Balcanes globales



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GEOPOLITICA, GUERRAS Y “BALCANES GLOBALES”

Jaime Pastor
El período abierto tras el 11-S de 2001 y el paso a primer plano de la lucha por el control de zonas clave como Oriente Medio y de la dimensión armada de la “globalización” neoliberal han conducido a un nuevo interés por la “geopolítica” en muy distintos ámbitos, tanto políticos como académicos. Conviene, por tanto, comenzar con un recordatorio de sus orígenes históricos para entender los elementos de continuidad y discontinuidad respecto al panorama actual.
ORIGENES DE LA GEOPOLITICA

Si bien podríamos remontarnos a 1492 como fecha emblemática a partir de la cual se va formando el imaginario geopolítico moderno y, con él, la tendencia a oponer “Occidente” frente a “Oriente” mediante una representación espacial jerárquica y eurocéntrica (Agnew, 2005) y, con ella, a la conquista violenta y comercial por el primero de zonas cada vez más extensas del planeta, es sólo a finales del siglo XIX, con la acentuación de las rivalidades interimperialistas, cuando la geopolítica irrumpe como estudio del espacio planetario desde la óptica de las grandes potencias. Si el politólogo sueco Rudolf Kjellen es quien introduce el término en 1899, son Friedrich Ratzel (con su concepción biográfica del Estado y su teoría del “lebensraum” o espacio vital) y Halford J. Mackinder los que ofrecen una visión más desarrollada de la geopolítica. Este último, identificado abiertamente con los intereses de Gran Bretaña, ofrece una explicación de la historia mundial basada en la confrontación entre el poder territorial y el poder marítimo a escala mundial a medida que se acaba la época llamada “colombina” de configuración del mundo y descubre la relevancia creciente que tiene el “pivote geográfico de la historia” y, en particular, el “corazón continental” de Eurasia (que él sitúa en Rusia y su parte sur) como centro clave de interés estratégico dentro de la “Isla Mundial” que abarcaría Africa, Europa y Asia.
Es precisamente al final de la Primera Guerra Mundial cuando Mackinder publica una obra titulada Ideales democráticos y realidad en la que escribe una famosa sentencia que más tarde será mencionada en repetidas ocasiones por muchos geoestrategas: “Quien gobierne Europa Oriental domina el Corazón Continental; quien gobierne el Corazón Continental domina la Isla Mundo; quien gobierne la Isla Mundo domina el Mundo” (Raffestin, 1995). Es a partir de ese análisis del mapa espacial planetario como Mackinder apunta hacia la necesidad de que la potencia imperial británica impida que cualquier otra potencia se haga con el control de esa zona del mundo y, más concretamente, que Alemania se alíe con Rusia; resultado de esa estrategia será la práctica de lo que se conoce como el “Gran Juego” y, con ella, el esfuerzo británico por crear “Estados-tapón” en ese área, como es el caso de Afganistán.
Alfred Mahan ofrece en ese tránsito del siglo XIX al XX una visión ligada a las ambiciones de la potencia ascendente estadounidense y a una asunción de las tesis basadas en la superioridad de “Occidente” frente al resto. En su caso el acento es puesto también en la importancia de construir un gran poder marítimo capaz de competir no sólo con las grandes potencias “moribundas” (como la española, derrotada en 1898 en Cuba y Filipinas) sino también con la británica y alemana, dando así un salto adelante respecto a lo que había sido la doctrina Monroe respecto a las Américas.
