciones a las que aspiraban arribar y, sobre todo, las apues­tas políticas implí­citas, fueron jaqueadas por la dura realidad de esa social­democracia a desgano que intentó ser el alfonsinis­mo. La derrota de Angeloz los sumió en una crisis intelectual de la que, difí­cilmente, el Frente Grande pueda sacarlos. Ricardo Sidicaro sintetizó con precisión el núcleo duro de las espe­ran­zas social­demócratas:
"Cuando se inició, en 1984, el proceso de democratización, muchos pensamos equivocadamente de un modo que suelo denominar optimismo de sistema. Las nuevas reglas del juego político darían lugar a la formación de un sistema que permitiría la emergencia de nuevos actores que revalorizarían el sistema generando una especie de círculo virtuoso. Esta forma de razonar tenía un sesgo economicista y tomaba su modelo de la metáfora del mercado: la política era un juego con múltiples participan­tes; todos tenían recursos para intervenir con relativa igualdad de oportunidades; el nuevo sistema democrá­tico enterraba a los actores del autoritarismo y enviaría a la noche de los tiempos las ideas del liberalismo económico que habían fracasado con Martínez de Hoz; en fin, el espacio democrático restringiría el poder de los grupos empresarios que habían hecho muy buenos negocios con la dictadura."1
Es sorprendente la enorme ingenuidad del planteo. Las cien­cias sociales nacidas de ese esfuerzo están hoy a la deriva. Y quie­nes perciben con más claridad esta verdadera "línea de sombra" en que se halla la historia en Argentina son los alumnos que ahora se acercan a ella en busca de respuestas que no llegan. En su lugar se ofrecen soluciones estériles: la de una historia pobre en ideas y alejada de la política inme­dia­ta, refugiada en un supuesto virtuosismo técnico, o bien la atracción de la moda, la importación de temas, autores y problemas que se consideran válidos en sí mismos sin importar su adecuación a los problemas locales. También pareciera hallarse en el horizonte de solucio­nes, la referencia a una tradición gloriosa, a disposición para ser retomada por quien quiera hacer el esfuerzo. Vamos a exami­nar estas propuestas a partir del análisis de algunos textos aparecidos recientemen­te, en los que se resume buena parte del clima intelectual que se vive entre los más jóvenes, que oscila desde la nostalgia por tiempos mejores hasta el festejo autocom­placiente, pasando por el delirio metafísico.

La muralla china


En un artículo aparecido en Entrepasados2, uno de los miem­bros de la revista, Ema Cibotti, cuenta la historia de la "generación ausente", grupo de historiadores que, habiendo estudiado durante la dictadura, constituirían la primera línea de jóvenes investigadores de la era democrática. Esta "genera­ción" habría carecido de una formación intelectual adecuada como producto de la dictadura. Cambiado el "clima de ideas", tendría dificulta­des serias para dejar de ser la "generación perdida" (según sus "hermanos mayo­res") y transformarse en algo con personali­dad y producción. Reunidos en torno a inte­lectuales con sede en instituciones como el CEDES o el CISEA, aprendieron allí los palotes del oficio, sobre todo gracias a la prédica de Leandro Gutiérrez. Diez años después, la genera­ción descubre, al menos de boca de la autora, que no todo está perdido: la inserción institucional (la mayoría de sus miem­bros se encuentra en cátedras de las principales universidades como Jefe de Trabajos Prácticos, Adjuntos, etc.) y la produc­ción intelectual (sobre todo su creación central, la revista que publicó este artículo), demuestran que puede darse rienda suelta al festejo.

