Damián López de Haro y Diego de Torres y Vargas, ¿escritores encontrados?



Download 114.58 Kb.
Date conversion29.04.2016
Size114.58 Kb.

FOCUS II, 2 (2003) 29-42






Damián López de Haro

y

Diego de Torres y Vargas,
¿escritores encontrados?
Pío Medrano Herrero



1. Introducción

D
esde que Salvador Brau escribió en 1907 que el canónigo Diego de Torres y Vargas había sido secretario del obispo López de Haro,1 la noticia no ha dejado de repetirse en la historiografía puertorriqueña a lo largo del siglo XX, sobre todo por haberla difundido Coll y Toste en su Boletín.2
A partir de los años 50 de la centuria pasada, escritores afanados en buscar los antecedentes de la "puertorriqueñidad" en los primeros tiempos de la dominación española en la isla, se han servido de esa opinión para apoyar sus ideas preconcebidas y han establecido como verdad consumada que don Diego utilizó su Descripción de la isla y ciudad de Puerto Rico 3 para corregir y rectificar afirmaciones de don Damián sobre la isla en su Carta-relación a Juan Díez de la Calle.4 Según esta creencia, a mediados de la decimoséptima centuria se habría dado una confrontación entre un criollo, defensor de la "patria puertorriqueña" ofendida y un peninsular ofensor. Llegan a esa conclusión siguiendo la siguiente secuencia mental: Torres y Vargas contradice afirmaciones del obispo, luego tuvo que ser secretario episcopal; en el ejercicio de su cargo leyó la relación del prelado; posteriormente le contestó en su propia crónica.
Tales afirmaciones carecen del más mínimo soporte documental. Nosotros, después de haber estudiado concienzudamente el tema, basados en fuentes irrefutables del Archivo General de Indias, hemos demostrado que el secretario personal de López de Haro fue el padre Sebastián de Avellaneda, religioso trinitario como el obispo, y hemos concluido: "A partir de hoy se precisa, pues, un nuevo enfoque a la hora de juzgar y valorar las relaciones del obispo y el canónigo".5 Es lo que intentamos exponer en las páginas siguientes.
2. Dos autores, dos escritos

N
ombrado por el rey Felipe IV al obispado de Puerto Rico en 1642 y propuesto al año siguiente para el cargo ante la Santa Sede, fray Damián López de Harto obtuvo el fiat de Su Santidad en julio de 1643. En febrero de 1644 recibió la consagración episcopal en el convento de la Trinidad calzada de Madrid, y el 22 de abril siguiente emprendió el viaje a su sede, donde llegó el 13 de junio. Tres meses y medio más tarde escribía la memorable carta-relación al oficial de la Secretaría de Nueva España, en el Consejo de Indias, para informarle de la travesía y de sus impresiones acerca de Puerto Rico y sus gentes, en particular de la capital. Seducido por la nueva geografía, elogia el clima, la naturaleza, el paisaje terrestre y marítimo, la catedral, la vegetación, los aguaceros, las frutas… y, sobre todo, el aire, las brisas. En contrapartida, le decepciona el ambiente humano, social, cultural, económico y hasta religioso: a ello dedica buena parte de su escrito. También habla de los estragos de las tormentas en la agricultura, de los saqueos de los piratas, del peligro que corre la plaza de caer en manos de los enemigos…

Según esta creencia, a mediados de la decimoséptima centuria se habría dado una confrontación entre un criollo,

defensor de la "patria puertorriqueña" ofendida y un peninsular ofensor

Años después, en 1647, el señor canónigo y bachiller Diego de Torres y Vargas compuso su no menos memorable escrito, cuyo título ya citado resulta muy significativo. En las primeras páginas habla de la geografía de la isla, de su clima, forma geométrica y alude a los ríos; destaca el recuerdo de la isla en los anales antiguos de cosmógrafos e historiadores; informa del descubrimiento y conquista de Puerto Rico, de las islas de barlovento, de la invasión de muchas de ellas por los ingleses, holandeses y franceses; luego pasa a hablar de las tres principales islas barloventeñas (La Española, Cuba y Puerto Rico), con referencias a numerosos autores de la Antigüedad; resalta la preeminencia de la última isla sobre las demás por ser frente y vanguardia de las Indias Occidentales. Notifica también de la fertilidad de la isla, del comercio, de los ingenios y trapiches, de los productos (caña de azúcar, jengibre, cacao, cueros, tabaco, maderas, oro, sal, aguas termales, frutas, cereales…).
Atendido el renglón general de la isla, pasa a describir la península o ciudad de Puerto Rico, a la que consagra la mayor parte. Refiere la fundación inicial de la ciudad en Caparra, el traslado al nuevo enclave de la isleta, la población, principales oficios, el escudo de armas, la infantería del presidio, la fortaleza del Morro, la iglesia catedral y su escudo, el cabildo eclesiástico y sus rentas, los conventos de dominicos y franciscanos y el de las monjas carmelitas, hospitales, ermitas, el abastecimiento de agua, referencias a la villa de San Germán y la Aguada, el santuario de la Virgen de Hormigueros y la historia de su aparición, el valle de San Blas de Coamo, el poblado de San Felipe del Arecibo, historia de Gregoria Hernández, milagros…
Lamentando no poder referir por extenso los méritos de la isla, se limita a contar de forma concisa la historia de los obispos, desde el primero que llegó a América, don Alonso Manso, hasta el que gobernaba la diócesis al momento de escribir, don Damián. Junto a datos más o menos escuetos –no pocos de ellos erróneos– del origen y procedencia de los prelados, incluye información relevante de sus pontificados. Suman trece los mitrados.
Concluida la secuencia episcopal, pasa a exponer –con algunas equivocaciones– la de los gobernadores, iniciando esta parte de la crónica con el primero de ellos, don Juan Ponce de León, y cerrándola con don Fernando de la Riva Agüero.6 En total, 26. También aquí acude a la ascendencia y origen de estos distinguidos militares, a los que enmarca en diversidad de sucesos históricos –algunos heroicos–, climáticos y de diverso tipo.
Sigue con el relato de la visita a Puerto Rico de don Diego Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona, camino de Nueva España, adonde iba con el cargo de virrey; elogia la localización de Puerto Rico en relación con otros enclaves del Caribe, enumera el caserío y el vecindario, elogia a las mujeres y a los naturales y vecinos de la ciudad, particularmente de las últimas décadas.7
3. Dos escritos, dos enfoques

