Cultura, poder e identidad: la dinámica y trayectoria de los intelectuales chicanos en los Estados Unidos



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Tinker Salas, Miguel; Valle, Maria Eva. Cultura, poder e identidad: la dinámica y trayectoria de los intelectuales chicanos en los Estados Unidos. En libro: Cultura, política y sociedad Perspectivas latinoamericanas. Daniel Mato. CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. 2005. pp. 427-451.
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Miguel Tinker Salas*

y María Eva Valle**

Cultura, poder e identidad:

la dinámica y trayectoria de los intelectuales chicanos

en los Estados Unidos

EL TEMA de los/as intelectuales chicanos/as no puede separarse del movimiento social y político del cual surge en la década del sesenta. Ante la guerra en Vietnam, el racismo y las adversas condiciones socioeconómicas que enfrentaban, los/as chicanos/as se radicalizaron y se unieron a las protestas que sacudieron a la sociedad norteamericana a finales de la década del sesenta e inicios la del setenta. Durante esta época politizada compartieron el espacio social con un movimiento afroamericano más desarrollado que contaba con una organización nacional, con los grupos euroamericanos opuestos a la guerra en el Sur de Asia y con el movimiento de mujeres que luchaban por la igualdad. No obstante su participación en este proceso, los/as chicano/as no establecen presencia nacional en Estados Unidos por otra razón fundamental. Tradicionalmente, los estadounidenses han interpretado el tema racial como una realidad bipolar marcada sólo por la existencia de dos grupos raciales: los euroamericanos y los afroamericanos. Dentro de este paradigma dominante, otros grupos raciales o étnicos suelen ser invisibles, no reconocidos por no corresponder a la perspectiva hegemónica euroamericana ni a la condición de esclavitud a la que fueron sometidos millones de africanos. Más allá de esta construcción bipolar los/as chicanos/as también han sufrido la percepción de ser extranjeros/as en una región que en un momento histórico perteneció a México. Los/as chicanos/as persisten como un enigma racial y cultural, nunca aceptados como “americanos/as” sin importar su nivel de asimilación, su uso del inglés o sus años de residencia en Estados Unidos.

La dramática explosión demográfica de la última década –la población mexicana/latina aumentó en un 60% elevándose de 22,4 millones en el censo de 1990 a 35,3 millones en el censo de 2000– ha producido una reacción xenofóbica entre algunos sectores de la sociedad estadounidense (Hasting, 2001). Esta reacción negativa facilitó la aprobación de leyes anti-inmigrantes y la reafirmación del inglés como idioma oficial exclusivo, medidas adoptadas en California en la primera mitad de la década del noventa. Esta legislación racista buscaba reconquistar con leyes represivas el espacio que la sociedad dominante había cedido en el campo cultural. Por lo tanto, la sociedad da por sentado que los/as chicanos/as, sean nativos/as o hijos/as de inmigrantes, presentan una lealtad dividida en el ámbito cultural, lingüístico y hasta nacional.

El origen “radical” del movimiento Chicano/a trae consigo ciertas implicaciones sobre el carácter de este proceso y las tendencias intelectuales que generó. El movimiento Chicano/a, ampliamente definido, representó un proceso con múltiples tendencias sociales y políticas que incluía a radicales, nacionalistas, marxistas y hasta reformistas que sólo buscaban ubicarse dentro de las existentes estructuras del poder. Sin un programa político que los uniera, las diversas tendencias de este movimiento concentraron esfuerzos para luchar contra la exclusión generalizada que la sociedad dominante practicaba contra los/as chicanos/as. Los sectores más nacionalistas de este movimiento trataron, a veces artificialmente, de establecer una visión común del pasado y los objetivos que buscaban implementar. El movimiento Chicano/a en ningún momento ejerció hegemonía sobre toda la población de origen mexicano en Estados Unidos. Tanto la población de origen mexicano como los/as mismos/as chicanos/as no sólo se definían en relación con su grupo étnico, sino que también exhibían marcadas divisiones de clase, de regionalismo, de generación, de género, de orientación sexual y, por supuesto, diversos niveles de transculturación. Durante su auge en la década de los setenta, los/as chicanos/as sólo llegaron a representar un sector, aunque quizás el más politizado de la población de origen mexicano en Estados Unidos. Los/as chicanos/as enfrentaban un doble reto: se vieron obligados a liberar una lucha contra la sociedad estadounidense que los/as excluía mientras que a la vez trataban de popularizar este esfuerzo dentro de su propia comunidad. Ante esta situación, el movimiento Chicano/a, desde su inicio, refutó los paradigmas tradicionales y las normas sociales impuestos tanto por la sociedad euroamericana como por la sociedad mexicana. La definición de lo que implica ser chicano/a está sujeta a constantes cambios, afectada por la política, la cultura y hasta las condiciones económicas.