"Generación" alude a una contrucción temporal que de alguna manera se caracteriza por denominadores comunes. Por lo tanto, "generación" refiere siempre a los hijos de una época en cuya vida se reflejaría el tono particular de la misma. Sin embargo, la "generación ausente" de Ema Cibotti reúne sólo a un selecto grupo. En rigor, limi­tado a los participan­tes de Entrepasados. Se muestra, enton­ces, una primera hila­cha: quienes no son como nosotros, no son. No importa lo que hayan hecho. La apropiación excluyente del lugar del histo­riador es la clave de la conforma­ción de la identi­dad: los que hacemos esto lo somos. Los que no, no. Quedan así marginados compa­ñe­ros que siguen otras vías (tan o más lícitas) como Pablo Pozzi, Patricia Funes, Ernesto Salas, Jorge Warley, Carlos Mangone, Jorge Cernadas, Horacio Tarcus, Gabriela Gresores y Gabriela Martínez Dougnac, por nombrar a algunos intelectuales que podrían, temporalmente, pertenecer a la "generación".3

En el mismo sentido, los temas que no pertenecen a quie­nes escri­ben en la revista no son temas propios de la histo­ria, sobre todo, los años que corren desde Perón en adelante. Así, Cibotti puede declarar que "la problemá­tica [la del surgi­miento del peronismo] ... no constituye aún una preocupa­ción en el campo historiográfico".4 Que no interese a Cibotti y compañía no significa que no interese a nadie.5 Esta difi­cultad para distinguir (y valorar) lo que no constituye el "círculo íntimo" es una constante en la exposición de la autora y su revista.

¿En nombre de qué se efectúa tal omisión? ¿Hay real­mente textos fundamenta­les forjados por el "círculo" que lo separen claramente del resto de los mortales? No. No se trata de despreciar la honesta tarea de los colegas, pero lo cierto es que ni siquiera un libro ha salido de ese grupo (mientras los compañeros excluidos han editado varios). Todo lo más son artículos de valor disímil. El hecho se hace evidente cuando Cibotti debe incorporar a la prueba sobre la producción inte­lectual del grupo varios textos en estado de "mimeo".



Mayor gravedad reviste la enumeración de las tareas que denun­cian como las propias del historiador durante estos 10 años: "una preocu­pación sistemática por el uso renovado de fuentes en general poco transitadas, y a la vez la puesta en valor de repositorios documentales a través de la exploración minuciosa de los mis­mos..."; "...la preocupación por la suerte de los reposito­rios..."; "Los congresos y las jornadas... muestra de nuestra voluntad de adscribirnos a las reglas de la actividad académi­ca"; "... descubrimos la complejidad especí­fica de la sociabili­dad entre historiadores, los ritos de iniciación y los actos de legitimación..."6 Cuando pretende demostrar la apertura hacia aspiraciones no académicas, la enumeración no deja de desilusio­nar:
"Cuántos de nosotros sabíamos lo que hacían nuestros pares; qué conocíamos de sus aportes; fuera de la universidad qué pasaba con la enseñanza de la historia; cómo difundir el conocimiento de los textos en lengua extranjera; cómo perfec­cionar nuestro acceso a las fuentes documentales; cuáles eran los canales de comunicación con quienes trabajaban en otras disciplinas socia­les; qué pasaba con la producción histórica en el interior y qué circuitos tenía. Cómo sortear el desnivel entre el aumento del número de los avances de investigación y su escasa circulación. Este cúmulo de inquietudes era el desideratum de nuestra expe­riencia generacional. La revista Entrepasados, nació así del encuentro entre quienes compartía­mos esas preguntas y sus res­puestas."7
¿Qué hay aquí que denuncie la intención de "generar otros espa­cios ... fuera de los consagrados para nuestra actividad acadé­mica"? Este encasillamiento en los estrechos límites de la actividad puramente académica se refleja en la ausencia de preguntas significativas en la labor realizada por los miem­bros de la "generación". En efecto, cuáles son las cuestiones no "académicas" (tomando, sin aceptar, la definición propuesta por Cibotti) es decir, cuáles son las preocupaciones políticas del grupo? Es muy difícil descubrirlo. De hecho, esta "genera­ción" no tiene preguntas propias:
"Desde el `84, nuestros "hermanos mayores" emprendieron la conflictiva y necesaria tarea del rearmado de sus tramas. Qué hicimos nosotros? seguirlos."8
Podría decirse que la "generación ausente" sufre del síndrome de la muralla china: como se sabe, en el cuento de Kafka la pobla­ción comenzaba el trabajo sabiendo qué, por qué y para qué. A poco de empezar, el sentido de la obra se pierde y se trans­forma en una tarea sin sentido. Los "hermanos mayo­res" (¿hermanos o padres?) trajeron una serie de pro­blemas que surgían de su preocupa­ción por la situación políti­ca argenti­na. Intelectuales de cuño socialdemócrata, estaban interesados en instalar un proyecto que quería ser la refunda­ción de la Argentina en clave postperonista y anti conservado­ra. Su apuesta central giró en torno al alfon­sinismo y su tarea fue la de discutir la viabili­dad de tal proyecto. El estado, la política y la clase dominante fueron los focos en los cuales se dibujaba el deseo de construir la demo­cracia, concebida ésta como entidad sin adjetivos (y, por lo tanto, desligada de anclajes clasistas). Un interrogante clave para la fortuna de esta aventura se encontraba en el movimiento obrero y el peronismo. Entender la política de la clase obrera resultaba importante para saber "dónde anida la democracia".9 Si esa pregunta orientaba globalmente la tarea de los "padres", los "hijos" parecen haberla perdido. Entre otras cosas, porque las motivaciones originales desaparecieron. Sólo queda, enton­ces, la repetición mecánica de temas cuya clave política se pierde en la noche de los tiempos.