E
l lector atento ya habrá advertido la diferencia de temas tratados –tanto en cantidad como en su desarrollo–, en los escritos del obispo y el canónigo: mucho más numerosos y amplios –no necesariamente más acertados– en don Diego que en fray Damián. Si comparamos la extensión de ambos textos en la Biblioteca de Tapia, apreciamos que la relación episcopal ocupa siete páginas,8 y la del canónigo, 33, sin contar, como queda dicho, las dedicadas a los anexos diocesanos y a los añadidos sobre Puerto Rico.
La razón es muy sencilla: mientras el peninsular escribe una comunicación personal a un amigo, Juan Díez de la Calle –tal vez por ruego informal de éste–,9 el criollo responde a un mandato institucional ordenado formalmente por el Consejo de Indias para ayudar al maestro Gil González Dávila, cronista mayor del reino y de las Indias, a culminar su libro sobre la historia eclesiástica de América.10 Son, pues, dos escritos con dos enfoques muy distintos. Eso influirá en el contenido y en la orientación de los mismos.
Un escrito puede variar de contenido, de tono y de enfoque dependiendo del destinatario. Concretándonos a nuestro caso, no es lo mismo escribir a un pariente o amigo, que a una persona oficial desconocida o al monarca, por ejemplo. Fray Damián López de Haro dirige su crónica a un amigo, a quien había conocido en el Consejo de Indias con motivo de sus gestiones burocráticas para trasladarse a Puerto Rico, o tal vez antes. Ese detalle de la amistad justifica el humor y la ironía con que escribe acerca de varios temas de la isla y hasta la inclusión del famoso y denostado soneto; actitud muy distinta a la que usa cuando se dirige a Su Majestad en torno a la misma realidad en que vive. Tal diferencia la ha advertido sagazmente el historiador Álvaro Huerga al resaltar las "dos" descripciones que de Puerto Rico dio el señor obispo:
una optimista a fuer de buen humanista barroco; y otra pesimista, en busca de remedio para los males que aquejaban a su diócesis. La primera es casi un juego literario o, al menos, un monólogo con un amigo, Juan Díez de la Calle, alto oficial de la secretaría del Consejo de Indias y erudito interesado en recopilar noticias "sacras y reales" del Nuevo Mundo; la segunda es una lamentación, o un análisis realista de la situación cívicoreligiosa [sic], hecho por un leal vasallo y por un obispo responsable, que se dirige a quien puede y debe mejorarla: el rey Felipe IV. Conversando epistolarmente con Díez de la Calle podía permitirse ciertas licencias de expresión y de descripción. Hablando con Su Majestad, el tono tenía que ser de respetuosa mesura y de objetivo informe.11

El relato de don Damián es más breve, más espontáneo, más crítico, más directo y natural, menos retórico, más personal, más íntimo, con licencias incluso al humor y a la ironía

En efecto, el relato de don Damián es más breve, más espontáneo, más crítico, más directo y natural, menos retórico, más personal,12 más íntimo, con licencias incluso al humor y a la ironía: expone sus ideas acerca de lo que la nueva sede le suscita y, junto a las alabanzas de lo que le llama la atención en el terreno geográfico y climático –novedoso para él (mar, calor, aguaceros inesperados, palmas de cocos, brisas, frutas, alimentos…)–, se explaya en lo tocante al vecindario, la pobreza de la ciudad, las ínfulas nobiliarias de los habitantes, el peligro de los enemigos, la mortandad de la población, los estragos de los huracanes, las estancias e ingenios, la falta de bastimentos y dineros, el apocamiento de las criollas, la abundancia de negros, la carestía de la vida, la vagancia de la gente, el limitado número de sacerdotes, la ausencia del papel sellado…, ofreciendo generalmente un enfoque negativo, de ningún modo falso. Es la impresión de un hombre prestigioso, culto, hijo de la imperial Toledo, doctor en teología por la Universidad de Salamanca, superior de muchos conventos trinitarios, visitador apostólico de su congregación religiosa en Andalucía, ministro provincial de la Orden de la Santísima Trinidad en Castilla, León y Navarra, comisario del Santo Oficio, predicador real, persona relacionada con la flor y nata de la sociedad española…, que llega a una isla perdida en el Océano, anunciada en la capital del reino como un paraíso terrenal y sin embargo la encuentra privada hasta de lo imprescindible para vivir: "El vino, el vinagre, el aceite, el pan, con todo lo que es necesario para vestirse, viene por el mar, de Castilla o de la Nueva España" (4v). La carta-relación episcopal refleja, pues, la cara y cruz –el haz y el envés– de una misma moneda: la realidad de Puerto Rico (ciudad) a mediados de la decimoséptima centuria, vista por un peninsular que se queda absorto ante el espectáculo de belleza natural, y decepcionado al mismo tiempo porque el edén social, económico, cultural, etc., que le habían prometido ("mentido") en Madrid dejaba mucho que desear.
Don Diego –sin conocerlo–, amplía el contenido del relato episcopal y cambia el tono y el enfoque de su descripción porque escribe a un desconocido y en respuesta a una orden real y a unas preguntas fijadas de antemano por el destinatario.13 De ahí que su escrito sea más amplio, abarcador, serio, formal, menos natural, más rígido, menos personal y menos espontáneo, de tono elogioso y laudatorio en extremo acerca de la realidad isleña –su tierra nativa– en todos los campos: político, religioso, militar, cívico, humano… Sabe que su relato servirá de fuente al cronista mayor del reino que prepara una obra para valorar las grandezas del Nuevo Mundo, y él, don Diego, se encarga de que Puerto Rico, no obstante su pequeñez territorial, pobreza y miseria reinantes, quede bien parado. De ahí que utilice el panegírico y descarte la crítica y la visión negativa de la sociedad. Para el criollo Torres y Vargas, si Puerto Rico, comparado con la Española y Cuba, es menor en tamaño, sin embargo, "en el temperamento y calidades se adelanta mucho a todas las Islas de barlovento, por que goza de una perpetua primavera sin que el calor ni el frio llegue a sentirse de manera que aflija ni descomponga la naturaleza" [448]. Para el canónigo, Puerto Rico es la isla más fértil; sus hombres, los más valientes, sobre todo si se trata de su padre y hermanos; las mujeres, las más hermosas de todas las Indias… En su afán laudatorio, acude a numerosas autoridades antiguas y modernas para apoyar su tesis, hasta el extremo de aplicar literalmente a la isla un texto del Cantar de los Cantares. También se sirve de la auctoritas como recurso retórico, aunque a veces lo traiga por los pelos. Todo vale para su propósito.
Pero en escritos posteriores, cuando don Diego no sea un escritor por encargo, sino deán del cabildo eclesiástico y vicario general de la diócesis en las vacancias episcopales, bajará de las nubes del encomio y se ajustará más a la realidad social y económica del país: entonces escribirá como López de Haro y presentará a las autoridades metropolitanas las miserias de su tierra y de sus paisanos.14
Insistimos, si la orden de componer las descripciones o relaciones geográficas venía dada –directa o indirectamente– por el rey o por el Consejo Real con el encargo de que reflejaran, entre otros puntos, las vidas de los arzobispos y obispos americanos y las cosas memorables de sus sedes; si el cronista mayor de las Indias había confeccionado las preguntas para resaltar la obra de la monarquía en el Nuevo Mundo;15 si la alta jerarquía eclesiástica delegaba la tarea a sus subalternos de confianza; si éstos era criollos, amantes de su tierra, ¿cómo no iban a ser apologéticos sus escritos?, ¿qué espacio quedaba para la crítica? Torres y Vargas es un ejemplo de esta situación.