Los orígenes del movimiento

El movimiento Chicano/a, como proceso social, según Vélez-Ibáñez incluye múltiples “estratos con características internacionales, nacionales y locales” (1996: 93). Como parte de su esfuerzo antihegemónico y antiasimilacionista, los/as chicanos/as buscaron inspiración en el pasado revolucionario de México. Por lo tanto, se apropiaron de la imagen del líder indígena Cuauhtémoc, el último emperador azteca; la Virgen de Guadalupe; Emiliano Zapata y Pancho Villa, héroes de la Revolución mexicana, al igual que guerrilleros contemporáneos como Genaro Vázquez y Lucio Cabañas. También se apropiaron de la figura del mártir de la Revolución cubana Ernesto “Che” Guevara. Estas imágenes se convirtieron en poderosos símbolos políticos y culturales de una nueva generación que buscaba una alternativa a la cultura e identidad euroamericana. Los esfuerzos por establecer una nueva identidad también implicaron una ruptura profunda con la generación previa de mexicoamericanos/as que los/as jóvenes chicanos/as caracterizaron como asimilacionistas. La afirmación de lo que implica ser chicano/a no sólo rechaza las prácticas de la sociedad dominante, sino que también se define en oposición a la anterior generación política de mexicoamericanos (Muñoz, 1989: 16). La juventud chicana rechazó las formas tradicionales de participación política y en su lugar optó por fundar organizaciones de base y adoptar formas directas de protesta incluyendo el boycott, las huelgas y las manifestaciones.



Reformas educacionales, protestas estudiantiles y la creación de instituciones

Los/as jóvenes chicanos/as de la década de los sesenta enfocaron sus protestas contra el sistema educativo estadounidense que excluía sus experiencias (Muñoz, 1989; Rosales, 1996). Los/as estudiantes exigían la educación bilingüe, una representación auténtica de la experiencia chicana en el país y el reclutamiento y retención de alumnos/as y profesores/as chicanos/as en las universidades. La lucha en pro de las reformas educativas reunió las diversas tendencias chicanas y en 1969 resultó en la publicación del Plan de Santa Bárbara. Elaborado por activistas e intelectuales, el documento sirvió de modelo para el desarrollo de centros de estudios chicanos/as, tanto en las universidades como en la comunidad. Para el movimiento Chicano/a, las universidades, especialmente en su función de difusoras de la cultura dominante, se convirtieron en centros de lucha y un grupo importante de activistas optaron por carreras académicas aumentando así el número de intelectuales chicanos/as con preparación universitaria. La petición dirigida a las universidades para que establecieran centros de estudios chicanos/as sigue siendo uno de los más importantes legados de este movimiento. Esta demanda cumplió dos exigencias: buscó establecer una representación coherente de la experiencia chicana en las universidades y, a la vez, les permitió acceso a los/as intelectuales chicanos/as a este nuevo campo, ofreciéndoles un sitio legítimo donde podían articular sus puntos de vista y refutar la cultura dominante. Aunque en su momento estas exigencias fueron juzgadas como radicales, en realidad representan los intereses de una clase media que buscaba su propio espacio cultural dentro de la sociedad estadounidense (Alvarez, 1985: 50-53).