Se nos dirá que no se trata de un texto colectivo y que, por lo tanto, no debemos tomarlo como si lo fuera. Pero Ema Cibotti ha hablado por el grupo y ninguno de ellos ha salido a desmen­tirla. El que calla otorga. Lo que Cibotti señala sobre la "generación" en gran medida es correcto. Por ejemplo, ¿qué es lo que inte­resa a Entrepasados? En los últimos cuatro números edita­dos, ningún artículo hace alusión a nada que pase más allá de 1930-40. Cuando traspasa esa frontera, lo hace para entrevistar a alguien "importante" del mundo acadé­mico. Muy poco hay que tenga que ver con problemas presentes enfoca­dos con perspectiva histórica. Y cuando "se juegan" no se trata de producción local.10 Fiel a su nombre, Entrepasados se queda allí, entre pasados, y lo constituye en el único lugar lícito que puede habitar un historiador... El mismo nombre de la revis­ta marca con claridad la vocación de escapar al pre­sente, de despolitizar el pasado, de aislar la experien­cia vivida de la actual. Es difícil elegir el nombre de una revis­ta, pero Pasado y Presente, La ciudad futura, El cielo por asalto, evocan la voluntad de relación y de perspectiva polí­tica propias de quienes pretenden algo más que la creación de un archivo. Entre­pasados consti­tuye una deser­ción a esa volun­tad.