El escrito de Torres y Vargas es más amplio, abarcador, serio, formal, menos natural, más rígido, menos personal y menos espontáneo, de tono elogioso y laudatorio en extremo acerca de la realidad isleña

Por el contrario, cuando las comunicaciones a España partían de personas privadas –incluso corporativas, como los cabildos secular y eclesiástico– sin las cortapisas dichas, entonces gozaban de más libertad de expresión, eran más espontáneas, menos encorsetadas, más incisivas y realistas; sobre todo si no iban destinadas al Real Consejo de Indias, sino a un particular, y más aún si éste era amigo, como es el caso de don Damián.
4. Otra vez los críticos

S
e ha escrito hasta la saciedad que el obispo y el canónigo mantuvieron una disputa a causa de sus diversas interpretaciones de la realidad puertorriqueña de aquel momento, y que el segundo se sirvió de su crónica para contradecir el relato del primero.16 Nada más lejos de la verdad histórica, pues para que haya disputa entre dos, ambos tienen que salir a la palestra a debatir sus discrepancias, ya que "dos no riñen si uno no quiere", como dice el refrán.17 Y menos aún si ninguno de los dos imagina entrar en liza. No hubo tal desacuerdo entre ambos. Primero, porque don Diego no conoció el escrito privado del obispo al no ser su secretario personal;18 segundo, porque la crónica del subalterno no fue solicitada por el superior, por lo que no se ve razón para que llegara a las manos de éste y sí a las de quien se la había pedido en la Corte. Por lo demás, fray Damián se encontraba en el Oriente de Venezuela desde hacía dos años realizando la visita a sus diocesanos: allí acabó sus días, muy lejos de la sede episcopal, residencia del canónigo.
De entre los autores que los enfrentan (Isabel Gutiérrez del Arroyo, Loida Figueroa, Manuel Álvarez Nazario, Josefina Rivera de Álvarez, Jorge M. Ruscalleda, etc.), nos limitamos a Manrique Cabrera. Afirma: "La centuria décimoséptima [sic] en lo que a prosa toca nos servirá un casi debate implícito entre el obispo Fray Damián López de Haro y el canónigo Diego de Torres Vargas".19 En otra ocasión, tras comentar el escrito episcopal, sentencia: "El reverso de esta moneda que nos presenta la carta-relación de Fray Damián López de Haro se escribe tres años más tarde, en 1647, por un puertorriqueño, el Canónigo don Diego de Torres Vargas, con destino al cronista Maestro Gil González Dávila". Y añade:
Como si pretendiese responder a Fray Damián López de Haro, hace la defensa y loa de la mujer puertorriqueña diciendo: "Las mugeres son las más hermosas de todas las indias, honestas, virtuosas y muy trabajadoras y de tan lindo juicio, que los Gobernadores Don Enrique y Don Iñigo, decían, que todos los hombres prudentes se habían de venir a casar a Puerto Rico y era su ordinario decir 'para casarse, en Puerto Rico'".20
Cree el crítico literario que con esa frase don Diego censuraba el verso episcopal: "Hermosas damas faltas de donaire" (4r), sin conocerlo. Nótese, sin embargo, la coincidencia de ambos escritores en lo tocante a la belleza femenina, pues también el obispo habla de "bellas damas", aunque no vamos a repetir lo ya expuesto en otro lugar.21 Mas sí llamar la atención sobre el comentario que tal cita le merece al historiador Morales Carrión: "Pero –cuidado– ni Don Enrique ni Don Íñigo llevaban la galantería hasta el extremo de contraer matrimonio con las guapas chicas de la localidad".22 No deja de ser curioso el contraste entre lo dicho y lo hecho por ambos gobernadores. Razón tiene el refrán: "Del dicho al hecho hay mucho trecho".23
Don Francisco insiste en oponer al superior y al subalterno:
Y como si deliberadamente continuase empeñado en contestarle palmo a palmo las sátiras de López de Haro, sobre los hijos del país, apunta [don Diego]: 'Los naturales son generalmente de grande estatura, que sólo un linage hay que la tenga pequeña; de vivos ingenios, y fuera de su patria muy activos y de valor […]'.24
Aparte de que el prelado no dicen que los naturales fueran enanos, tontos, ni otras lindezas de ese cariz, el crítico olvida el comentario negativo del bachiller sobre la vagancia de los criollos –"puertorriqueños", según Manrique Cabrera–, en total coincidencia con lo expresado por don Damián. Al hablar del cultivo del trigo, de la cebada y del millo o mijo, que "se ha sembrado y da muy bien", anota el canónigo: "Pero la flojedad de los naturales no continua el sembrarle y así no se coje para el sustento ordinario" (450). Sobre la abundancia de las guineas tierra adentro, escribe el obispo: "Pero doce leguas de aquí dicen que hay muchas bandadas, y que las matan a palos, pero la gente es tan holgazana que no quiere ir por ellas para venderlas" (3v). ¿Discrepancia o coincidencia?
Como se ve, el fundamento de los censores del obispo para sustentar la tesis de que el canónigo contesta al prelado acerca de las afirmaciones de éste sobre Puerto Rico, es pobre en extremo: por la reducida cantidad que presentan y por los argumentos –nulos– que ofrecen: todo se reduce a prejuicio, resentimiento y ganas de tergiversar las cosas. Teniendo, como tienen, pruebas evidentes de las numerosas coincidencias con sólo comparar los dos textos, como vamos a ver.
5. Parecidos y diferencias

D
e entrada, repetimos, son dos escritos con un origen distinto y un propósito diferente. Por ello no es adecuado compararlos, pues las diferencias son notables, como ya hemos adelantado. No obstante, tienen sus numerosas semejanzas y hasta coincidencias temáticas –no advertidas o silenciadas por los estudiosos–, debido al objeto de que tratan –Puerto Rico–, la época en que escriben –mediados del siglo XVII– y ser ambos eclesiásticos. Sin pretender tocar todos los puntos, dejemos constancia de unos cuantos. Registramos en primer lugar las afirmaciones del bachiller y las confirmamos con las dichas anteriormente por el obispo.