El campo de estudios chicanos/as surge como resultado de un movimiento social, no a raíz de una iniciativa gubernamental como sucedió en el caso de los estudios regionales o de áreas de carácter internacional en la academia estadounidense. El estudio de Latinoamérica, África y Asia en las universidades estadounidenses surge al fin de la segunda guerra mundial como parte de la política de la guerra fría y por el grado de ignorancia que existía sobre esas regiones. No obstante, existe un importante punto de convergencia entre los centros de estudios regionales y étnicos que tiene que ver con la confluencia entre la política de la guerra fría y la disponibilidad de Estados Unidos a conceder reformas a grupos étnicos para promover la imagen de una sociedad igualitaria. Desde su inicio, el campo de estudios chicanos/as y los/as intelectuales que de allí surgieron, quieran o no, estaban vinculados/as con un movimiento social insurgente que obtuvo ciertas concesiones del Estado y de la sociedad civil. Para los/as intelectuales esta trayectoria produjo una difícil coexistencia dentro de la universidad ya que los estudios chicanos/as fueron vistos como una concesión a un movimiento social. La situación tenue de los estudios étnicos ocasionó tensiones dentro del propio campo ya que muchos intelectuales chicanos/as expresaron cierta inquietud sobre su propia legitimidad dentro del nuevo mundo académico. Otros factores también influyen en esta decisión e incluyen el carácter político de la actividad académica y el liderazgo patriarcal que frustra la amplia participación. Al enfrentar estas presiones, algunos/as intelectuales buscaron refugio en los departamentos académicos tradicionales mientras continuaban aprovechando su etnia para obtener concesiones de los que ejercen el poder.

Las relaciones de poder y jerarquía definen e influyen en el mundo de los/as intelectuales chicanos/as ya que en pocas ocasiones se los acepta como iguales. Las expectativas y, a veces, las metas de los/as intelectuales chicanos/as difieren de las de la mayoría euroamericana. Los/as intelectuales chicanos/as no sólo tienen la responsabilidad de desempeñar las actividades comunes a todo académico, sino que, dado el grado de alienación que existe en muchas instituciones, también recae sobre ellos la responsabilidad de reclutar y entrenar a la próxima generación de estudiantes chicanos/as. Estas responsabilidades pocas veces son apoyadas por dichas instituciones, mucho menos reconocidas como parte de la labor de dicho grupo. A su vez, el carácter interdisciplinario de los estudios chicanos/as desafía los límites institucionales de las universidades donde los departamentos de las disciplinas tradicionales ejercen todo el poder.

Algunos académicos tradicionales, incluso los de izquierda, como es el caso de Todd Gitlin, han criticado severamente el concepto de estudios étnicos, acusándolos de “balcanizar” los programas de estudios de las universidades (Gitlin, 1996). Esta postura presupone que las diferencias raciales y étnicas han sido resueltas y, por lo tanto, la afirmación de lo racial o étnico le resta importancia a las diferencias de clase. Sobre este tema existe una curiosa alianza entre algunos intelectuales de la vieja izquierda con los de la derecha al sostener que los estudios étnicos resaltan las diferencias raciales en vez de promover la asimilación (Skerry, 1993). Estos sectores opinan que los estudios étnicos son una forma de discriminación moderna que le provee a la gente de color ciertos privilegios y diferentes normas de comportamiento. En la mayoría de los casos la realidad es otra. Las experiencias de los/as intelectuales chicanos/as –a diferencia de sus colegas euroamericanos– son condicionadas por el racismo, la imposición de una cultura dominante, las relaciones de clase y las circunstancias históricas en que se desempeñan. Los/as intelectuales euroamericanos/as mantienen una posición de privilegio que los/as protege de estas tensiones y conflictos raciales. Son pocos los individuos de este grupo que rompen las barreras de sus paradigmas tradicionales y se involucran en temas de carácter chicano o participan en conferencias sobre chicanos/as. Por lo tanto, el nivel de ignorancia acerca de los/as chicanos/as entre los sectores intelectuales dominantes es francamente atroz. Sin duda, esta realidad es parte de la dinámica general que existe en los círculos académicos, pero también refleja las condiciones de poder que predominan, especialmente cuando la ignorancia sobre el tema constituye la condición normativa.