Pero es sin duda en Alemania donde nos encontramos con un desarrollo mayor de la geopolítica mediante las aportaciones de Karl Haushofer y su fundamentación más acabada del concepto de “lebensraum” o “espacio vital”, prolongación de la que anteriormente había elaborado Ratzel. La aplicación de esa idea a la situación de Alemania tras el fin de la Primera Guerra Mundial y la humillación sufrida por su país mediante el Tratado de Versalles le conducen al diseño de toda una estrategia dirigida a reconstruir Alemania como gran potencia imperial y a crear las “panregiones” que deberían estar bajo su dominio. Como resume Raffestin, “Haushofer establece una relación entre, por un lado, la idea ratzeliana biogeográfica de Lebensraum y, por otro, el concepto nietzscheano de voluntad de potencia”, llegando así a establecer la receta que encontrará su aplicación práctica con la llegada de Hitler al poder. A esto habría que sumar la tesis de los Grossräume o “espacios geopolíticos” de Carl Schmitt, ampliamente desarrollada por este pensador clave de la política en términos de “amigo-enemigo”, así como de la idea de “soberanía” como aquélla que se manifiesta mediante la capacidad de un Estado para declarar el estado de excepción en un territorio y sobre una población determinados.
Durante y después de la Segunda Guerra Mundial encontramos también nuevas teorías geopolíticas procedentes de estrategas estadounidenses, destacando entre ellos Nicolas Spykman y Robert Strausz-Hupé. Ambos introducen el concepto de “equilibrio de poder”, el cual va a tener relevancia en la política exterior estadounidense y, sobre todo, en la visión de la “guerra fría”. Spykman reivindica además la importancia que tiene para una potencia marítima como la estadounidense el control del “rimland” o “margen continental” que se encuentra cerca del “corazón continental” del que hablaba Mackinder y por ello insiste –y será escuchado- en la importancia de controlar Europa Occidental y Japón en la década de los 40, con el fin de ir cercando esa zona.
Antes de ambos geoestrategas había destacado ya Isaiah Bowman, cuya obra New World, publicada en 1921, reflejaba también la influencia de Ratzel dándole a la lucha por el lebensraum una dimensión esencialmente económica: “el crecimiento económico demandaba una expansión a escala global” (Gowan, 2005) y ésa debía ser la base, según el que fue asesor de Wilson y de Roosevelt, para ir tomando el relevo de los imperios europeos.
Durante la larga “guerra fría” la relativa continuidad del “equilibrio de poder” (en realidad, un “equilibrio de amenazas”, como lo definió Walt) entre las dos principales grandes potencias, unida al desprestigio sufrido por el término “geopolítica” a causa de su asociación con el nazismo, no condujeron a grandes avances en este área. No obstante, es evidente que en la práctica siguió funcionando en las estrategias que los principales actores de ese período diseñaron y en sus formas de intervención dentro y fuera de sus “zonas de influencia”. En cierto modo, tanto la doctrina de la “soberanía limitada” brejneviana como la de “seguridad nacional” y el concepto de “linkage” (dirigido a evitar la emergencia de “potencias revolucionarias”) que introduce Henry Kissinger en sus relaciones con la URSS tienen que ver con esa competencia geopolítica por el control de las distintas partes del planeta. Pero es sin duda con el hundimiento del bloque soviético y la creciente inestabilidad de la zona del Golfo Pérsico y Asia Central cuando se comprueba el retorno de la geopolítica al primer plano: trabajos como los de Zbigniew Brzezinski, elaborados con el fin de que EEUU no desaproveche la “ventana de oportunidad” que se le abre en este nuevo período histórico, son buena prueba de ello.
La Geopolítica se ha ido desarrollando, por tanto, como una expresión de las “relaciones conflictivas entre grandes potencias y las que aspiran a serlo por el control del territorio, los recursos y posiciones geográficas importantes, como puertos, canales, sistemas fluviales, oasis y otras fuentes de riqueza e influencia” (Klare, 2004). Su asociación con los conflictos, la violencia y las guerras inter e intraestatales ha sido, por consiguiente, constante, ya que a través de ellas se han ido definiendo las fronteras territoriales, las soberanías estatales y/o nacionales y, más en general, la lucha por la hegemonía en la economía-mundo y en un sistema de Estados en expansión global.