El fundamento de los censores del obispo para sustentar su tesis se reduce

a prejuicio, resentimiento y ganas

de tergiversar las cosas

Hablando de las dimensiones de Puerto en relación con Cuba y la Española, escribe don Diego que a la isla le cuadra literalmente un texto bíblico porque "ella sola 'parvula est' pues es de las tres la mas pequeña", además de ser también "la mas pobre de todas" (449). Don Damián, al comentar el tamaño de su sede, dice: "Esta es, señora, una pequeña islilla" (4r).25 Sobre la pobreza: "La ciudad está muy pobre. La moneda que en ella se gasta es de pobres" (3r), y varios textos más.
En cuanto al clima, asegura el canónigo que Puerto Rico "goza de una perpetua primavera sin que el calor ni el frío llegue a sentirse de manera que aflija ni descomponga la naturaleza" (448); para añadir poco después el elogio de la brisa: a causa de las malas condiciones de salubridad, los primeros pobladores españoles de Caparra, "despues de diez ó doce años se mudaron á la Península en que hoy está la Ciudad, que bañada del viento Este que es la brisa y corre de la mar, es saludable y alegre" (452). El fraile trinitario también brinda su visión: "El calor, en estos tres meses que yo he asistido, con ser de caniculares, no ha sido tan grande como el de allá, porque ordinariamente corren unos aires, que llaman acá brisas, que son muy apacibles y muy sanos" (2v); frase que sentencia en el soneto con el clásico verso: "y es lo mejor de todo un poco de aire" (4r).
El bachiller resalta la fertilidad de la isla y su verdor: "Es toda ella fertilísima y verde á la vista de fuera por donde quiera que la miren los navegantes" (448). Y el prelado, lamentando la falta de ganado por los estragos del huracán de 1642, comenta: "Pero es tan fértil que con muy poco que le ayudaran se volviera luego a poblar" (4v). El paisaje de verdor lo expresa con este toque primoroso: "El cielo de esta isla es muy bueno y claro; la vista de grande amenidad, porque a un mismo tiempo se ven pedazos del mar con grandes espesuras de árboles, que siempre están verdes y amenos" (2r).
Sobre los productos del país escribe el criollo: "Los principales frutos en que se funda el comercio de esta Isla son gengibre, cueros y azúcar de que hay siete ingenios" (450), y añade el elogio de las frutas (451). El peninsular: "Todo el trato de esta isla y la cosecha es de jengibre" (3v); "También hay algún trato, aunque pequeño, de cueros" (4r)); los caballeros de la ciudad son "todos tratantes en jengibre y cueros" (4r); finalmente, "de esta isla no sé que haya más que jengibre y alguna azúcar" (4v). Sobre los ingenios: "En el campo hay muchas estancias y siete ingenios de azúcar" (3v). Tocante a las frutas, alaba su abundancia y calidad: plátanos, piñas, naranjas, limones, limas, cidras…; aunque otras son más escasas, como melones, uvas y granadas.
Coinciden también en el tema de la falta de fuentes de agua en la ciudad, y en el uso de cisternas para recogerla. Escribe el subalterno: "En la isleta en que está fundada la Ciudad, […] no se halla agua manantial y así se han hecho en las casas, algibes" (455). También: "En la tierra firme de la primera puente hay una fuente de agua dulce que en tiempo de seca, que falta el agua de los algibes de esta Ciudad, la socorre" (452). Comenta el superior: "Hay agua en los aljibes si ha llovido" (4r).
De la dotación de la plaza militar escribe el prebendado: "La infantería es de cuatrocientos soldados" (453). Se refiere a las plazas adjudicadas, no a las servidas, pues esa cifra nominal casi nunca se cubrió. Por eso el obispo refleja mejor la realidad: "Los soldados son 300, aunque siempre faltan plazas" (2v).
En cuanto a la iglesia matriz, afirma el escritor nativo: "En la Ciudad hay Iglesia Catedral, antiquísima, y que comenzó con gran fábrica, si se acabara" (453); idea que vuelve a repetir un poco más adelante: "y si como se comenzó dicha Iglesia, se ejecutara hasta el fin, fuera […] tan grande como lo es hoy la de Sevilla" (460); siendo fray Diego de Salamanca "el que hizo, á su costa y espensas, las gradas de fuera de la Iglesia Catedral de esta Ciudad" (460). A las características señaladas del templo, a la imposibilidad de construirlo según los planos por falta de dinero y a la existencia de las gradas para subir a él se refiere el escritor manchego: "La iglesia comenzó de sillería muy buena, pero jamás tuvo con qué poderse acabar; y dándose por deshauciados, sobre dichas paredes de sillería la hicieron de mampostería y mucho menor que la traza […]. Súbese a ella por gradas de piedra" (2v).
A la hora de celebrar una fiesta, los dos refieren actos similares. Cuando don Gabriel de Rojas construyó el fuerte del Boquerón bajo la advocación del apóstol Santiago, dice el canónigo que el gobernador obligó a los vecinos a que honrasen al santo "con Misa, sermon, toros y cañas" (471). Por su parte, cuenta el prelado que a su llegada a San Juan el 13-VI-1644, le recibieron no sólo conforme al ceremonial romano, "sino con muchas demostraciones de singular alegría, con danzas y comedias, toros y cañas, que casualmente estaban prevenidos para la fiesta de dicho san Antonio, a quien el día siguiente dijimos la santa misa" (2r).