Para promover sus intereses los/as intelectuales chicanos/as crearon sus propias organizaciones, centros de investigación, revistas y redes académicas. La Asociación Nacional para los Estudios Chicanos y Chicanas (NACCS), fundada en 1973 por estudiantes de posgrado y profesores/as chicanos/as, continúa siendo la organización más importante en el campo. Desde su fundación la organización se vio sacudida por intensos debates sobre el marxismo, el papel de raza en la condición chicana, el concepto de colonia interna, la validez de una nación chicana denominada Aztlán, el nacionalismo cultural, la distribución del poder y liderazgo entre hombres y mujeres, la orientación sexual, al igual que por tensiones de carácter generacional y otros temas que en su momento fueron sumamente candentes (García, 1973; Flores, 1973; Almaguer, 1975; Muñoz, 1989). Inicialmente, NACCS promovió el concepto del activista e intelectual cuya labor incluía no sólo su carrera personal sino que también alentaba un análisis de la problemática que confrontaba a los/as chicanos/as, el carácter de las instituciones dominantes y la posibilidad de un cambio radical en las relaciones de poder en Estados Unidos (Muñoz, 1989: 152). En la última década, el propósito de la organización ha cambiado, abandonando su carácter político, pasando a ser, según Muñoz, “como cualquier otra organización profesional, aunque todavía preserva un carácter mexicoamericano” (1989: 156).

A partir de la década de los noventa las condiciones que enfrentan los intelectuales chicanos/a cambiaron significativamente. Un número importante de universidades estatales y privadas en Estados Unidos crearon algún tipo de departamento de estudios chicanos/as, latinos/as o étnicos que se enfoca en la problemática de estos grupos. Los estudios de “gente de color”, y estudios chicanos/as en particular, han adquirido cierta legitimidad a la vez que se han ido distanciando de los movimientos sociales que los vieron surgir en décadas anteriores. La presencia de los intelectuales chicanos/as aumentó dramáticamente tanto en campos tradicionales como en los no tradicionales. Los/as intelectuales chicanos/as se han destacado en campos como la literatura y los estudios de la mujer (Sánchez, 1992; García, 1997), sociología (Pardo, 1998), historia (Ruiz, 1998; González, 1999), antropología (Alvarez, 1987), educación (Gandara, 1995), teatro (Huerta, 1982), ciencias políticas (Barrera, 1979), y muchas otras áreas. Como consecuencia de esta presencia, asociaciones académicas y profesionales en Estados Unidos hoy día incluyen una sección “latina”, o sea, representativa de intereses chicanos/as, puertorriqueños y de otros grupos.

Categoría étnica

Desde la década de los sesenta el movimiento Chicano/a ha lidiado con un nombre aceptable que defina las experiencias de la población de origen mexicano en Estados Unidos. La percepción histórica y la imagen popular que los estadounidenses mantienen de México y aplicaron a los/as chicanos/as marca los contornos de este debate. La guerra entre México y Estados Unidos de 1846-1848, la pérdida por parte de México de la mitad de su territorio, el racismo institucionalizado, la aplicación desigual de la justicia, la inmigración de millones de personas y un patrón de explotación laboral, han afectado la manera en que la sociedad dominante considera a los/as mexicanos/as y, por extensión, a los/as chicanos/as. Aunque los mexicanos y los/as chicanos/as comparten una herencia histórica, enfrentan distintas realidades. La experiencia chicana no es paralela ni a la mexicana, ni a la condición de dominación o privilegio que gozan los euroamericanos. La afirmación de una herencia mexicana dentro de una cultura estadounidense hostil ha sido un tema sumamente difícil para los/as chicanos/as. La observación de Jurgen Habermas es importante en este contexto, cuando sostiene que ningún grupo puede establecer una identidad independientemente de la que le impone la sociedad dominante (1976: 107).