Por eso también ha sido objeto de la geopolítica el estudio de las guerras y de las estrategias desarrolladas en ellas. Su propia definición ha sido también objeto de constantes precisiones, con el fin, entre otras cosas, de distinguirlas de otras formas de violencia política. Así, coincidiendo con Heriberto Cairo, podríamos definir la guerra como “una conducta grupal violenta que se organiza a gran escala y es, por supuesto, un conflicto en sentido estricto, pero es, sobre todo,: 1) un conflicto que se desarrolla mediante el uso de armas y que sobrepasa un determinado umbral de violencia, que lo diferencia cuantitativamente de otros tipos de violencia personal; 2) una violencia de tipo político, ya que las relaciones de poder y los campos que éstas establecen son un componente fundamental de la acción bélica; además, al menos en su expresión moderna, se ejecuta por parte de los Estados o en referencia a los mismos, y·3) una conducta territorial, puesto que no sólo se desarrolla en un conjunto espacial determinado sino que también está presente en el ánimo de los contendientes el objetivo de controlar la totalidad o una parte del territorio del adversario” (Cairo, 2002). Esta definición, hecha desde la perspectiva de la geopolítica crítica, tiene su utilidad con el fin de contrastarla con otros fenómenos de violencia y, particularmente, con lo que contemporáneamente se ha venido a incluir en la categoría de “terrorismo”. Ha sido y es la tendencia a concebir la lucha contra actores no estatales que recurren a ese método de acción como una “guerra” –cuyo carácter asimétrico y a la vez revelador de la vulnerabilidad del “fuerte” es una de sus contradicciones más visibles- la que está transformando la naturaleza de la misma, cuestionando así la ya muy relativa separación que entre política interna y política externa ha sido mantenida por parte de los Estados, sobre todo si nos referimos a las grandes potencias y a su esfuerzo constante por mantener su práctica militarista al margen del control ciudadano.
Ha sido precisamente en el marco de las geoestrategias político-militares y su evolución, estrechamente relacionada con los avances tecnológicos y con la aparición de las armas nucleares, como han ido apareciendo desde 1945 otros conceptos clave como la doctrina de la “contención” de George Kennan (y la necesidad de dotarse de un anillo de alianzas militares contra la “fortaleza” soviética” y a favor del “transnacionalismo de los negocios”), la famosa “teoría del dominó” (coartada geopolítica de la implicación estadounidense en la guerra de Vietnam pero también de la ocupación soviética de Checoslovaquia) o, en fin, la necesidad de estar preparados no sólo a ataques “preventivos” sino también “preemptivos”, tal como se pudo comprobar en la “segunda guerra fría” del decenio de los 80 del ya pasado siglo.
Pero afortunadamente, de forma paralela a la resurrección de una geopolítica ligada a las grandes potencias, se ha ido manifestando también una Geopolítica crítica que tiene sus antecedentes en pensadores anarquistas como Elisée Reclus y, más tarde, ya en los años 60, en la escuela de la revista Herodote, bajo la dirección de Yves Lacoste, dirigida a cuestionar la visión que desde el “Norte” se ofrecía de las guerras en el “Sur”.. Más recientemente, es en el mundo académico anglosajón donde se ha ido extendiendo esta corriente de investigación teniendo en la actualidad uno de sus medios de expresión en la revista Antipode. Esa geopolítica crítica tiende a definirse como el análisis de los modos cambiantes de producción y reproducción del espacio planetario (en el marco de la economía-mundo, de la configuración del sistema de Estados y de estructuras sociales clasistas y desiguales), con el fin de convertir la geopolítica, en lugar de un instrumento para la guerra, en una disciplina para alcanzar la paz.