No podía faltar la referencia a los habitantes. Según don Diego: "Será poblacion esta Ciudad de quinientos vecinos con razonable caseria de piedra y alguna de tabla que llegan á 400" (452). Repite la idea en otro momento: "La Ciudad tiene cuatrocientas casas de piedra y algunas de tabla, y es la caseria muy buena […]. Los vecinos son quinientos" (478). Don Damián rebaja la cifra de las viviendas y de los habitantes: "Las casas son pocas, como 250, de teja, obra y cantería. Los bohíos son 100 […]. La vecindad del lugar no llega a 200 vecinos, pero hay quien diga que de sólo mujeres, con negras y mulatas, hay más de 4.000" (2r-v). Como se ve, el bachiller, en su afán de resaltar los méritos de su tierra, ofrece cifras elevadas –las más altas que conozco de todo el siglo, a mucha distancia de otras–. No obstante, el obispo aumenta la cifra de los vecinos en un escrito posterior.
Y ¿cómo eran esos vecinos? Torres y Vargas, en su catálogo de gobernadores de la Isla, se explaya en relatar la nobleza de todos ellos, desde el primero, "el adelantado Juan Ponce de Leon caballero noble de Sevilla" (449), pasando por don Enrique Enríquez y don Íñigo de la Mota Sarmiento, ambos de linajuda prosapia (474 y 475), hasta el último, sin descontar otras personas de menor rango, como su padre, el sargento mayor García de Torres, "hombre de conocida nobleza y valor" (492). Ese prurito de hidalguía lo capta magistralmente López de Haro: "La gente es muy caballerosa, y los que no vienen de la Casa de Austria, descienden del Delfín de Francia o de Carlomagno" (2v). Pensamiento ratificado en el soneto: "Aquí están los blasones de Castilla, / en pocas casas muchos caballeros, / todos tratantes en jengibre y cueros: / los Mendozas, Guzmanes y el Padilla" (4r). Que estas ínfulas nobiliarias impregnaban la vida social del Puerto Rico barroco, lo confirma aún más el señor canónigo al resaltar muy complacido la visita a la Isla en 1640 de un ilustre personaje, "el Señor marqués de Villena y duque de Escalona", Virrey de Nueva España, quien "apadrinó un niño hijo de un vecino" del puerto de Aguada, "hechándole el agua el Señor Obispo de Tasxala, Don Juan de Palafox y Mendoza con asistencia de otros Obispos que se hallaron en aquella flota y ocasion, que ha sido el acto de la mayor grandeza que en el profano se ha podido poner en memoria, desde que se descubrieron las Indias" (477-478).
Terminemos esta serie con la referencia a los enemigos de España y sus posesiones en América. Durante el siglo XVII, el Caribe estuvo infestado de piratas y corsarios que atacaron las flotas, incendiaron puertos y se adueñaron de muchas islas. Ni Haro ni Torres y Vargas podían silenciar el hecho. El asalto más memorable y más próximo a ambos escritores fue el holandés de 1625. El canónigo da rienda suelta a su pluma porque le viene como anillo al dedo para resaltar la valentía de su padre, muerto en el ataque enemigo, y de su hermano mayor, que luchó al lado del progenitor (473-474). Como cronista responsable de su oficio, refiere también varias incursiones extranjeras y deja constancia de los daños causados por ellas, algunos de los cuales le afectan a él como historiador pues justifica los posibles errores de su escrito "por la falta de papeles que tienen los archivos, con los sacos y invasiones de los enemigos, que han robado dos veces la Ciudad" (459).
Don Damián, que no tenía que contar hazañas familiares sino dejar constancia del país maltrecho al que había llegado, también alude a los efectos de la presencia holandesa en Puerto Rico. Escribe: "Y del otro lado [de la catedral] están las casas de la dignidad, con las mismas vistas, pero con todo lo más principal de ellas derribado y quemado del holandés", para continuar un poco más adelante: "El año de 25 saqueó el enemigo esta ciudad y se llevó las escrituras de la iglesia; y porque no le ofrecieron mucho dinero, quemó muchas casas y, entre ellas, las de la dignidad" (f.3v).
Otro suceso memorable del que hablan los dos cronistas es el socorro que Puerto Rico brindó a la isla de San Martín, sitiada por los holandeses en 1644. Escribe el bachiller: Don Fernando de la Riva Agüero "la despachó dos socorros tan á tiempo que supieron ser su remedio, y en el 2° que dispuso en veinte y cuatro horas, entró en San Martin á los 16 de Abril, el capitan Flameco Vicente, que perdiendo con él la esperanza, levantaron luego aquel cerco" (477).26 Así lo registra don Damián: "Cuando yo llegué, estaba sitiada la dicha isla de San Martín, y por la buena diligencia del señor Gobernador de esta isla, que les envió socorro a tiempo, que estaban ya para entregarse, levantaron el cerco" (4v).