Una de las características excepcionales que marca la experiencia chicana es su continua relación con México y los mexicanos, la cercanía de la frontera y la constante inmigración del país vecino. Esta particularidad también la comparten millones de inmigrantes caribeños, centroamericanos y suramericanos que al abandonar sus hogares y establecerse en Estados Unidos fortalecen a la comunidad chicana/latina, amplían su presencia, estimulan su cultura y lenguaje, aunque en contextos muy diferentes de los que existen en su país de origen. La presencia de millones de mexicanos/as, latinos/as e incluso chicanos/as establece nuevos espacios transnacionales y redefine conceptos tradicionales de nacionalidad y ciudadanía tanto en América Latina como en Estados Unidos. Lo importante de este proceso, como lo señala Renato Rosaldo, es que la “reproducción cultural involucra la forma en que comunidades se [...] propagan a través del tiempo como una constelación dinámica y no un artefacto inmóvil” (Rosaldo, 1985: 10 y 11). En las primeras décadas del siglo XX, las comunidades mexicanas/chicanas en Estados Unidos servían de resguardo social y enlace cultural para los inmigrantes recién llegados de México. Este proceso continuó hasta que los/as inmigrantes desarrollaron su propia masa crítica llegando al punto en que desplazaron demográficamente a los propios chicanos/as, agravando las tensiones entre estos dos sectores de la población. Uno de cada tres californianos, para citar un caso, se define hoy en día como latino/a. (Lerner y Marrero, 2001). Los/as mexicanos/as en Estados Unidos han enfrentado un proceso continuo de afirmación de identidad determinada fundamentalmente por su interacción con la sociedad dominante, su propio nivel de transculturación y el constante flujo de inmigrantes que llegan de México. La identidad chicana no es un fenómeno estático, se forja en relación con esta experiencia histórica, encarna múltiples prácticas culturales e incorpora la innovación y la espontaneidad que implican las diferencias regionales y las condiciones sociales. Los/as inmigrantes mexicanos/as o latinos/as se familiarizan con esta identidad, introducen sus propias normas culturales, efectúan cambios y, a su vez, son transformados por este complejo proceso.

En un mundo marcado por estas tensiones y por contextos contradictorios, los/as intelectuales chicanos/as han luchado por varias décadas por la creación de un término anti-hegemónico que defina su realidad. La primera edición de la revista chicana Aztlán (1970) incluía dos artículos, uno por Fernando Peñalosa y el otro por Deluvina Hernández, que pugnaban con los parámetros y la dimensión de lo que constituye una identidad chicana. Este no es un proceso que refleje una simple política de identidad o un esfuerzo despistado. Ante una realidad que incluye grandes diferencias raciales, étnicas y una amplia diversidad cultural y social, el tema de la identidad entre los/as chicanos/as suele ser sumamente complejo. ¿Sobre qué factor se puede basar esta identidad: la apariencia física, el lenguaje, la cultura, o una experiencia de exclusión por parte de los sectores dominantes en Estados Unidos? Algunos intelectuales, como es el caso de Zaragoza, cuestionan si en realidad existen factores comunes que definan al grupo o si existe la posibilidad de acción política común (1990: 40). Por lo tanto, el tema de lo que define la realidad y la identidad chicanas continúa involucrando a muchos intelectuales aunque no siempre se plantee de esta misma forma.

Mientras que la comunidad de herencia africana en Estados Unidos encuentra amplia aceptación en el uso de calificativos como afroamericano, el nombre chicano/a no tuvo la misma aceptación a causa de su carácter político (Limón, 1981). Para describir a la población de descendencia mexicana en Estados Unidos existen, además de chicano/a, un gran número de calificativos que incluye mexicano/a, mexicoamericano/a, hispano/a, latino/a y xicano/a, que ha sido tomado por jóvenes que desean asociarse con un pasado indígena. Curiosamente, el uso de “mexicano,” con su obvia referencia a México, ha aumentado en popularidad entre varios sectores encarnando el carácter anti-hegemónico que antes se le atribuía a chicano/a. Más allá de cualquier agenda política, el uso de múltiples calificativos empleados por la presente generación sugiere que los conceptos de identidad no son una proposición fija, más bien las personas los utilizan con relación a las situaciones que enfrentan. Una persona de origen mexicano se puede autodefinir como chicano/a al igual que en otro contexto utiliza el nombre mexicano. Esta realidad implica que los conceptos de identidad se han separado de sus raíces ideológicas y se basan en condiciones situacionales representando una realidad excepcionalmente fluida.