Es esta línea de investigación la que ha tratado de insertar el estudio de la política de poder en el espacio tanto en una perspectiva ligada a la historia del capitalismo (asociada a la sucesión de las ondas largas de Kondratieff) como a la conformación de un centro, una periferia y una semiperiferia así como a la importancia creciente de las naciones, regiones, ciudades y clases sociales. Es desde ese enfoque como, por ejemplo, Peter J. Taylor distingue diferentes ciclos de hegemonía y órdenes geopolíticos mundiales desde finales del siglo XIX o como John Agnew propone tres eras geopolíticas: la “civilizatoria”, de 1815 a 1875; la “naturalizada”, de 1875 a 1945, y la “ideológica”, de 1945 a 1989. No parece necesario dedicarse en este trabajo a explicar estas propuestas, ya que no es el objeto central del mismo, aunque sin duda su mero recordatorio debería ser tenido en cuenta a la hora de analizar la nueva “era” en la que nos encontramos.
Una perspectiva relativamente distinta es la que nos ofrece David Harvey a partir de un materialismo histórico-geográfico que aspira a analizar cómo han actuado la lógica de poder político-territorial y la lógica de poder capitalista en la conformación de los espacios geopolíticos contemporáneos. Desde ese enfoque el imperialismo habría surgido como fusión, no exenta de contradicciones, de ambas lógicas, respondiendo a las periódicas crisis de sobreacumulación mediante la búsqueda por los grandes Estados de nuevas ventajas competitivas para los capitales excedentes en otros espacios o, cuando éstos ya son limitados, a través de la “desposesión” o “despojo” de bienes comunes, como se define desde Latinoamérica (Gilly, 2002). Como veremos más adelante, esta interpretación no sólo sirve para entender la función de la “acumulación primitiva” de la que hablaba Marx sino que parece especialmente útil también para comprender la fase actual en que nos encontramos.
1989-2000: HACIA UNA NUEVA CARTOGRAFIA DE LA “POSTGUERRA FRÍA”

Los años que transcurrieron de 1989 a 1991 fueron testigos de la caída de la URSS y, con ella, de la amenaza principal que mantenía cohesionado al bloque “occidental” bajo la hegemonía estadounidense. Comenzaba así esa década con la creación de un nuevo escenario global cuyos rasgos eran todavía difíciles de precisar pero que en cualquier caso podían ser definidos en el plano económico y financiero por el salto hacia una expansión del neoliberalismo en nuevas zonas del planeta, mientras que en el geopolítico y militar se anunciaban modificaciones espaciales sustanciales en una parte significativa de Eurasia bajo la mirada expectante y ambiciosa de “Occidente” y, sobre todo, de EEUU, cuya superioridad militar frente a sus aliados y otras posibles potencias rivales de ámbito regional era innegable.
Sin embargo, ese nuevo contexto también empezó a poner de relieve tres datos que podían debilitar ese desequilibrio entre la superpotencia “solitaria” y el resto:

-la dificultad con que se encontraría EEUU de disciplinar a sus aliados, una vez desaparecida la URSS

-el alto nivel de dependencia de EEUU de determinados recursos y, en particular, del petróleo

-la necesidad por parte de EEUU de capital extranjero para financiar sus gastos militares y su elevado consumo de masas (Agnew, 2005)
En ese marco general la justificación de la función de “gendarme global” obliga a la búsqueda de nuevos enemigos por parte del Pentágono y los estrategas de la Casa Blanca empezando por ubicarlos en los “rogue States” o “Estados canallas” (principalmente, aquéllos que no se plieguen ante EEUU y fabriquen o posean armas de destrucción masiva), el narcotráfico y el “terrorismo”. Justamente en esa coyuntura se produce la ocupación de Kuwait por parte de Iraq, presentándose ésta como la ocasión perfecta para penetrar definitivamente en la parte continental de una zona clave desde el punto de vista geopolítico global pero, sobre todo, estadounidense. Aunque la importancia que esa región tenía para EEUU viene de lejos (al menos, desde finales de la Segunda Guerra Mundial), baste citar como ejemplo de su revalorización en esta nueva etapa la declaración que tras ese incidente hace el Presidente de EEUU George Bush senior: “Nuestro interés, nuestro