¿Dónde está el desacuerdo, el conflicto, la desavenencia, el enfrentamiento,

la discordia o disparidad de opiniones entre ambos escritores sobre Puerto Rico del siglo XVII?

Vistos estos textos, cabe preguntar: ¿Dónde está el desacuerdo, el conflicto, la desavenencia, el enfrentamiento, la discordia o disparidad de opiniones entre ambos escritores sobre Puerto Rico del siglo XVII? ¿No se debe hablar, más bien, de afinidad, semejanza, similitud, coincidencia e igualdad? En vez de contradecir el canónigo a su obispo, ¿no ha confirmado muchos de los puntos que había tratado antes el prelado? No podía ser de otra manera, pues ambos autores son coetáneos, los dos eclesiásticos, tienen la misma visión de mundo y se refieren a la misma realidad: Puerto Rico. ¿Por qué enfrentar a un criollo con un peninsular –o, como prefieren algunos en evidente anacronismo histórico, a un "puertorriqueño" con un español– en aquella centuria, cuando los dos se llevaron bien y se apreciaron mutuamente, como lo demuestran los documentos?
6. Don Damián en la crónica de don Diego

P
oco sabemos de las relaciones entre ambos personajes, pero lo suficiente para afirmar que fueron cordiales y de confianza mutua. Por ejemplo, en atención a los méritos del criollo, López de Haro nombró a Torres y Vargas juez, examinador y testigo del sínodo diocesano de 1645, acontecimiento religioso de trascendencia plurisecular en Puerto Rico.27
Dos años y medio después, habiendo excomulgado el trinitario a don Diego Guajardo Fajardo, gobernador de San Martín, por sus intromisiones en asuntos eclesiásticos, fray Damián –a la sazón de visita pastoral en los anexos venezolanos–, tras destituir al arcediano don Luis Ponce de León –comisario del Santo Oficio de la Inquisición, gobernador eclesiástico, juez provisor y vicario general de la diócesis en ausencia del pastor–, nombró a don Diego visitador de la sede episcopal, con el encargo particular de que atendiera los asuntos de la excomunión al encontrarse el condenado residiendo en Puerto Rico tras el desmantelamiento de la plaza de San Martín y antes de que saliera rumbo a Nueva Vizcaya, donde había sido destinado como gobernador. He aquí el inicio del nombramiento (Margarita, 25-XI-1647):
Nos, el maestro don Fray Damián López de Haro […], confiado de la prudencia, letras y recta conciencia del licenciado don Diego de Torres y Vargas, canónigo de la catedral de este obispado y que bien y fielmente hará lo que por nos le fuere encomendado, y mandamos por la presente en la mejor forma y manera que podemos y de derecho debemos, criamos, señalamos y diputamos al dicho don Diego por visitador general de nuestra diócesis […].28
Si el obispo hubiera tenido un enfrentamiento directo o indirecto con el canónigo, ¿le habría encomendado tan honrosa misión? La importancia de estos dos hechos en la vida religiosa diocesana –históricamente documentados–, elimina cualquier sospecha infundada de una posible animosidad entre ambos personajes y rubrica la tesis que aquí mantenemos.
Pero si en don Damián no se advierte el más mínimo indicio de rivalidad con su subalterno, tampoco por parte del bachiller para con su prelado. En primer lugar, en un escrito conjunto con los miembros del cabildo eclesiástico en el que se aprueba la trayectoria episcopal de López de Haro, a las tres semanas de finalizado el sínodo diocesano y a los ocho meses escasos de haber redactado el obispo la crónica sobre Puerto Rico. Así se expresaban los capitulares, incluido don Diego, en su carta –rebosante de respeto y admiración por López de Haro– a Felipe IV el 22-V-1645:
Corta quedara, señor, nuestra atención si a la de Vuestra Majestad, que Dios guarde, tan atenta a lo arriesgado de la monarquía, no la advirtiéramos de lo pacífico y loable en que se hallan las cosas de esta iglesia mediante el agrado, prudencia y santo celo de nuestro prelado el maestro don fray Damián López de Haro, con que incansablemente las ha reducido, ajustando cuentas, allanando dificultades, que con la invasión del enemigo holandés y dilaciones del tiempo se habían confundido, si bien la tenuidad de rentas antes decrece por la falta y baja de los frutos, buques y situados que la acrecientan, como avisamos a Vuestra Majestad y suplicamos nos socorriese en la caja de Cartagena.
Finalmente, señor, nuestro buen pastor, para más bien disponerlo todo, al cabo de más de 80 años que no se celebraba sínodo en este obispado, celebró ahora uno tan copioso y tan en breves días que más pareció, como lo es, obra del Espíritu Santo que lo asistió, que conduc[c]ión humana que lo solicitó. A los ojos de Vuestra Majestad se remite para que como tan católico lo advierta y tan justificado lo cualifique, y premie cuidados tan lucidos como bien logrados en servicio de esta iglesia y Vuestra Majestad, a quien nosotros como sus humildes capellanes postrados a sus reales pies así lo suplicamos, y rogamos a Dios guarde a Vuestra Majestad felices años.29
En segundo lugar, en su escrito personal, al ofrecer el episcopologio de Puerto Rico, Torres y Vargas no podía silenciar el nombre de López de Haro. Tres veces habla de él, la primera de paso: al indicar que si la Corona había establecido que los obispos nombrados para América recibieran la consagración episcopal en el Nuevo Mundo a fin de evitar que, consagrados antes en España, no quisieran después cruzar el Atlántico, con fray Damián se rompió la norma y fue consagrado en Madrid (462).
Pero son los otros dos textos los más elocuentes. De ellos, el primero cierra la lista de los prelados de la diócesis puertorriqueña:

Al Maestro Don Fray Juan Alonso de Solis, sucedió el Maestro Don Fray Damian López de Haro natural de Toledo y fraile de la orden de la Santísima Trinidad, Provincial que estaba siendo en ella, de la provincia de Castilla, cuando se le hizo merced del Obispado. Vino á esta Ciudad el año de 1644, y luego trató de celebrar Sínodo Diocesano, como lo hizo, el cual remitió á Su Magestad y le confirmó y está mandado imprimir. En él se reforman muchos abusos y dá asiento á muchas cosas que necesitaban de tenerle fijo, y en particular puso precio á las Misas de capellanías perpetuas, que hasta ahora era de ocho reales la limosna de la Misa, y la subió hasta quince, para que mejor puedan sustentarse los capellanes. Así mismo escribió carta á Su Santidad el año de 1646 sobre el aprieto quo [sic] se hace á los indios de la Margarita y provincia de Cumaná que es anexo á este Obispado, y hasta ahora se está haciendo aquella visita de que se esperan grandes frutos en bien de las almas, y reverencia del Culto divino y estimación de sus prelados (465).
No hay duda de que don Diego estaba enterado; brinda noticias vividas por él. Él ha visto llegar al obispo al puerto de San Juan; él ha participado en el sínodo diocesano con las tres funciones dichas y sabe del envío de las constituciones al Consejo de Indias para su aprobación, y se ha beneficiado directamente del aumento de los estipendios de las misas; ha recibido informes de los anexos sobre la actividad pastoral del mitrado en defensa de los indios oprimidos por tantos encomenderos sin escrúpulo; conoce la benemérita obra del pastor con sus ovejas al otro lado del mar Caribe y de la lucha que Haro libra allí defendiendo la jurisdicción eclesiástica contra los abusos de los gobernadores de turno y en provecho de la dignidad del culto divino, tan deteriorado en el Oriente venezolano.
El último texto es el más emotivo. Lo incluye en la sección de los anexos, al hablar de la isla de San Martín y de la demolición del fuerte y las trágicas consecuencias sufridas por los soldados a causa de las muertes por peste y naufragios. Este hecho le lleva a comentar: "Atribúyese este desgraciado fin á estar su Gobernador ex-comulgado por ciertos agravios que hizo al Cura y Vicario y á otro clérigo". Seguidamente comenta el contagio de la peste de San Martín en Puerto Rico, de donde se llevó a la isla Margarita, residencia entonces del señor obispo: "En este año de 648, murió, por Agosto, el Señor Obispo de este Obispado, Don Fray Damian Lopez de Haro, en donde estaba entendiendo en la visita espiritual, que por corregir algunas cosas, que necesitaban de remedio y defender su esposa la Iglesia de la Ciudad de Cumaná, padeció mucho por los enemigos poderosos que se levantaron" (485-486).