Las mismas críticas a Cibotti pueden encontrarse en otros artículos de la revista. El meritorio trabajo de Mirta Lobato y Juan Suriano sobre la histo­rio­gra­fía de los trabaja­do­res, a pesar de constituir un buen intento de pasar en limpio la producción más reciente sobre el tema, es buena prueba de lo que decimos. Por ejemplo, la enume­ra­ción de las tareas propias del historiador no es más alentado­ra que la de Cibot­ti:
"En primer lugar, hay algunos vacíos historiográficos que lle­nar. Los interrogantes sobre las ideas de los empresarios... algunos tópicos que la sociología industrial ha delineado... el exámen de diferentes grupos de trabajadores ... una vuelta al lugar de trabajo..."11
El mismo "olvido" de los compañeros que no pertenecen al "círculo íntimo" se repite cuando Pablo Pozzi, que ha escrito uno de los pocos libros sobre movimiento obrero y dictadura, no aparece en la bibliografía ... sobre movimiento obrero. Peor es la forma curiosa de fundamentar la posición historio­grá­fica asumida, colocando a Engels como si aceptara la con­clusión antimarxista de los autores:
"Los inconvenientes para compaginar la lucha de clases, sobre todo a partir de la segunda posguerra, con la filosofía de la historia que constituía su hilo conductor obligan a una revi­sión de las interpretaciones del movimiento obrero basadas en la sobrevivencia del paradigma leninista. Las dificultades en torno a las esperanzas revolucionarias y los resultados con­cretos ya habían obligado a reflexionar a Engels cuando escri­bía en la Introducción a "Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850": "La historia nos dio también a nosotros un mentís y reveló como una ilusión nuestro punto de vista de entonces. Y fue todavía más allá: no sólo destruyó el error en que nos encontrábamos, sino que además transformó de arriba a abajo las condiciones bajo las cuales tiene que luchar el proletariado". La hipótesis de que el desarrollo capitalista conduce a una creciente polari­zación y oposición entre las clases, la idea de que al fin se produciría un enfrentamiento decisisivo sufrió al menos dos ensombrecimientos: en 1848 -a él hace referencia Engels- y hacia mediados del siglo XX cuando los procesos históricos siguieron un rumbo distinto al de la transformación revolucionaria."12
Aquí Engels aparece como si desconfiara de las líneas de análi­sis básicos del desarrollo histórico que él mismo desa­rrollara con Marx: ni el desarrollo capitalista lleva necesa­riamente a la polarización y oposición entre las clases ni se producirá jamás un enfrentamiento decisivo entre ellas. Si afirmar que hacia media­dos del siglo XX los proce­sos históri­cos siguieron un rumbo distinto al de la transfor­mación revo­lucionaria es más que discutible, más lo es citar mal. Porque lo que Engels seña­laba (en el mismo prólogo, no en otro) era que la revolución no pudo pasar de una conspiración de mino­rías, al estilo de las anteriores, porque el capitalis­mo no se había desarrollado lo suficiente. Cuando él escribe, casi 40 años después de la publicación del libro cuya reedi­ción prolo­gaba, lo que había sucedido era que
"La historia nos desmintió, como a todos los que pensábamos de manera análoga. Señaló claramente que el estado de desarrollo económico del continente estaba aún entonces muy lejos de la madurez requerida para suprimir la producción capitalista; lo probó mediante la revolución económica que, a partir de 1848 ha ganado a todo el continente... Pero esta revolución indus­trial, precisamente es la que aclaró por primera vez, y en todas par­tes, las relaciones de clases; suprimió una cantidad de existen­cias intermedias provenientes del período manufac­turero ... engendrando una verdadera burguesía y un verdadero proletariado industrial y empujando a ambos hacia el primer plano del desen­volvimiento social."13
Muy lejos estaba Engels de sacar como conclusión lo que Suria­no y Lobato quisieran. Y esto viene a cuento porque una de las características de la "generación" consiste en insinuar la pertenencia a la tradición marxista o en filiarse a partir de autores prestigiosos de esa corriente, cuando en realidad lo que se hace es muy diferente. Así, se alude a Thompson14 y Hobsbawn como inspiradores de la "Nueva Histo­ria Social", cuando ésta no tiene ningún contacto firme con la historio­grafía marxista inglesa: ni el énfasis notorio del primero en la lucha de clases y en la clase como fenómeno unita­rio, ni la orientación claramente leninista del segundo figuran en la "Nueva...".15 En reali­dad, la "Nueva..." es una produc­ción muy dispar, en la que reina, en el mayor número de casos y con algunas pocas excepciones, el empirismo propio de un folclo­rista.

La conclusión no permite festejar. La "generación" ausen­te sigue, salvo excepciones, estando "ausente" del verdade­ro debate: ¿cuál es el sentido político de nuestra tarea? Mien­tras no se asuma que todo intelectual es un político, mientras no se tome como tarea central la construcción de una historia conciente y abiertamente comprometida con la actualidad polí­tica, se persistirá en una tarea sin rumbo. Los "hermanos mayores" saben eso. Los hijos no necesitan matar a los pa­dres: bastaría con imitarlos. No hay por qué efectuar parricidio alguno: bastaría con retomar la senda socialdemócrata que los "padres" nunca abandonaron. Salvo que, como en nuestro caso, rechacemos una paternidad que nunca fue.



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