compromiso en el Golfo no es transitorio. Es anterior a la agresión de Sadam Hussein y le sobrevivirá. Mucho tiempo después de que nuestras tropas vuelvan a casa –y esperamos que sea pronto, muy pronto- EEUU seguirá teniendo un papel duradero en asistir a las naciones del Golfo Pérsico. Nuestro papel será entonces disuadir de cualquier futura agresión. Nuestro papel es ayudar a nuestros amigos a su propia autodefensa y, algo más, frenar la proliferación de armas químicas, biológicas y balísticas y, sobre todo, de tecnologías nucleares””; pero la importancia geoestratégica de la zona no es negada tampoco dada su dimensión energética: “La situación en el Golfo nos ayuda a comprender que somos más vulnerables económicamente de lo que nunca antes hemos sido. Los Americanos no deben entrar nunca en una crisis económica o militar con una dependencia excesiva de petróleo extranjero y una carga excesiva de la deuda federal” (el subrayado es mío)·. Es precisamente en 1992 cuando el Proyecto “Guía para la Planificación de la Defensa”, elaborado por el Departamento de Estado y el Pentágono, ya bajo el control del sector neoconservador vinculado a Dick Cheney y a Paul Wolfowitz, apuesta por la búsqueda de una Primacía Imperial, basada en la necesidad de “prevenir la emergencia de cualquier potencial futuro competidor global” y de controlar para ello esa región; esto último queda suficientemente explicitado en ese Informe cuando se afirma que se trata de asegurar que “en Oriente Medio y el sudeste asiático nuestro objetivo global es conservar al extremo el poder dominante en la región y reservar el acceso al petróleo existente en ella a EEUU y al mundo occidental”.
La ocupación iraquí de Kuwait tuvo una significación especial precisamente porque revelaba el potencial y los límites de la nueva era geopolítica que se iba a configurar en el futuro: por un lado, mostraba el intento de Sadam Hussein por aprovechar que se había descongelado el mapa de la “guerra fría” y que se estaban desmoronando imperios como el soviético para intentar remover unas fronteras impuestas desde fuera tras la Primera Guerra Mundial, cuestionando así el principio “sagrado” de la soberanía territorial exclusiva de determinados Estados; pero, por otro, se producía ese ensayo en la región del mundo potencialmente más explosiva dentro del panorama que se abría (Peñas, 1991). Era esto último lo que EEUU no podía consentir pese a que la iniciativa procediera de su reciente aliado en la guerra entablada con el régimen “revolucionario” iraní (la verdadera pesadilla de “Occidente” en esa zona) desde 1981.
En el nuevo diseño geopolítico que se prepara tienen interés dos discursos que continúan manteniendo vigencia en la actualidad. Uno es el del “choque de civilizaciones”, elaborado por Samuel Huntington, y otro, el de Zbigniew Brzezinski, basado en la centralidad de los “Balcanes euroasiáticos” dentro del “Gran Tablero Mundial”.
El primero ya es ampliamente conocido y se apoya en un intento de encontrar un encaje entre la clasificación de distintas “civilizaciones”, por un lado, y los mapas geográficos de las diferentes regiones del planeta, por otro, resucitando así, como observa Balibar, el concepto de “espacios geopolíticos” desarrollado por Carl Schmitt. Según Huntington (conocido no sólo como politólogo sino también por su coautoría del famoso Informe de la Trilateral de 1975 sobre la “crisis de gobernabilidad” de las democracias), habríamos entrado en una nueva época en la que “la Cortina de Terciopelo de la Cultura ha sustituido a la Cortina de Acero de la Ideología”. La clasificación que establece pretende basarse en las diferencias religiosas, si bien termina distinguiendo ocho grupos principales: el occidental (católicos y protestantes), el musulmán, el chino, el japonés, el hindú, el cristiano ortodoxo, el latinoamericano y el africano. Seis de esos ocho grupos serían reticentes a los valores occidentales, pero sería la civilización de religión cristiana el principal peligro. No hace falta ser especialmente inteligente para intuir que detrás de esa taxonomía se encuentran también una valoración geoestratégica y una consideración implícita de las diferencias económicas que existen entre unas zonas y otras.