La estima del súbdito hacia el superior es manifiesta. Nada de rencor, resentimiento, animosidad, revanchismo, ni venganza, sino todo lo contrario: respeto, admiración, reverencia

La estima del súbdito hacia su superior es manifiesta. Nada de rencor, resentimiento, animosidad, revanchismo, ni venganza, sino todo lo contrario: respeto, admiración, reverencia. Y lo que dice es totalmente cierto, porque el obispo tuvo serios encontronazos con varios gobernadores del Oriente venezolano cuando se enfrentó a ellos para defender la doctrina de la fe, la independencia eclesiástica y los derechos del clero y de los indios.
Pero no se queda ahí el cronista criollo; también relata con gusto, complacencia y emoción –como testigo ocular– la anécdota maravillosa de la paloma salvaje que permaneció cuatro días en la catedral durante la celebración de las exequias por el eterno descanso del alma del prelado difunto. Fue así:
que estando á los veinte y uno de Octubre de dicho año de 1648, diciéndose la primera Misa del novenario, entró una paloma montaraz en la Iglesia y se puso sobre el coro, en medio de un tirante que cae sobre la silla obispal, estando cantando la música, despues de la epistola, el verso "in memoria eterna erit iustus abantitione [sic] non timebit". La cual se estuvo allí, hasta que se acabó la Misa, y salieron del coro á cantar el responso, donde estaba el túmulo al lado del Evangelio, junto al Altar mayor, donde es el entierro de los Señores Obispos; y entónces, dió un vuelo pasando por sobre el túmulo y se estuvo alli cuatro dias naturales, hasta el sábado despues de la Misa del novenario, sin comer cosa alguna. De esto hubo general regocijo en la Iglesia, teniéndolo por buen anuncio de que estaba en carrera de salvación el alma de dicho Señor Obispo.30
Por último, en virtud del cargo que ostentaba por nombramiento de fray Damián, don Diego recibió más noticias sobre el prelado difunto venidas del otro lado del mar:
De la Margarita se avisa, hay hecha informacion como el Señor Obispo profetizó su muerte, y por carta de su Gobernador se avisó al Cauónigo [sic] Don Diego de Torres y Vargas. Tambien que se hizo informacion con mucho número de testigos, que le vieron muchas veces llamar los pájaros y venirsele á las manos. Esta informacion se remite á España en el patache, y en ella vá inserto el testimonio del suceso de la paloma.31
Resulta difícil de creer, por no decir inadmisible, que un súbdito, viviendo en tirantez con su superior, diga de él lo que don Diego refiere de López de Haro, y menos con la unción y respeto como lo hace el señor bachiller. El hecho de que Torres y Vargas incluya estos datos en su escrito es prueba evidente de que apreciaba a su superior y lo consideraba no sólo como un gran pastor de la grey, sino también como un santo. En la crónica del criollo no se aprecia ni el más mínimo atisbo de fricción con su prelado; antes bien, profundo respeto, piadosa veneración con sabor hagiográfico. Una vez más, no hay motivo para dar crédito a la patraña montada en torno a la relación tirante entre el obispo y el canónigo.

Una vez más, no hay motivo para dar crédito a la patraña montada en torno

a la relación tirante entre el obispo

y el canónigo

7. Conclusión

D
on Damián López de Haro y don Diego de Torres y Vargas no fueron autores encontrados que dirimieron sus diferencias sobre Puerto Rico en sus respectivas crónicas, porque ninguno de los dos conoció el escrito del otro.
Por el contrario, sí fueron dos ilustres eclesiásticos y distinguidos escritores bien avenidos que manifestaron sus opiniones acerca de la realidad diocesana según su visión particular de los hechos y de las vivencias, afectadas por el origen y destinatarios de sus escritos: el señor obispo –peninsular nacido en la imperial Toledo y residente en la Corte hasta el momento de llegar a su sede, en carta personal a un amigo– elogiando el clima, el paisaje, las frutas, etc., del lugar y presentando en tono sombrío aspectos sociales, económicos, etc., que le desagradaron, muy distintos del paraíso prometido. Su escrito es, en parte, la crónica del desencanto.
El canónigo –criollo amante de su tierra, en respuesta a una orden real y conocedor del destino de su colaboración: elogiar los valores del Nuevo Mundo– ensalzando las excelencias de la isla en todos los órdenes, no obstante su pequeñez, y dejando en el tintero las innumerables miserias y calamidades de las gentes, de muchas de la cuales él también fue testigo y víctima. La Descripción es, en definitiva, un ditirambo al terruño, fruto de una visión idílica.
En resumen, la carta-relación de fray Damián presenta con espíritu crítico la microhistoria o intrahistoria de Puerto Rico a mediados del siglo XVII, con breves y contadas referencias a décadas anteriores, entremezclada de optimismo y desengaño; mientras que la memoria descriptiva del prebendado responde a un enfoque macrohistórico con el propósito de resaltar lo sobresaliente y llamativo de la isla en los temas que trata, desde los tiempos colombinos hasta la mitad de la decimoséptima centuria. Dos autores, pues, con dos escritos diferentes y dos enfoques distintos, complementarios, no opuestos. Gracias a ellos nos podemos hacer una idea del Puerto Rico real de aquella época.




El Dr. Pío Medrano Herrero es catedrático del Departamento de Idiomas, Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto de Bayamón (pmedrano@bc.inter.edu).
NOTA: Artículo publicado en Focus, Revista del Recinto de Bayamón de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, año II, núm. 2, 2003, pp. 29-42.



1 S. Brau, "Los primeros escritores y los primeros libros puertorriqueños", Summer School Review, año XI, n° 2, 1933, p. 3; artículo publicado anteriormente en el Heraldo Español, año XIV, n° 170, San Juan, Puerto Rico, 19 de julio de 1907.

2 C. Coll y Toste, "Puertorriqueños ilustres. El canónigo Torres Vargas", Boletín histórico de Puerto Rico, III, San Juan, 1916, p. 135.

3 D. Torres Vargas, Descripción de la isla y ciudad de Puerto-Rico, y de su vecindad y poblaciones, presidio, gobernadores y obispos, frutos y minerales, en A. Tapia y Rivera, Biblioteca histórica de Puerto-Rico, Puerto-Rico, Imprenta de Marquez, 1854, pp. 447-493. Para ahorrar notas al calce, indicaré las páginas entre paréntesis a continuación de las citas. Respetaré la acentuación, la ortografía y la puntuación, por muy caóticas que sean, incluidas las abreviaturas, la inversión de letras, la datación incompleta y la transcripción defectuosa de textos latinos.

4 D. López de Haro, Carta-relación a Juan Díez de la Calle, ff. 1r-8v, ms. 3047, Biblioteca Nacional, Madrid. Citaré actualizando el texto y modernizando la ortografía y la puntuación. A continuación de la cita indicaré los folios entre paréntesis.