Los debates, a veces polémicos, sobre la etnia, la raza o la identidad revelan los aportes de los/as intelectuales chicanos/as sobre lo que implica ser una “persona de color” e inmigrante dentro de la sociedad estadounidense. Estas contribuciones siguen cobrando importancia, dado el hecho de que en algunas regiones de Estados Unidos los euroamericanos ya no constituyen la mayoría de la población. No obstante, cómo definir una cultura común, una estrategia política o una identidad chicana sigue produciendo debates intensos tanto en los círculos académicos como en la prensa tradicional. Desde su origen, las condiciones históricas y un conjunto de experiencias circunscribieron el nombre chicano/a. Antes de que fuera apropiado por la generación de los sesenta, el nombre chicano/a se utilizaba para definir a una persona de la clase obrera “o a los más pobres inmigrantes de México” (Limón, 1981: 205). Su uso por los/as chicanos/as destaca su deseo de establecer vínculos entre estudiantes socialmente marginalizados y la gran masa de obreros mexicanos e inmigrantes en Estados Unidos (Limón, 1981: 201). Por lo tanto, desde sus inicios representó un concepto ideológico de solidaridad que buscó incluir a toda persona de origen mexicano en Estados Unidos. El nombre chicano/a incorpora un concepto de conciencia étnica y política caracterizado por una fuerte tendencia nacionalista. Según el Plan de Santa Bárbara, un manifiesto chicano/a, “Chicanismo es un concepto que integra un auto reconocimiento con una identidad cultural, la primera etapa en el desarrollo de una conciencia política” (Plan de Santa Bárbara, 1970: 55). Estos nuevos valores chicanos/as implican un rechazo del modelo asimilacionista euroamericano y un compromiso general de luchar por cambios sociales. Según Ignacio García, el nombre representa la alianza contradictoria de lo americano con lo mexicano, “chicanismo simboliza la fusión de los dos y a su vez la aceptación simultánea y el rechazo de ambos” (1997: 72). Aunque en su fase inicial sirvió para inspirar un nuevo movimiento social, el uso del calificativo chicano/a también promovió una agenda nacionalista y sexista que ciegamente empleó los conceptos de etnia y raza mientras negaba la importancia de clase o la necesidad de forjar alianzas entre varios grupos étnicos.

El nacionalismo que se utilizó durante el auge del movimiento, el cual implicaba cierta autenticidad cultural, que solía incluir el uso del español, la piel morena o el conocimiento de la historia mexicana, produjo una marcada alienación entre algunos chicanos/as que no cumplían con estos requerimientos. Además, el machismo, basado en el estereotipo del patriarca latinoamericano, obstaculizó el papel que las mujeres desempeñaran en este proceso social y político. La posición de la mujer no fue el único hecho manipulado por el movimiento. El tema de la sexualidad siguió siendo tabú. En muchos casos, las personas que proponían una discusión franca sobre el género o el uso del marxismo fueron caracterizadas como traidores. Las cosas llegaron a tal extremo que un supuesto líder chicano planteó que el feminismo era una conspiración promovida por la CIA para debilitar el movimiento (Rosales, 1996: 182).

En su afán por forjar la unidad, el movimiento Chicano/a disminuyó la importancia de las diferencias regionales, culturales, lingüísticas, sociales y sobre todo la cuestión de clase. No obstante, es posible que la frágil unidad que existía en este movimiento haya intensificado la necesidad de implantar una uniformidad cultural sobre sus miembros. Entre los/as chicanos/as la tendencia nacionalista y cultural sigue teniendo considerable apoyo. La inclinación por imponer una visión hegemónica ha llevado a algunos nacionalistas a tratar de asignarles a todos los latinos en Estados Unidos, no obstante su país de origen, el nombre de chicano/a (xicano) o destacar sólo sus raíces indígenas.


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