Nos encontramos así con una interesada deformación de la realidad puesto que, aun reconociendo la importancia de la dimensión cultural en muchos de los conflictos actuales, éstos no se dan sólo entre “cristianos” y “musulmanes” ni, desde luego, por motivos estrictamente religiosos. Porque también dentro de cada una de las religiones dominantes encontramos conflictos internos: así, podríamos hablar de las “fronteras sangrientas de la cristiandad” en los Balcanes o el Cáucaso, de las “fronteras sangrientas del hinduísmo” en Cahcemira y Sri-Lanka o, en fin, de las de los grandes Estados europeos o americanos en sus guerras en la “periferia” o en los fenómenos de violencia política que se dan en el seno de sus territorios. En resumen, como muy bien critticó hace tiempo Fred Halliday, “existe una diferencia fundamental, no reconocida por Huntington, entre mostrar que los movimientos políticos y sociales apelan a la cultura como justificación de sus acciones, y señalar que es de veras la cultura, o en un sentido más amplio la civilización, lo que determina la política internacional”.
En cualquier caso, lo que interesa resaltar aquí es la funcionalidad de este marco interpretativo para sostener que en el mundo de la “postguerra fría” “la supervivencia de Occidente depende de que los estadounidenses reafirmen su identidad occidental y los occidentales acepten su civilización como única y no universal, así como de que se unan para renovarla y preservarla frente a los ataques procedentes de sociedades no occidentales”.
El punto en el que muy pronto se observó la dificultad de encajar las diferencias “civilizatorias” con los mapas espaciales fue el relacionado con el fenómeno de las migraciones a los países del Centro y, en particular, a EEUU. De ahí que en sus trabajos recientes (sobre todo, en ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense) Huntigton haya lanzado el grito de alarma ante la “invasión” hispana de su país debido a la crisis de identidad que genera en una sociedad necesariamente asociada, según él, a la visión “wasp”.
Pese a los excesos retóricos y al carácter provocador de muchas de las referencias con que adorna este autor su argumentación, su audiencia en amplios estratos de la sociedad estadounidense no debe ser subestimada, ya que escribe y dice en voz alta el temor que se expresa en la sociedad estadounidense a una crisis de identidad nacional que fuera restando legitimidad al proyecto imperial y a su “destino manifiesto” de salvar al mundo de los nuevos peligros. Pero, además, el hecho de que ya no haya fronteras territoriales delimitadas y de que el “enemigo” –o el “sospechoso” potencial- se encuentre dentro del propio país da mayor fuerza persuasiva al discurso que ha ido abriéndose paso después del 11-S de 2001 a favor de una “guerra global contra el terrorismo”, entendido precisamente como un actor desterritorializado pero que a su vez puede atacar en cualquier lugar del planeta.