5 P. Medrano Herrero, "¿Fue el canónigo Diego de Torres y Vargas secretario del obispo don Damián López de Haro?, Encuentro, Revista de la APUE-PR, año XIII, n° 23, 1999, pp. 165-177, y Don Damián López de Haro y don Diego de Torres y Vargas, dos figuras del Puerto Rico barroco, San Juan, Ed. Plaza Mayor, 1999, pp. 291-302.

6 La referencia a don Diego de Aguilera no le pertenece, es del anotador.

7 No incluimos las dos reales cédulas dirigidas al estamento eclesiástico de Puerto Rico porque son ajenas a Diego de Torres. Por otro lado, resumimos solamente la Descripción. Dejamos de lado los Anexos y las Adiciones por ser escritos posteriores, aunque más adelante nos referiremos al segundo documento por ser pertinente a nuestro caso.

8 No tenemos en cuenta la carta inicial de presentación, muy breve, de media página. Tapia y Rivera no incluye la lista de la clerecía diocesana.

9 Laborioso recopilador de noticias de los virreinatos del Perú y de Nueva España con el fin redactar un texto que diese a conocer la obra española en América. Autor de varios manuscritos conservados en los archivos nacionales, publicó un libro en 1646 con el título: Memorial y noticias sacras y reales del imperio de las Indias Occidentales, en el que utiliza la información episcopal. Trabajó por espacio de 38 años en el Consejo de Indias, donde desempeñó varios puestos, entre ellos los de oficial segundo y mayor en la Secretaría de Nueva España, además de secretario del rey. Murió el 15 de junio de 1662 (Cf. mi edición crítica: Damián López de Haro, Carta-relación a Juan Díez de la Calle, Universidad Interamericana de Puerto Rico, pp. 24-30, en prensa).

10 Nacido en Ávila hacia 1578, abrazó el estado clerical. Prebendado de la catedral de Salamanca, en 1617 recibió el nombramiento de cronista de los reinos de Castilla. Felipe IV le honró también en 1643 con el título de cronista mayor de Indias. Escritor fecundo, escribió libros de erudición histórica, sobre todo de las diócesis españolas y americanas. Falleció en 1658 (Cf. A. Millares Carlo, Tres estudios biobibliográficos, Maracaibo, Universidad del Zulia, 1961, pp. 117-192). Estudio más detenidamente el origen del escrito de canónigo en "Adiciones a la Descripción de la isla y ciudad de Puerto Rico, de Diego de Torres y Vargas", en Actas del Primer Congreso de Lengua y Literatura: Dr. Manuel Álvarez Nazario, Mayagüez, Oficina de Publicaciones de la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Puerto Rico (en prensa).

11 V. Murga-Á. Huerga, Episcopologio de Puerto Rico, III, Ponce, Universidad Católica de Puerto Rico, 1989, p. 95.

12 V. gr.: el punto de vista de cada autor: si López de Haro usa la primera persona ("De Cádiz escribí a vuestra merced…") (2r), el bachiller emplea la tercera, aun cuando habla de sí mismo ("Don Diego de Torres que siguió las letras y se graduó en Salamanca…") (474).

13 Decimos "desconocido" porque no se tiene noticia de que hubiese alguna relación entre ambos. Don Diego pudo haber visto a don Gil en Salamanca cuando estudiaba allí cánones (1635-1639) y González Dávila ejercía la prebenda de la catedral. Pero no creemos que hubiese trato personal entre ellos pues por ese tiempo el joven criollo era un simple estudiante en aquella abigarrada sociedad universitaria. Además, González Dávila no recibió el título real de cronista indiano hasta 1643, con el cometido de que escribiera una obra en la que reflejase las grandezas de la Iglesia americana, por lo que no pudo haber solicitado la colaboración de don Diego en la década anterior cuando todavía no se la habían encomendado, ni se imaginaba que se la encargarían. Y en esa fecha Torres y Vargas llevaba un año en la isla.

14 Cf. las cartas del cabildo eclesiástico de Puerto Rico en las que él firma, en ocasiones como deán, y hemos ofrecido en la segunda parte de Don Damián López de Haro…

15 G. González Dávila argumenta que "deben acudir todos a dar estas noticias con mucho gusto, pues es para formar la historia en que se han de hallar honrados todos, e ilustradas las ciudades y provincias, y sus naturales", en Cuestionarios para la formación de la relaciones geográficas de Indias. Siglos XVI-XIX, edición de F. de Solano, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1988, p. 119.

16 Cf. P. Medrano Herrero, "El soneto Esta es, señora, una pequeña islilla y la crítica puertorriqueña", Focus, Revista de la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto de Bayamón, año I, núm. 1, 2002, pp. 21-33.

17 J. L. González, Dichos y proverbios populares, Madrid, Edimat Libros, 1998, p. 129.

18 Cf. las referencias de la nota 5.

19 F. Manrique Cabrera, Apuntes para la historia literaria de Puerto Rico, San Juan, Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1969, p. 5.

20 Id., Historia de la literatura puertorriqueña, Río Piedras, Ed. Cultural, 1965, pp. 26 y 27.

21 P. Medrano Herrero, Don Damián López de Haro…, pp. 98-101.

22 A. Morales Carrión, Historia del Pueblo de Puerto Rico (Desde sus orígenes hasta el siglo XVIII), San Juan, Ed. Cordillera, 1983, p. 177.

23 J. L. González, op. cit., p. 120.

24 F. Manrique Cabrera, Historia…, p. 27.

25 Para la interpretación de "islilla", cf. P. Medrano Herrero, Don Damián López de Haro..., pp. 56-65.

26 Entre los errores de transcripción que contiene el relato del canónigo –origen de dislates interpretativos de varios historiadores–, se debe corregir el referente al "Flamenco" Vicente. Este distinguido personaje, benefactor de Puerto Rico y del Caribe, no fue ningún flamenco, sino un portugués, miembro de la Orden de Cristo, llamado Francisco Vicente Durán, al servicio de la corona española. Por lo demás, la referencia a dicho militar no pertenece al cronista criollo, sino a su anotador.

27 D. López de Haro, Constitvciones sinodales…, en Madrid, por Catalina de Barrio y Angvlo, 1647, ff. 122v, 126r y 127v.

28 AGI, Santo Domingo, 173.

29 AGI, Santo Domingo, 172, f. 901r.

30 Ibid., p. 486.

31 Loc. cit.


The database is protected by copyright ©essaydocs.org 2016
send message

    Main page