La asociación entre ambos discursos –el del “choque de civilizaciones” y el del “terrorismo”-, pese a los desmentidos constantes de los líderes políticos e incluso a las bonitas y confusas palabras a favor de una “alianza de civilizaciones”, parece bastante creíble para determinados sectores de las sociedades del “Norte”. La primera contribuye a generar una conciencia de “civilización” amenazada en su cohesión interna por “los otros”, “los extranjeros”, siendo particularmente asumible esa tesis en una nación joven como la estadounidense, modelada según la referencia “wasp” dominante y bajo la influencia de unas tesis integristas que la consideran destinada por Dios a defender sus valores en todo el planeta. La segunda presenta a un “enemigo” capaz de atacar en cualquier lugar del mundo y, sobre todo, en el corazón del capitalismo. No hace falta recorrer mucho trecho para convencerse de que quienes tengan que ver con otras “civilizaciones” sean los primeros sospechosos de posible connivencia con los “terroristas”. El problema está en que, debido al fenómeno creciente de los flujos migratorios del “Sur” al “Norte”, la dificultad de delimitar los espacios entre los “asimilables” a la cultura “occidental” y los que deberían estar sometidos al “Derecho Penal del enemigo” es cada vez más evidente: para superar esos problemas está, sin embargo, la práctica de la selección por países, lenguas y religiones de esas migraciones, con los cupos consiguientes, cada vez más en boga en EEUU y la UE, así como las limitaciones al derecho de asilo y al refugio político y la tendencia a crear “centros de internamiento” fuera incluso de las fronteras de esos Estados.
Pero, además, extendiendo el concepto de “guerra” a esa lucha contra el “terrorismo”, se da un paso más hacia una idea de guerra total en el espacio planetario, pese a su carácter extraordinariamente asimétrico, pero con la firme disposición a “sobrepasar un determinado umbral de violencia” por parte de la gran potencia y sin considerar ningún territorio fuera de su alcance. No es casual que muchos hayan observado en este “salto” la generalización del concepto de “espacio vital” y la asunción de la visión schmittiana de la “guerra como estado”, es decir, de aquélla basada en que “el enemigo existe aunque hayan concluido las hostilidades y operaciones militares directas y agudas”. En resumen, la guerra ha de ser permanente e indefinida porque el enemigo va a durar mucho tiempo, aunque la acción bélica concreta finalice en un territorio determinado.
Una de las dificultades que ha tenido esta necesidad de justificar la amenaza del “terrorismo” ha sido la propia definición de éste. El 15 de junio de 1994 el Departamento de Defensa estadounidense proponía la siguiente fórmula: terrorismo sería “una utilización calculada de la violencia o de la amenaza de una acción violenta cuyo fin es coaccionar o intimidar a gobiernos o a sociedades en la consecución de objetivos que son generalmente de naturaleza política, religiosa o ideológica”. Noam Chomsky nos ha recordado la controversia que suscitó esta propuesta ya que se temía que fuera utilizada también contra determinadas acciones de las tropas estadounidenses o de la CIA fuera de su territorio. Por eso en diciembre de 2001 (después del 11-S y de la invasión de Afganistán y siempre con la cautela de no verse conducidos ante el Tribunal Penal Internacional) se añadió el adjetivo “ilegal” a la “utilización calculada de la violencia” en esa definición.
Pero la discusión ha proseguido en el marco de la ONU hasta el punto de que sigue sin haber consenso entre las grandes potencias sobre esta cuestión. Sólo recientemente, en la Cumbre de Madrid de marzo de 2005, parece haberse avanzado en el acercamiento de posiciones en torno a la definición del grupo de alto nivel de la ONU según la cual terrorismo sería “cualquier acto destinado a causar la muerte o lesiones corporales graves a un civil o a un no combatiente cuando el propósito de dicho acto, por su naturaleza o su contexto, sea intimidar a una población u obligar a un gobierno o a una organización internacional a realizar un acto o abstenerse de hacerlo”. Sin embargo, en esa misma reunión surgieron algunas voces críticas llamando la atención sobre la necesidad de considerar que, puesto que el terrorismo es sólo una forma de violencia política, había que tener en cuenta que quienes lo ejercían en más de una ocasión no sólo eran determinados grupos armados sino también gobiernos y Estados y, en particular, el estadounidense, el israelí o el ruso.
El doble rasero o la doble moral que hay detrás de la “guerra global contra el terrorismo”, así como su tendencia a basarse en la ideología racista de la superioridad de “Occidente” y de la inclusión del “resto” dentro de la categoría de sospechosos potenciales, también están contribuyendo a deteriorar la credibilidad de esos valores universales de la “libertad” y la “democracia” que hasta ahora habían servido al imperialismo norteamericano para disfrazar, como concluye Harvey, su “dominio” como “liderazgo”.
Por eso vale la pena contrastar las tesis anteriores con otra visión, más realista, como la que nos ofrece Brzezinski en una obra cuyo título ya es suficientemente expresivo: El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos. En ella reafirma la importancia de Eurasia como “el tablero en el que la lucha por la primacía global sigue jugándose y esa lucha involucra la geoestrategia”. Dentro de ese extenso continente destaca lo que define como “los Balcanes euroasiáticos”: la zona de Europa Sudoriental, Asia Central y partes de Asia del Sur, el área del Golfo Pérsico y Oriente Próximo, debido a que en esa región hay una enorme concentración de reservas de gas y petróleo, además de importantes minerales e incluso de oro. El objetivo de EEUU debería ser impedir a toda costa que en esa zona se formase una coalición “antihegemónica” entre Rusia, China e Irán. En sus conclusiones este exasesor de Carter reafirma el papel de su país como “nación indispensable” en el mundo pero insiste en la necesidad de contar con aliados para asegurar esa función y, en particular, con Francia y Alemania.
Nos encontramos , por tanto, ante unas tesis que recuperan la vieja noción del “corazón continental” de Mackinder, pero insertándolas ahora en un escenario geoestratégico más complejo en donde se apuesta por combinar fuerza y consenso para asegurarse la supremacía estadounidense y dividir a los posibles competidores a medio plazo.
En medio de esa tensión entre las propuestas neoconservadoras y “civilizatorias” que apuestan por una Primacía Imperial, por un lado, y las realistas preocupadas por el riesgo de coaliciones “antihegemónicas”, por otro, se movió la administración Clinton en el decenio de los 90. No obstante, el consenso bipartidista interno se mantuvo fuerte, como se reflejó en la definición de cuáles eran las amenazas a afrontar: “los Estados gamberros que ignoran las reglas del Derecho Internacional, la extensión de las armas de destrucción masiva, el establecimiento de barreras comerciales artificiales y la interrupción del aprovisionamiento en recursos críticos como el petróleo”, tal como afirmó un asesor de Clinton, John P. White,.
La tesis de que, como sostendría otro asesor de Clinton, Michael Kantor, “nuestra seguridad militar y nuestra seguridad económica no pueden ser separadas” se vería corroborada por muy diversos “think tanks” como Thomas Friedman quien, en su “A Manifesto For A Fast World”, en marzo de 1999, sostendría sin ambigüedades que “la mano invisible del mercado no marchará nunca sin un puño oculto (...). El puño oculto que garantiza un mundo seguro para las tecnologías y Silicon Valley se llama el Ejército, las Fuerzas Aéreas, Navales y Marines de Estados Unidos; en el mismo documento añadiría que “la globalización no elimina la geopolítica. Por eso una globalización duradera requiere todavía una estructura de poder geopolítica estable que no puede ser simplemente mantenida sin el compromiso activo de Estados Unidos (...). McDonalds no puede crecer sin McDonnell Douglas, el constructor del F-15”.
Mientras tanto, las intervenciones militares falsamente “humanitarias”· en la guerra de Bosnia (1992-1995) y en Kosovo (1999) proporcionaron las coartadas adecuadas para que, gracias a la introducción del argumento jurídico del “derecho de injerencia” en la soberanía de otros Estados en nombre de la defensa de los derechos humanos, EEUU afirmara su superioridad militar ante Europa y Rusia y, a su vez, pudiera dar la imagen de “imperio benévolo”, con el beneplácito final de la ONU. Ese proceso coincidiría además con un amplio consenso interimperialista sobre la definición del “nuevo concepto estratégico” de la OTAN y su apertura a la opción de la “defensa adelantada” fuera de zona, pensando así en su ampliación y en la extensión de sus zonas de intervención a otras regiones.
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